María Botto y Cristina Rota, complicidad al otro lado del escenario

  • La desaparición del padre durante la dictadura de Videla y el abandono de Argentina las han hecho más fuertes y las han unido en un mundo donde la realidad ha superado muchas veces a la ficción. Cristina, la madre, de 67 años, es, además, la maestra de María, de 38. Con tres hijos actores, esta profesora de arte dramático siempre ha tenido claro que a los niños hay que educarlos en el esfuerzo y el compromiso.

La noche en que Monzón peleaba por el título mundial llovía a cántaros. Aguanté todo lo que pude hasta que acabó el combate. Diego era un fanático de cualquier deporte y no quería perdérselo... Cuando vino el médico me dijo aquello de “tarada, solo a vos se te ocurre tener un hijo un sábado, lloviendo torrencialmente y ¡peleando Monzón por el título! Y por fin llegó esta niña, signada a que no pasara un solo día de su vida a salvo de la duda. [...] Un pequeño cuerpo que no había nacido para ser domesticado [...] Nunca representó el papel que le querían asignar en el colegio ni en la familia”.

Así relata Cristina Rota el nacimiento de su hija mayor en su libro 'Diré que te recuerdo' (Ed. Espasa). Treinta y ocho años después, a la entrada de la casa donde vive María, en una urbanización a las afueras de Madrid, el primero en hacerse notar es su perro, Batistuta, que enseguida busca la sombra y nos conduce hasta el porche. Madre e hija no pueden disimular la complicidad que existe entre ellas. Sobre la mesa del salón, los textos de la próxima obra de teatro, que ha escrito el hijo, Juan Diego Botto para su hermana y que dirigirá la madre en otoño.

En la memoria, muchas experiencias y no pocas emociones. El 21 de marzo de 1977, Diego Fernando Botto, compañero de Cristina y padre de sus hijos, fue uno más de los 30.000 desaparecidos durante la dictadura de Videla. Cristina, comprometida activista política, acorralada y temiendo por sus hijos, abandonó Argentina. Estaba embarazada de su tercera hija, Nur Levi. “Yo quería irme a vivir a una isla y no tener nada que ver con nada. Solo tener un huerto y, como mucho, hacer teatro en un barrio. También pensé en viajar a Canadá o a Los Ángeles, pero finalmente me decidí por España [su abuelo era navarro y su abuela canaria] porque iba a ser menos hostil venir a un país de habla hispana”, recuerda.

“Cuando nos vinimos a España, a finales de 1978, yo tenía tres años y medio y no sabría explicarte las sensaciones que me embargaban entonces”, cuenta María. “Lo que sí sabía es que aquello no era normal. Que algo pasaba, aunque el viaje en avión con mi hermano Juan fue como una aventura y estábamos muy contentos. Tengo sensaciones, pero no recuerdos”. Cristina va narrando algunas de las peripecias vividas por la familia. Recuerdos que van desde los orígenes de su escuela de interpretación, ubicada en el salón de casa, a la vocación prematura de sus tres hijos por el teatro.

María.
"Yo tenía dos opciones: el teatro o poner una tienda, que siempre me ha gustado mucho servir al otro. No sé por qué, pero es así".

Cristina.
"Es la educación de ser útil socialmente. Yo os eduqué en esos valores".

María.
"De niños, improvisábamos representaciones en Navidad que dirigía mi hermano. También hacíamos imitaciones. Y grabábamos en un magnetofón programas de radio".

Cristina.
"Hacíais de todo. Desde “Romeo y Julieta” a parodias de políticos. Recuerdo que tu hermano, Juan, imitaba estupendamente a Adolfo Suárez. Claro que entonces el Congreso tenía otro nivel de oratoria. No como el de ahora".


“Tu hija canta como los dioses. Y cuando lo hace es como si enhebrara una aguja y bordara con perlas un camino entre vos y yo. La miro y te recuerdo. La escucho cantar y te pienso”. Con estas palabras, dirigidas a su compañero perdido, alaba Cristina el talento de su hija en sus memorias. Durante muchos años, Cristina tuvo que ejercer de madre y de padre. Los hijos eran conscientes de una realidad que preferían mantener casi en secreto. María recuerda que nunca hablaba sobre sus padres. La explicación: el miedo. “Veníamos de un país, Argentina, donde no se podía hablar; donde al niño se le decía que no contara nada de la familia. A ti, si te preguntan, no cuentes”, afirma Cristina.

Cristina.
"Tú eras la más consciente de la tragedia. En situaciones como la nuestra, un niño se hace más maduro. Mi esperanza cada día siempre ha sido tener una meta, apasionarme por algo. Y para eso necesito tener las cosas muy claras y la conciencia lo más limpia posible. La ilusión te la inventas cada día echando leña al fuego".

María.
"Coincido totalmente contigo. Pero la justicia es la justicia y olvidar no se olvida nunca. ¿Quién puede olvidar lo que hicieron con mi padre?"

El drama familiar aparece y desaparece en la charla entre madre e hija, pero sin asomo de odio. “El rencor –afirma Cristina– no lo he sentido nunca. Por eso me he podido levantar cada mañana. Eso sí, siempre lucharé porque se haga justicia”. Comparten complicidad y muchas aficiones, pero si algo tiene claro María es el papel que juega su madre en su carrera. “Cada vez que me llega un guión, lo primero que hago es mandárselo para que me dé su opinión. Ella es mi maestra. Después, en lo personal, cada una tenemos nuestra manera de ser”.

Cristina.
"En diciembre vamos a estrenar un musical escrito por Juan para su hermana mayor. Se titulará 'El deseo del otro'. Cuando lo leyó María, enseguida me pidió que fuera yo la directora. Es una coincidencia que estemos los tres en el mismo proyecto."

María.
"A mí me gusta tenerte cerca y asistir todos juntos a los estrenos."

El problema ahora es que esos estrenos se distancian cada vez más. “García Lorca decía que un país sin cultura, si no está muerto, está moribundo. Y este país se está muriendo. Hay 800.000 millones de euros para las empresas y no hay dinero para el cine o el teatro, que también da trabajo a mucha gente”, se lamenta Cristina. “Para que un país tenga buena autoestima, tiene que tener cultura”.