Siempre será Amélie y también la mujer que ha hecho de la sencillez un arte. Ahora vuelve con 'La delicadeza', una película tan exquisita como ella. Y si quieres conseguir la novela y ver el resultado en pantalla, entra aquí para participar en nuestro concurso.

Siempre le gustaron los monos. Cuando era pequeña, Audrey Tautou se quedaba fascinada frente al televisor con los documentales sobre primates y se le iluminaban los ojos cada vez que iba al zoológico. Cuando creció, fantaseó con la idea de hacerse primatóloga. Pero sus padres (un cirujano dental y una maestra con los que vivía en Montluçon, al norte de París, junto a sus tres hermanos) le ofrecieron hacer un curso de verano en la escuela de teatro Cours Florent y le cambió la vida.

"Nunca llegué a expresar que quisiera ser actriz, simplemente probé y esperé a ver qué pasaba. Después de dos años intentándolo, pensé en dedicarme a otra cosa porque las posibilidades de éxito son muy pequeñas", relata. Pero, tras hacer algunos trabajos menores, en 1999, con 23 años, fue elegida por la directora Tonie Marshall para interpretar a una joven esteticién en la comedia dramática 'Venus, salón de belleza'.


Amélie y Nathalie

Todavía le tiemblan las piernas cuando recuerda aquel día: llegó a la audición con una hora de retraso porque, con los nervios, se perdió por París. Al año siguiente obtendría los premios César y Lumière por ese papel. El mismo que sedujo a Jean-Pierre Jeunet en 2001 para convertirla en la protagonista de 'Amélie'. El resto es historia: las andanzas de esta soñadora camarera del Café des 2 Moulins, que vivía en un mundo tan imaginario como real, se convirtieron en un éxito de taquilla y Audrey Tautou se convirtió de la noche a la mañana en uno de los últimos iconos del cine francés, tan parecida, en nombre y rostro, a la otra Audrey (de apellido, Hepburn). Para muchos, siempre será la dulce Amélie Poulain, y ella lo sabe, pero no le pesa: "Ese personaje fue un regalo, nunca podría renegar de él o considerarlo como un problema para mi carrera. Fue la mejor carta de presentación".

Una década después, vuelve a meterse en la piel de otro de esos personajes que dejarán una profunda huella en el espectador, hambriento de emociones y sensibilidad.

No es mono (es decir, atractivo), precisamente, el hombre del que Audrey Tautou se enamora en 'La delicadeza'. En esta película, dirigida por los hermanos Stéphane y David Foenkinos (este último es el autor de la novela homónima), encarna a Nathalie, una mujer que acaba de enviudar después de unos pocos pero hermosos años junto a François. "Me encantó la humanidad que transmite la película y la fuerza de Nathalie. La dignidad con que atraviesa su tragedia, la manera en que se sumerge en su trabajo para tratar de seguir viviendo e ir más allá de su sufrimiento es realmente muy conmovedora. No era un personaje fácil, pero por esa misma razón me atraía tanto. Quería explorar su viaje", explica Audrey. Un viaje que nace con el dolor y que poco a poco, cuando el luto va convirtiéndose en una estela luminosa, permite a Nathalie otorgarle tiempo y espacio a lo que está por venir. Tras el duelo, su personaje cambia azarosamente de rumbo y empieza a fijarse en detalles que antes le pasaban inadvertidos: así que le ve a él, Markus, un compañero de la empresa sueca donde ambos trabajan.

Markus no es el tipo de hombre en el que ella se fijaría, pero siente el irrefrenable impulso de besarle. Es alto, desgarbado, tiene poco pelo, los dientes delanteros separados y por eso, quizás, ella empezará a quererlo: también porque es un hombre amable, inteligente, que transmite dulzura y que se preocupa por la mujer que ama, tal como sugiere el título de la novela de David Foenkinos, autor también del guión de esta película que acaba de estrenarse en España y que en Francia ya ha visto más de un millón de espectadores.

"No quería ser melodramática", ha explicado la actriz, en referencia a la manera en que compuso su personaje. Procuró darle un toque de ligereza, especialmente hacia mitad de la película, cuando el mundo de Nathalie comienza a cobrar forma y vuelve a llenarse de un color distinto junto a Markus. "Se trataba sobre todo de no caer en los clichés, como peinarse con una cola de caballo para ilustrar la juventud, mostrar muy mala cara para dar a entender la tristeza o ponerse rojo de labios para señalar la felicidad reencontrada". En ese sentido, trabajar junto al actor François Damiens, un intérprete que en Francia es bastante conocido por haber hecho programas de cámara oculta en la televisión y que en 'La delicadeza' se pone en la piel del hombre torpe pero enternecedor, le ha sido de gran ayuda. "Fue muy divertido. Él es una persona muy graciosa, un hombre muy amable e inteligente".


