Flechazos contra el telón de acero y el racismo

  • Cuerpos esculturales, voluntades férreas, vivaces pasiones desfilarán en el Estadio Olímpico de Londres. Más de 10.000 deportistas. La ocasión será el escenario planetario de la ambición, el esfuerzo y la lucha. Y del amor. Las tentaciones también forman parte de la historia olímpica. Repasamos algunos de los amores deportivos más destacados.

Juegos Olímpicos de 1976 en Montreal. Con solo 14 años, la gimnasta de un pequeño pueblo perdido en los Cárpatos rumanos deslumbra al mundo al alcanzar la perfección con sus ejercicios. Con sus movimientos precisos y armoniosos, de aparente facilidad, la adolescente saltimbanqui dejó a todos atónitos al realizar el doble mortal de espaldas en la salida de su ejercicio de asimétricas, algo impensable hasta entonces. Nadia obtuvo el primer 'perfect 10', la máxima puntuación posible.

Los marcadores de la época solo estaban preparados para recoger una puntuación de tres dígitos (9.99) y se desorientó al ver escrito en la pantalla un 1.00. No era un 1; era el 10, la perfección. En una semana de competición, logró seis 10.00 más, algo nunca visto en la historia de la gimnasia. Se había forjado un mito. Eran los años de la Guerra Fría, la época en la que detrás del Telón de Acero se fabricaban deportistas para acrecentar la mayor gloria del bloque comunista.

A su regreso a Rumanía la nombraron "héroe socialista del trabajo". Aclamada y homenajeada por todos, tan única y perfecta se convirtió en la mejor embajadora del enloquecido régimen dictatorial del presidente Nicolás Ceaucescu.

En el estadio olímpico de Montreal, el norteamericano Bart Conner realizaba sus ejercicios de barra a pocos metros de Nadia. Tenía 18 años, acababa de graduarse en la escuela de Secundaria y era el miembro más joven del equipo de Estados Unidos. 

Encuentro fallido

La vida de ambos se había cruzado en marzo, cinco meses antes de convertirse ella en la gimnasta más importante de todos los tiempos, en la Copa de América, durante la primera visita de la rumana a Nueva York. Conner ganó el título masculino y Comaneci, el femenino. Compartieron lo más alto del podio con horas de diferencia, pero sus miradas apenas se encontraron. Nadia ya estaba cargada de trofeos. Quizás por eso, en agosto, en Montreal, ni siquiera reparó en Conner y, según cuenta en sus memorias 'Letters to a young gymnast' (Cartas a una joven gimnasta, 2003), ni le recordaba.

Cuatro años más tarde, la cita era en Moscú. Nadia y Bart estaban destinados a volver a compartir podio. Sin embargo, el mundo olímpico se dividió y Estados Unidos decidió no asistir, con 64 estados más. El presidente Jimmy Carter amenazó con retirar el pasaporte a cualquier atleta estadounidense que asistiera a la cita olímpica.

En esos cuatro años, Comaneci había pasado una mala época, arrastró varias lesiones. La rumana comenzaba a experimentar la metamorfosis de la pubertad y su cuerpo y su vida emocional estuvieron sometidos a extraños vaivenes. Sus padres se habían separado en 1977 y un año después fue hospitalizada tras un incidente poco claro y del que nunca ha hablado. La imagen de Comaneci parecía empañarse. Comenzaba la leyenda negra que suele pender de los deportistas excepcionales. Se alegó que la causa era un extraño envenenamiento.

Se dispararon los rumores sobre las condiciones en que vivían los atletas de élite en los países de la órbita soviética. Se hablaba de que ella, a cambio de un apartamento, un coche con chófer y un vestuario que sería la envidia de cualquier mujer occidental, se dejaba moldear en los laboratorios a base de pastillas que le causaban problemas de peso y comportamiento.

Otro héroe

Sin embargo, en Moscú triunfó de nuevo, aunque no destacó tanto: ganó dos medallas de oro y una de plata. Nadia y Bart no volvieron a coincidir en unos Juegos Olímpicos hasta 1984. En Los Ángeles, Bart Conner, al fin, ganó dos medallas de oro –en las barras paralelas obtuvo un 10 perfecto–, precisamente cuando el reinado de la rumana ya había terminado. Bart se convirtió en el único gimnasta estadounidense en obtener oros en todos los niveles competitivos.

Nacía otro héroe. Nadia dorada no competía, tan solo tres meses antes había decidido retirarse. Tenía 22 años y 21 medallas de oro. Lo había ganado todo. En Los Ángeles era una invitada del Comité Olímpico Internacional y actuaba como juez y asesor del equipo rumano. A la deportista, todavía estandarte propagandístico de la dictadura de Ceaucescu, se la llegó a relacionar sentimentalmente con el hijo del presidente rumano y previsible heredero. Se cuenta que papá Nicolás, ante el miedo a que se fugara y se quedara en EE.UU., la mantuvo celosamente vigilada.

