Annie Leibovitz: "Confié y entregué mi negocio a gente desaprensiva".

  • Es una de las fotógrafas mejor pagadas del mundo, pero ha estado a punto de perderlo todo. En esta entrevista exclusiva nos explica sus razones y qué ha hecho para levantarse de nuevo.

Annie Leibovitz ha llegado hasta aquí haciendo las cosas a lo grande. Su relación con la intelectual americana Susan Sontag y el uso de la ciencia y de un vientre de alquiler para formar una familia a los 51 años fue un órdago de grandes dimensiones íntimas y públicas. ¿Y sus fotos? También, vertiginosamente grandes. No hay una estrella de Hollywood o presidente americano que le diga que no. Incluso la reina de Inglaterra, aunque a regañadientes, accedió a ponerse frente a su objetivo. ¿Y su legado? Más grande todavía. Lleva 40 años documentando la inmensa cultura de su país y enriqueciéndose gracias a las revistas y a las marcas que han necesitado desesperadamente su sello característico para vender productos mediocres.

¿Y las deudas? También enormes. ¿Qué mujer sería capaz de mantener tres casas en marcha para tres hijas pequeñas (Sarah, de 10 años, y las gemelas Susan y Samuelle, de seis), personal doméstico y de estudio, y ocuparse además de la letra pequeña de sus negocios? En los últimos años, la escala de las dificultades financieras de Annie ha eclipsado, incluso, a su enorme capacidad de generar ingresos (dicen que puede llegar a cobrar dos millones de dólares al año solo de la editorial Condé Nast, para la que trabaja desde hace décadas). Entre 2004 y 2007, su pareja y sus padres fallecieron y sus acreedores quisieron quedarse con su casa y los derechos de toda su obra, asegurando que había impagado un préstamo de 24 millones de dólares. ¿A lo mejor le habría ayudado un toque de humildad o prestar algo más de atención a la letra pequeña?

Hace dos años, cuando las interminables reuniones con los abogados por cuestiones económicas significaron que sus hijas se enfadaran con ella porque nunca estaba en casa, decidió llevárselas de viaje por carretera. "Qué delicia –pensó Annie–, ponerles el pijama después de cenar y llevárselas seis horas en coche hasta las cataratas del Niágara". Podría acostarlas en un hotel hacia la medianoche y se despertarían viendo el descenso del agua. Compró algunos libros para enseñárselos y se pasaron semanas organizando el viaje.

Al llegar al hotel, el conserje la saludó diciendo que a las 11 habían pasado la tarjeta y estaba denegada, por lo que habían entregado sus habitaciones a otros huéspedes. Sarah, de siete años, sostenía entre los brazos a un Winnie the Pooh de peluche y empezó a llorar. Las gemelas de cuatro años la siguieron. "Todo el mundo lloraba", recuerda Annie. La habitación de motel que encontró al final tenía unas vistas espectaculares... a una pared de cemento. Fue un momento decisivo. "Llevaba dos años exprimiendo a tope las tarjetas de crédito y durante algunas temporadas no estaban operativas. Me recordaba a mi infancia, cuando las tarjetas nunca funcionaban. Fue un año de locura. Estaba atrapada por personas que querían quedarse con mis activos. Lo exigían todo y no les importaba que fuese una madre soltera con tres hijas pequeñas. Luché mucho y cumplí con todos los pagos de intereses pero esa clase de personas empiezan a incumplir en cuanto firmas algo. Fue difícil durante un año aproximadamente, hasta que salimos del bache".

Se refiere a Art Capital, la empresa de Nueva York que le prestó 24 millones de dólares a cambio de la garantía de sus casas y su porfolio de fotografías. Art Capital asegura que faltó a una deuda simple. Les había presentado Ken Starr, un asesor financiero vinculado a muchos famosos de Hollywood y que había estado desviando millones de dólares a su propia cuenta y acabó en prisión. Ahora dice que su nuevo acreedor, Colony Capital, ha garantizado sus casas y puede respirar más tranquila. "Ahora tengo un socio financiero que me apoya y estoy mucho más atenta a todo". Más le vale. El precio del rescate podría alcanzar los 40 millones.

FRAGMENTOS.


Encerrada en un motel sin tarjetas y con una pared desnuda al otro lado de la ventana, Annie hizo una lista de todos los lugares, además de las cataratas del Niágara, que siempre había querido visitar. Desde la muerte de Sontag en el año 2004, todos los incentivos para reservar tiempo a los viajes habían desaparecido y sus problemas económicos significaban que era consciente de que debía utilizar todo el tiempo posible para aceptar trabajos publicitarios lucrativos. Así que hizo justo lo contrario. Empuñó una cámara pequeña y se lanzó a la misión de ir donde quisiera y fotografiar lo que le apeteciera. Fue "mi salvación", asegura. Y añade, como para subrayar la naturaleza épica del viaje, que "la gran pregunta es por qué estamos aquí y qué dejamos después". El resultado fue 'Pilgrimage' ('Peregrinación'. Ed. Jonathan Cope, 2011. Sin fecha de publicación en España), un libro frágil y complicado que aligera el objetivo de Leibovitz y ofrece miradas fragmentarias a las vidas de sus héroes y heroínas fallecidas. Por una vez, no hay ningún retrato, solo rincones de habitaciones abandonadas, reliquias y paisajes inesperados (incluida aquella fatídica pared de hormigón).