Sólida fragilidad

A sus casi 36 años, Audrey Tautou, se considera una mujer frágil pero no débil, capaz de irritarse cuando pisa un charco y el agua empapa sus calcetines. Es independiente: le gusta valerse por sí misma y encarar proyectos que la enriquezcan, que impliquen enfrentarse a nuevos retos, explorar universos diferentes al suyo para ver si allí también puede reconocerse. No le interesan los lujos, aunque pueda permitírselos, ni ser la más bella de la alfombra roja, aunque con frecuencia lo es; ni tampoco la fama, aunque la alcanzara con apenas 25 años. "Me gusta ser actriz, eso es todo. Me divierten los ensayos, los rodajes y me encanta componer personajes y compartir las mismas historias con otras personas. Pero todo lo que gira alrededor de la espectacularidad del show business no va con mi naturaleza. No me siento cómoda siendo el centro de atención", explica. Agradece cuando los fans le hacen regalos, aunque la fronteras que delimitan su vida pública de la privada son infranqueables. Se sabe que fue novia del escritor Lance Mazmanian y que tuvo un romance con el actor Topher Grace, pero poca cosa más. Más que ser vista, a Audrey, lo que le gusta, es mirar. Así que, cada vez que se enfrenta a un periodista, lo primero que hace es sacar su cámara de fotos y hacerle un retrato. Solo después puede comenzar la entrevista. Nunca se sabe qué hará con esas fotos. De momento, dice, las guarda en su casa.


Esencia parisina

Audrey dice que la fama no la ha cambiado. Y eso que han llamado a su puerta algunas eminencias del cine como Alain Resnais, con quien trabajó en 'En la boca no'; Stephen Frears ('Negocios ocultos'); el israelí Amos Kollek ('Nowhere to go but up'); o el norteamericano Ron Howard, bajo cuyas órdenes rodó 'El Código Da Vinci', junto al actor Tom Hanks. A pesar del éxito de taquilla, Hollywood no logró seducirla. "Esa película fue una experiencia muy buena para mí, pero creo que realmente no estoy hecha para hacer una carrera en Los Ángeles", admitió Audrey, que prefirió quedarse en París.

Aunque su caché hace tiempo que está por las nubes (ha superado el millón de euros por película), sus pies nunca han despegado de la tierra. "Desde el principio de mi carrera he sabido que vivir en una especie de torre de marfil no me haría feliz, porque eso me separaría del resto del mundo. Estoy muy unida a mi familia, a mis amigos, a mi libertad", asegura. Sigue viviendo en un pequeño apartamento de Montmartre, se desplaza en metro y cuando viaja (algo que le gusta hacer y por eso se ha autoimpuesto un límite de películas al año), lo hace en clase turista.

No le importa que la mayoría de sus trabajos no tengan el impacto y la repercusión de las grandes producciones norteamericanas, le gusta rodar películas francesas "porque todavía subsiste ese cine de autor que me gusta muchísimo". Aunque no descarta trabajar en América Latina o hacer una incursión en el cine de otros países europeos. Le gustaría filmar con directores como Walter Salles, Woody Allen o Julio Medem, porque adora sus películas. Y tampoco descarta la posibilidad de volver a filmar en Estados Unidos, siempre y cuando, claro, se trate de un proyecto que le resulte lo suficientemente atractivo. "Me hubiera gustado estar en 'Gorilas en la niebla' –ha señalado, medio en broma, medio en serio– solo porque me encantan los monos".


Viaje a la intimidad


Le gusta, también, la luz que se filtra entre las persianas en las siestas de verano y descansar en las zonas habilitadas de las autopistas. Le gusta comprar de todo en las tiendas de servicio y el aroma de la gasolina. Le gusta hacer fotos y escribir frases que se le ocurren a cada rato. Le gusta viajar y las sorpresas, pero no le gusta ir a la peluquería. Para nada: alguna vez lució peinados y cortes de pelo de los que prefiere abjurar y hoy se siente más cómoda con la simplicidad.

No se viste con abrigos sencillos, faldas largas y botas Dr. Martens al estilo de Amélie, pero tampoco se desvive por la ropa y las tendencias. Para su silueta delgada y sin ostentaciones, prefiere los vaqueros y las chaquetas de terciopelo. No le interesa demasiado la moda, dice Audrey. Y suena extraño, viniendo de una mujer que se metió en la piel de Coco Chanel. Pero lo cierto es que aceptó el papel más por el personaje que por sumergirse en el mundo de la moda. Le resultaba muy atractivo descubrir la humanidad, el pasado que se escondía detrás de alguien que, antes de ser Coco, se llamaba Gabrielle y había logrado dejar atrás una vida de infortunios.

Desde entonces, no ha dejado de interpretar a mujeres que emprenden viajes muy intensos hacia su propia intimidad, como en 'Thérèse Desqueyroux', de Claude Miller, basada en una obra de Francis Mauriac; o en la adaptación de la novela de Boris Vian, 'La espuma de los días', donde es Chloë, la chica a la que le crece un nenúfar en el pulmón.

Y así piensa seguir. A pesar de que en más de una ocasión se ha rumoreado con que dejaría de actuar, nada más lejos de sus planes. Sí confiesa que le gustaría tener más tiempo para tocar el piano, para leer o aprender español. Pero de momento no piensa en la retirada. Aunque algún día lo hará. Algún día dejará de ser actriz y entonces sí podría dedicarse a otras cosas. A estudiar a los monos, por ejemplo.