Prisión dorada

Las salidas al otro lado del Telón de Acero de la profesora de educación física y entrenadora del equipo juvenil rumano de gimnasia, a partir de ese momento, fueron imposibles. La joven vivía en una prisión dorada pero no volvería a participar en una gran competición. De esos cinco años que continuó en Rumanía poco se sabe hasta el 27 de noviembre de 1989, cuando después de seis horas de caminata nocturna cruzó la alambrada que separaba la frontera entre Rumanía y Hungría junto a otros seis atletas rumanos para pedir asilo en la embajada de EE.UU. en Austria. Tan solo tres semanas después el tirano Ceaucescu fue ejecutado.

Durante las primeras semanas de deserción, todo el mundo en Occidente hablaba de que se había fugado con su entrenador, Bela Karolyi. Pero no era cierto. El "crimen" de la gimnasta fue escapar para mantener un tórrido romance en Florida con el emigrante rumano Constantin Panait, de 36 años, casado y con cuatro hijos. Nadia fue duramente criticada como "destrozahogares", como "la concubina comunista". Panait insinuaba que "los americanos piensan en Nadia como una niña de 14 años", como si les echara en cara que deseaban que "la duendecilla virgen" siguiera conservando la inocencia para siempre, al tiempo que no dejaban de crecer los rumores sobre las juergas y borracheras que, antes de desertar, Nadia se había corrido en Bucarest.

En el "mundo libre" no se lo perdonarían, y menos las grandes marcas comerciales que habían manifestado su interés en patrocinar a la gimnasta en su nueva vida. Un año después, ella contaba que Panait la había secuestrado. Y fue entonces cuando reapareció en escena su exentrenador, quien rescató al ídolo caído y reorientó su vida en Canadá. Se cree que Nadia se casó y al poco tiempo quedó viuda, aunque quizás es otro de esos bulos que recorren internet.

Nació el amor

Entonces resurgió Bart Conner, cuan caballero salvador. Nadia y Bart se reunieron en un programa de televisión y él le recordó su encuentro neoyorquino de 1976: le mostró una fotografía del New York Times en la que le besaba en la mejilla. Así fue como comenzó el amor. "Cuando ella vino, desconfiaba de la gente. Se ha ido acostumbrando a nuestra forma de pensar, pero todavía hay un efecto residual de haber crecido en una sociedad represiva", diría él. "Impredecible", "misteriosa", "orgullosa y fuerte", definía Bart la personalidad de Nadia en esos días.

Se prometieron en 1994. Dos años más tarde, su amor se selló en Rumanía, en una boda que fue transmitida en directo por la televisión rumana y que fue el evento más visto en el país en la década de los 90. Casi cuatro décadas después, una elegante Nadia, a la que le gusta lucir bolsos de Chanel y zapatos de Louboutin, intenta compatibilizar su papel de madre y ama de casa con su ajetreada vida pública, asistiendo como invitada de honor a la boda de Alberto de Mónaco y la olímpica Charlene Wittstock.

Ella, Bart y el hijo de ambos, Dylan Paul, de seis años, viven en Norman (Oklahoma), una población de menos de 100.000 habitantes. El matrimonio es propietario de una especie de "factoría" relacionada con el deporte: dirigen un gimnasio, una revista, una productora de televisión y una empresa proveedora de elementos deportivos; son comentaristas para varias canales de televisión; y recorren el planeta como fervientes defensores de utilizar el deporte para cambiar el mundo.

"Lo increíble es comprobar que aún formo parte de la memoria de tanta gente", le gusta repetir en las entrevistas. Jactándose con humildad de sus grandezas, es miembro fundador de Laureus, una fundación que incluye 46 leyendas vivas – como Pelé, Navratilova, Boris Becker, Miguel Indurain o Michael Johnson– que actúan como embajadores del poder del deporte para derribar las barreras y mejorar las vidas de los jóvenes.

Inseparables, optimistas y ricos, no dejan pasar oportunidad para vincular el deporte a valores positivos: "Es lo más limpio que tenemos en este mundo", afirma ella.

LA GACELA NEGRA

"Para llegar donde uno desee, basta con proponérselo", es el lema de Nadia Comaneci. Y la
personificación olímpica de esta recomendación es Wilma Rudolph, la "gacela negra", que enamoró a todos durante los Juegos de Roma de 1960. Eran también años de enfrentamiento entre EE.UU. y URSS, pero sobre todo de las primeras miradas de atención al "apartheid".

Cuando llegó a Roma, la atleta era una desconocida, a pesar de que ya tenía una medalla de bronce obtenida cuatro años antes, en las olimpiadas de Melbourne (Australia). En su segunda cita olímpica, se convertía en primera mujer que ganaba tres oros en unos Juegos.