El libro parece un giro considerable de su pasado comercial y dice que "me ha ayudado a ver de nuevo", aunque para cualquiera que haya observado su progreso en los últimos años, es un paso más hacia un legado artístico más amplio. Su libro 'Vida de una fotógrafa, 1990-2005' y la exposición itinerante que lo acompañó por todo el mundo, demostró su capacidad para capturar la intimidad del amor, la pérdida y la vida familiar. Estableció el potencial de su importancia artística. Sotheby’s vendió su retrato de la reina por 60.400 euros en junio.


LA MATERNINDAD.


Leibovitz pasó de la escuela de Arte a hacer sus primeros pinitos en la revista Rolling Stone. Su imagen de un John Lennon desnudo en brazos de Yoko Ono, tomada horas antes de que le asesinaran en 1980, combinaba audacia y oportunidad periodística. Aunque no son sus primeras obras lo que el público recuerda: sus fotografías de famosos (desde Demi Moore embarazada a Kate Moss y Johnny Depp en pose John y Yoko) son un legado de doble filo. "En mi trabajo diario ha habido siempre represión. Cuando tuve los problemas económicos, llegué al límite. 'Pilgrimage' me ha dado un sentido del regreso, el equilibrio y saber qué hay en mi interior. Cuando se es joven y se hacen fotos para Vanity Fair, uno se mete en esos géneros, en esas vidas, pero de un modo u otro siempre supe que había más".

Admite que el legado es importante. A los 62, explica que "este libro ha sido desde el primer momento para mis hijas". Dio a luz a Sarah en 2001 y las gemelas nacieron a través de un vientre de alquiler tres años y medio después. La mortalidad y la intimidad, lo que queda cuando la muerte se lo lleva todo, resuenan por sus inquietantes páginas: en los dormitorios y las camas de Emily Dickinson, Virginia Wolf, Eleanor Roosevelt y Georgia O’Keefe, entre otros, y en los objetos que dejó tras de sí Elvis, Annie Oakley o Lincoln. Con toques de trascendentalismo americano y grandes temas, podría haber caído en lo presuntuoso pero no ha sido así. "No quería que fuese académico. Ha habido miles de libros sobre todos estos temas, y yo quería hacerlo muy sencillo. Quería animar a la gente a hacer su propia lista de los lugares que quieren ver, y después ir y verlos con sus propios ojos".

El barroquismo y la iluminación cuidada al extremo parecen haber desaparecido de sus imágenes. Como ya anticipó su representación más polémica de los últimos años: la fotografía brutal del cuerpo de Sontag en la funeraria que decidió publicar en 'Vida de una fotógrafa'. Sigue defendiendo aquella decisión. En su último libro lo cuenta: "Susan y yo hablamos de hacerlo. Ella lo llamaba 'el libro de la belleza'. ¿Qué es la belleza? No siempre es lo que crees que es: puede ser escabrosa. Era una palabra que descomponer y eso era lo que íbamos a hacer.

NOSTALGIA DE SONTAG.

¿Sigue siendo difícil estar sola? "No. Ella me preparó para estar sola, me dio mucho. Le gustaba que trabajase. Le encantaba que trabajase todo el tiempo. Y le gustó que lo hiciera cada vez mejor. Aunque no podía ser todo lo que ella quería que fuese; era imposible". ¿Cómo es eso? "Ella quería que yo fuese excepcional y pensé que nunca lo conseguiría. Hace falta mucho. Yo quería una familia y lo metí todo junto. Susan me lanzó y me dio muchas herramientas admirables para progresar. Echo de menos su opinión sobre las cosas, sobre todo últimamente. Parecía ir por delante de los demás. Echo en falta a la persona que podía decir lo que no esperabas que nadie dijera".

Hace algunos años, conocí a Leibovitz en Greenwich Village. Su estudio, en una elegante casa de piedra, estaba unido a su casa, donde las niñas vivían con las nannies, un ama de llaves y varios empleados más. Ella siempre ha sido muy exigente con sus ayudantes y consigo misma. El resultado de esa intensidad está en un archivo de casi un millón de negativos. Es la clase de perfeccionismo que puede llegar a hacerte perder el control y se dio cuenta de que había llegado el momento de cambiar. "No me importaba el negocio. Nunca me importó y pensé que, mientras siguiera haciendo fotos y trabajando duro, todo saldría bien. Pero eso, en realidad, no es cierto. Entregué mi negocio a una gente desaprensiva y eso no es algo que no volverá a suceder. ¿Me importaba si vendía o no una foto? No, pero ahora veo que también tiene sentido ocuparse de esa parte del trabajo".

Ahora edita y se ocupa del archivo, y busca las formas de aumentar su valor. "Estoy trabajando en sacar a la luz mi obra. Me sobrecoge lo histórico y amplio que es el archivo".

 ¿Reserva más tiempo para su familia? No lo deja claro. "¿Sabe? Tengo que escarbar para conseguir el tiempo de cenar en casa y pasar con ellas los fines de semana. El calendario de mi despacho tiene unas notas rosas en los días en que no puedo aceptar encargos. Yo tenía cinco hermanos y me sentía totalmente abandonada. Mis hijas son estupendas, tienen mucha personalidad y llegarán a ser quienes son".

Muchos artículos sobre Leibovitz se han obsesionado con la idea de la mujer de éxito que no puede tenerlo todo, pero ella no se ha derrumbado y su ambición y su visión son tan grandes como siempre. "Cuando se envejece, se sabe más y se es más consciente de la grandeza de la vida. Cuando me adentro en mi trabajo, me siento trascendida".