En las fronteras de Ceuta y Melilla, miles de africanas pobres y sin formación esperan con ansia saltar la valla. Pero hay otra realidad: la de las emigrantes cualificadas que triunfan en nuestro país.

Ayudados por el hábito de la simplificación, tendemos a ver el mundo en blanco o negro. De África, que es un continente con 53 países, nos conformamos con tres o cuatro imágenes que caben en otros pocos conceptos: tiranías, corrupción, hambrunas, sida, petróleo o guerras. Pero África es mucho más. Solo que el reverso de la moneda no asoma en los medios de comunicación. 

Así lo han denunciado, entre otros, Mbuyi Kabunda Badi, profesor del Instituto Internacional de Derechos Humanos de Estrasburgo y de Política Africana en la Universidad de Basilea: “En un mundo dominado por los prejuicios, escribir algo positivo sobre este continente significa que nadie lo va a leer”. 

Actualmente, en África el 34% de la población es de clase media, lo que supone un porcentaje tres veces más que en 1980. Con todo, la imagen arquetípica sigue perpetuando a personas pobres de solemnidad que emprenden el viaje a España en patera o intentan saltar la valla de Ceuta o Melilla, individuos que merodean por las plazas de nuestras ciudades o malviven trapicheando con las películas del “top manta”... La imagen de las mujeres, por el contrario, es menos compleja y se resume en un único oficio: la prostitución. 

Este reportaje, sin embargo, tumba los estereotipos y muestra la vida de cinco mujeres subsaharianas –la mayoría de ellas con estudios universitarios− que han triunfado profesionalmente en España. Para ellas, nuestro país es el sueño cumplido.

 

Edith Mbella y las máscaras de la tribu

Nacida en Yaundé (Camerún, 1970), hija de diplomáticos y licenciada en Económicas por la Universidad de París, es una reconocida galerista de arte ritual africano.

En París –adonde viajó de niña con su familia para tratarse de unas cataratas de nacimiento–, mientras perfeccionaba su conocimiento del arte tribal africano, se apasionó también por la música. “Fui cantante durante unos años”, explica sonriendo. En una de aquellas actuaciones conoció a su marido, Dídac Caparrós, un catalán amante del arte africano con quien se fue a vivir a Barcelona. Allí inauguró su primera galería, Obá Gallery, en 1998. “Fue un intento de regresar a mis raíces y de curarme de la nostalgia de mi tierra, por qué no decirlo”, recuerda. 

En un viaje a África, Caparrós contrajo la malaria y falleció en 2004. Entonces ella pensó que ya nada la retenía en Barcelona y decidió trasladarse a Madrid. En la capital abrió su segunda galería en 2010, Edith Mbella Tribal Art. “Aquí, al estar todas las embajadas, hay más movimiento. Por otro lado, estoy muy cerca del Museo Thyssen y eso se traduce en potenciales clientes”, explica en un perfecto castellano. Las obras que expone proceden, por lo general, de subastas o coleccionistas que desean vender. Los precios son elevados, al menos para estos tiempos de crisis. Ella los justifica aduciendo que son piezas únicas, muchas de gran antigüedad. 

Al pie de una máscara de la etnia chamba de Nigeria, de finales del siglo XIX, Edith advierte de que la estética en el arte africano es algo secundario; prevalece la utilidad. “Las máscaras no fueron concebidas como adornos, sino para ser usadas en los rituales religiosos de cada etnia, que le agrega pigmentos y sustancias minerales para indicar que son sagradas y que están dedicadas exclusivamente al culto. Por eso, más que la belleza, importa la emoción que suscitan en el espectador”, concluye.

 

Paloma Loribo, pura energía

Nació en Bioko (Guinea Ecuatorial) y formó con su tía el dúo 'Las hijas del Sol'

Fiel al estilo africano, lleva encima un barroquismo de joyas y abalorios, aunque, en realidad, solo va vestida de sí misma. Paloma es una Penélope que juega a hacerse y a deshacerse en las disciplinas que practica: música, literatura, pintura, cine… Dueña de la sabiduría milenaria de su pueblo, asegura que “un bubi nunca pelea más de lo necesario para conseguir una cosa”. 

Ella, desde muy pequeña, dio por perdidos sus sueños y por eso los ganó. Quería ser azafata, pero alguien la oyó cantar y le propuso participar, junto con su tía Piruchi, en un certamen del Centro Cultural Hispanoguineano de Malabo. Tenía 15 años. Entonaron “Mi Guinea”, una alegre canción que tuvo tanto éxito que hasta sirvió de melodía a los informativos televisivos. Era 1992. Unos meses después, tía y sobrina viajaron a España para representar a su país en la Expo de Sevilla y en el festival de la OTI. Había nacido uno de los dúos musicales más interesantes: “Las hijas del Sol”. Tres discos más tarde tomaron caminos en solitario. 

