Mujeres y amistad

  • Hace unos días una de mis amigas me envió un montaje de los que abundan en internet; de estilo sensiblero y hortera, destinado a remover las emociones de la internauta. En definitiva, era una presentación del tipo en el que una siempre se pregunta quién invierte su tiempo en estas cosas y con qué objetivo. Fondos rosas, amalgama de corazones y Adagio de Albinioni; algo supuestamente atractivo para el género femenino.

Debo admitir sin embargo, que en la segunda pantalla empecé a proyectarme y en la siguiente había identificado a un buen número de mujeres con la idea. A pesar de la falta de sutileza, de la sobredosis de obviedad y redundancia, la esencia del mensaje me llegó directamente al neocórtex cerebral.

Las mujeres tendemos a perder a los amigos -mayoritariamente nuestras amigas-, al encontrar una pareja y ello representa un grave error. Ese era el mensaje. Tan antiguo como verdadero. Es cierto.

La sociedad va cambiando en sus actitudes y afortunadamente los comportamientos tipificados al género son cada vez más parecidos; cada vez hay menos distancia entre ellos y nosotras. Sin embargo, que cada vez haya más similitud no quiere decir que las diferencias culturales se difuminen en su totalidad.

Tradicionalmente, las mujeres nos hemos distanciado de nuestros amigos y amigas al tener una relación afectiva. Secularmente hemos asimilado las amistades de nuestras parejas prescindiendo de forma paulatina de las propias.

Un concepto íntimamente asimilado de cesión y sumisión nos decía que no estaba bien disponer de ese ámbito de libertad para nosotras y paradójicamente, era correcto y bien establecido asumir el espacio filial del cónyuge o compañero.

Nuestras madres se relacionaban a menudo con otras mujeres en categoría de hermanas o vecinas; nuestros padres con amigos en sentido estricto, confiriendo solidez al término.

Nuestras hijas por otro lado, empiezan a compatibilizar entre quedar con amigos y quedar con pareja; se envían mensajes a las 2 de la mañana y pasan con mayor naturalidad de estar con la pandilla a estar con su novio.

Como todas las demás, nuestra generación, aquella que fue la del baby boom y hoy se maneja en torno a los cuarenta años, funciona como bisagra que se distancia de la antecedente para desear aproximarse a la siguiente. Una dinámica de evolución contínua en la que nunca es tarde para resituarse y reflexionar sobre cualquier aspecto.

Los amigos son, deben ser, un espacio propio, libre, deseado, amado y necesario de cada una de nosotras. Como de enamorarse, como de aprender, como de mejorar, nadie deberíamos renunciar a la posibilidad de seguir estrechando los vínculos; de mantener los que siempre tuvimos, de alejar a quien ya no reconocemos, de recuperar a quien siempre quisimos y por qué no, de hacer amigos nuevos en todas las etapas de nuestra vida.

Prescindir de los amigos era plegarse a la univocalidad y también a la soledad. Era, algo similar a lo que hacen todavía un buen número de mujeres hindúes en las piras funerarias de sus maridos: transmutar su personalidad en la del otro; pero resulta que nunca hay otro con tan inmensa capacidad de canalizarnos todo lo que necesitamos de nuestros propios amigos: amor, solidaridad, sinceridad, comprensión y contraste, en definitva; empatía.

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