A medida que se subía a lo más alto del podio, el mundo entero iba conociendo su historia: Wilma, vigésima de 22 hermanos, fue un bebé prematuro. Con sus menos de dos kilos de peso, todos temían por su supervivencia. Su infancia fue una constante lucha contra la pobreza, la discriminación racial, la enfermedad y una minusvalía física en su pierna izquierda consecuencia de la polio. "Los médicos dijeron a mis padres que nunca volvería a caminar. Pero mi madre me dijo que lo haría y yo creía en ella”, explicó Wilma. Y se convirtió en la mujer más rápida del mundo, gracias a su férrea determinación por competir y ganar. Cuenta la leyenda que, a los 11 años, ella misma se quitó el aparato ortopédico de su pierna lisiada y comenzó a caminar por el pasillo de la iglesia baptista de su pueblo. Los Juegos Olímpicos eran un sueño imposible a una adolescente afroamericana de Tennessee. Sin embargo, su progresión fue tan espectacular que con 16 años se clasificó para Melbourne'56.

Difícil de atrapar

Cuatro años después, en Roma, se habló de un idilio con su compañero de equipo Ray Norton. "Todo el mundo estaba enamorado de Wilma. Era una joven encantadora, pero nadie pudo atraparla", contó Oscar Robertson, uno de los capitanes afroamericano del equipo de baloncesto de EE.UU., quien también mostró un interés especial por la atleta.

Al acabar los Juegos, se descubrió que su amor era el boxeador Eddie Crook, campeón olímpico de los semipesados. La historia duró poco y casi no hay registro de ella. En esos Juegos, con 18 años, había saltado a la fama el hasta entonces desconocido Cassius Clay y él también confesaría que estaba secretamente enamorado de Wilma, pero era demasiado vergonzoso para decirle a ella lo que sentía. "Todavía puedo verlo paseándose por la villa olímpica con su medalla de oro –recordaría más tarde Wilma–. Durante dos días no se la quitó. Dormía con ella".

Dos meses más tarde de convertirse en el mejor boxeador amateur del mundo, Clay le declaró su amor presentándose en la Universidad Estatal de Tennessee, donde Wilma estudiaba, al volante de un Cadillac descapotable de color rosa y gritando su amor a los cuatro vientos. Tímida e intentando pasar inadvertida, Wilma le rechazó. Ocurrió antes de su transformación subversiva a Muhammad Ali.

Ella regresó a su ciudad natal, Clarksville, convertida en una heroína. En el desfile de bienvenida por primera vez participaron negros y blancos, y todavía se recuerda como uno de los primeros acontecimientos multirraciales del sur de Estados Unidos.

Modelo a seguir

Wilma era una pionera, rompió las barreras raciales y allanó el camino para las atletas en los siguientes años. Comenzaron sus apariciones en televisión, sus visitas a la Casa Blanca y la medallista, que era madre soltera de una niña, Yolanda, nacida dos años antes de ir a Roma, no tardó en casarse con un constructor llamado William Ward, del que tardó 17 meses en divorciarse. En enero de 1963, en Los Ángeles, compitió por última vez. En julio de 1963 se casó con Robert Eldridge, padre de Yolanda (al menos sobre el papel), y con quien tendría otros tres hijos. Pero también acabarían por divorciarse

Cada año, la Fundación Wilma Rudolph entrega un premio a la atleta con mayor coraje a la hora de superar la adversidad. Porque, como ella demostró, todo obstáculo puede superarse con una inquebrantable fuerza de voluntad.

CAMPEONES ESPAÑOLES

  • Colomán Trabado y Marta Cantón: El corredor y la gimnasta se conocieron en los Juegos de Los Ángeles de 1984 y surgió el amor. Ella se alzó con la sexta posición y diploma olímpico y el se retiró por lesión. A los 16 meses se casaron, pero pocos años después se separaron.
  • Sonia Franquet y Jorge Llames: Forman parte del equipo de tiro que representará a España en Londres. Viven juntos en la residencia Blume y les llaman "los pistoleros enamorados". Ella, que es policía nacional, estuvo en Pekín. Para él, escolta en seguridad privada, es su debut olímpico.
EL MEDALLERO

Oro a la complicidad: Roger Federer y Mirak Vavrinec. Hasta Sidney 2000, donde representaban al equipo suizo de tenis, no se habían tratado. En Sidney, Federer estaba en plena ascensión, mientras que Mirak vivía sus últimos triunfos. Se besaron el último día de los Juegos y siguen casados. Ella se retiró en 2002 y se convirtió en su mánager. Roger ha conquistado la medalla de oro en dobles, en Pekín, y en Londres, por tercera vez, será el abanderado de su país.

Plata contra los tabúes: Gro Hammerseng y Katia Nyberg. Juntas desde 2005, representaron a Noruega en balonmano femenino durante los Juegos de Pekín, donde se alzaron en lo más alto del podio. Sus compatriotas las adoran, además de por su nivel deportivo, por su activismo: en las anteriores Olimpiadas formaron parte del escaso grupo de deportistas que se declararon abiertamente homosexuales.

Bronce a la gesta romántica: Matt Grevers y Chandler Annie. El nadador estadounidense regresó a casa de Pekín con dos medallas de oro y una de plata. Su novia y compañera no consiguió plaza ni para Pekín ni para Londres. Durante el Gran Prix de Missouri, que supuso el pasaporte de Matt hacia la próxima cita olímpica, se dejó caer sobre una rodilla, sacó un anillo de compromiso del bolsillo del chándal y se declaró.