Desde entonces, Paloma ha escrito libros, ha realizado exposiciones de pintura, ha coqueteado con el cine y ha grabado un disco en solitario. A lo que no ha renunciado es a su seudónimo, Paloma del Sol, un homenaje al pueblo natal de su madre, Itohi öpae pölö (“El Sol te toca en la frente”). “Saber quién soy, saber de dónde vengo, esa es la clave para ser feliz”, apunta.

 

Nieves Marqués, con retos pendientes 

Nació en Madrid (1976), hija de padres guineanos, y es licenciada en Química 

Hija de padre annobonés y madre bubi, ambos de Guinea Ecuatorial, por su sangre corre la hospitalidad de la primera etnia y la aristocracia de la segunda. 

Nieves Marqués fue única en muchos aspectos en aquella España de los años 80 y 90: la única alumna negra del colegio, del instituto, de la universidad... “En aquellos tiempos, era bonito pararte y charlar con las personas de color que veías por la calle, casi todos guineanos. Entonces éramos casi una rareza folclórica para los españoles blancos”, recuerda. Madre de dos niñas mellizas de siete años, confiesa que a través de ellas ha sentido el racismo, “algo profundamente incrustado en la sociedad española. Nunca te permiten olvidar que eres diferente. A veces no me queda más remedio que no oír y refugiarme en mi trabajo”, apunta. 

En 2004, con apenas 28 años, abrió su propia peluquería. A menudo trabaja 12 horas diarias colocando extensiones para el cabello, pero no le importa. “Todo con tal de que la gente salga contenta de aquí. El tiempo es lo de menos”, dice. Su mayor deseo ahora es dirigir una empresa de cosmética natural, algo en lo que –cree– le ayudarán sus estudios de química. “Pero no tengo dinero sufi ciente. Hoy por hoy, para mí, la cosmética sigue siendo todavía un mundo de sueños”, añade. 

 

Motea Bela Doro, un ángel de la guarda para otras subsaharianas 

Nació en la isla de Bioko (Guinea Ecuatorial, 1976), delegada de Wanáfrica 

Hoy, 22 años después del asesinato de Cristino Bela, su padre, recuerda el crimen y lo que significó para ella. “Fue un ejemplo. Trabajó como alcalde de Batete muchos años y puso su cultura al servicio de los demás. Reivindicativo y solidario, escribía a máquina las cartas que sus vecinos querían enviar a Obiang para pedir mejoras, y él hacía todo lo posible para que el presidente las atendiera. Nunca quiso enterarse de que tenía enemigos. Lo envenenó su mejor amigo”, relata. En África, el nombre es el manual de instrucciones que dan al recién nacido para guiarlo por la vida. No lo imponen los padres, sino los más ancianos de la familia. Y no se confía al capricho; debe expresar las circunstancias del nacimiento. “Yo soy Reconciliación, me lo puso mi abuela en un tiempo convulso”, dice. 

Y no se equivocó: ella ha ido repartiendo paz allí donde hay desunión. A través de la organización Wanáfrica, de la que es delegada en Madrid, se enorgullece de haber retirado de la prostitución a muchas chicas africanas y de haber conseguido más 3.000 empleos a emigrantes subsaharianos. “Pero no es sufi ciente. Hay que seguir hasta que esos granitos de arena que ponemos entre todos se conviertan en montañas”. 

 

Nicole Ndongala, pura generosidad 

Nació en Inongo (República Democrática del Congo, 1971), licenciada en Empresariales e intérprete de swahili, lingala y kikongo 

Una escena explica su cambio de vida. Todo ocurrió en el aeropuerto de Bruselas, cuando una chica que se resistía a ser deportada a África era reducida por los gendarmes hasta que falleció. “A la mañana siguiente cogí un autobús, y luego otro y otro más. Atravesé Francia sin dejar de pensar que aquella mujer a la que habían asesinado podía haber sido yo, y solo respiré tranquila cuando me bajé en España. Era el 27 de octubre de 1998”, recuerda. “Aquí no conocía a nadie, y no sabía español. Un día, un africano francófono con el que me encontré por casualidad me habló de una ONG de Madrid que acogía a inmigrantes africanos. Fue mi tabla de salvación”, explica. 

Hoy Nicole, que escapó a Europa huyendo del salvaje horror del dictador Kabila para toparse con el civilizado horror belga, es mediadora social en el Departamento de Promoción de la Mujer de la asociación Karibu. Licenciada en Empresariales, traductora de francés e intérprete de swahili, lingala y kikongo, es además compositora y cantante de música sacra. Pero ella presume de ayudar a otras africanas. “En Karibu les ofrecemos clases de español, formación, autoestima... Aquí me siento feliz, porque compruebo que las manos del hombre no siempre matan”.