“Un juez de Manresa envía a prisión a una pareja para evitar que se agreda”; encabeza el titular de un periódico. Al parecer, ambos quebrantaron de forma reiterada las órdenes de alejamiento que tenían impuestas respecto al otro, su ex media naranja, la ex alma gemela que es todo menos pretérita y precisamente tratan de perpetuar violentamente.

¿De qué sustancia está compuesto el amor para que pueda destruirnos tanto?; ¿qué tiene, para convertirse en algo parecido a un proceso de canibalismo mutuo?.

Quién no conoce a una pareja que una vez finalizada formalmente su relación la prolonga indefinida, insoportable, inmisericordemente.

Quién de nosotros ha cicatrizado por completo la herida de que no nos ame quien amamos; quién, pase el tiempo que pase, puede verse reflejado en el espejo y aceptar que quien nos amó y dejó de hacerlo, además se enamoró encendidamente de otra persona sin haber perdido el juicio; que se enamoró otra vez de una manera libre y cómplice, íntima y vanidosa.

Qué difícil se hace la tarea de dejar partir a quien amamos; cuánta generosidad es necesaria. Resulta tentador postergar la ruptura definitiva, alargar la dependencia emocional a base de innumerables trifulcas y batallas sin sentido conducentes de forma consciente, inconsciente y subconsciente, a mantener el vínculo afectivo; la vigilancia del otro, el control de la relación, justificadas en quién sabe qué: la razón pura, la justicia universal o la afilada venganza.

No estamos educados en un amor verdaderamente desprendido; finalmente pasamos factura con impuesto de valor añadido.

Algunos pensamos que no debería ser así y que el compromiso más imperecedero es el que se contrae en total libertad; pero… ¡qué despejado se hace aplicarlo en la fortaleza del amor y qué laberíntico en la desnudez de la impotencia donde el desamor nos deposita!.

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