¿Quién no tiene una historia de cuando intentó sacarse el carnet de conducir? Ya os puedo imaginar con una sonrisa en la boca y con miles de recuerdos revoloteando en vuestra mente. Yo os voy a contar mi experiencia, sí exactamente, habéis acertado, mi laaaaarga experiencia.

¿Clases? di un montón ¿Qué cuantas? Ah???? Eso sí que me lo guardo para mí. ¿Qué por qué suspendía? Eso me pregunto yo, pero entre nosotros, yo creo que me tenían manía.

Tampoco hacía las cosas tan mal: recuerdo aquel examen en el que me hizo aparcar en cuesta delante de un coche rojo muy bonito, le pegue un pequeñiiiiito golpe y entonces me suspendió ¡Pero si no le hice ningún bollo!

No podré olvidar nunca cuando me suspendieron porque decía que mi profesora podía coger los retrovisores de los coches si bajaba la ventana ¿Pero a quién se le ocurre abrir la ventanilla y sacar la mano? ¿No saben que eso es muy peligroso?

Mi profesora era polifacética, os explico: me volvieron a suspender y esta vez porque ella apretó el freno y además decía que le iba a dar un golpe al coche de al lado, pero cómo ¿Era también adivina o qué?

Yo también quería ser polifacética y demostrarlo: entré en cuarta en la rotonda, activé el limpia, indiqué con el intermitente, todo eso en un segundo, pero todos estos esfuerzos no dieron los frutos esperados. ¿Os imagináis, no?

Pensé en tirar la toalla muchísimas veces. Me asomaba a la ventana y podía ver a mi pequeña balagris, parecía abandonada, tanto tiempo aparcada en el mismo sitio y a su edad con todos sus achaques. Ahí estaba ella, esperándome para pasear juntas, contarnos nuestras cosas, hacernos compañeras y amigas de viaje.

Un buen día ¡Por fin uno que no me tenía manía! Sí; mi relación con balagris (cariñosamente carraca) ya podía ser posible. ¡Tranquilos! Todavía estamos conociéndonos, pero yo creo que poco a poco seremos muy buenas amigas, ¡O eso espero!

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