¿Qué hace Vivienne Westwood en la selva amazónica?

  • Entre mariposas y serpientes, la diseñadora británica del protopunk reivindica su ecologismo. Acompañamos a esta mujer libre y auténtica, con su joven pareja, en un viaje lleno de barro.

Algo que voy a tener que averiguar sobre Vivienne Westwood en este viaje es: ¿cómo ha logrado prosperar en un entorno caracterizado por la vanidad, el artificio, el materialismo, sin ser en absoluto vanidosa, artificial ni materialista? Durante cinco días la he visto cruzar un río –acuclillada dentro de una canoa– y rechazar regalos al grito de “No los voy a usar”. Es decir, he llegado a ver (y puede que sea la última) a toda una dama del Imperio Británico (el equivalente a sir) orinar detrás de un arbusto con toda naturalidad y sin quejarse nunca de nada.

Un amor singular

Me encuentro por primera vez con la majestuosa Vivienne Westwood, de 71 años, en el aeropuerto de Lima. Está con su pareja, Andreas Kronthaler, que es 25 años más joven que ella, además de socio y codiseñador. Un hombre alto y robusto tan deliciosamente divertido como elegante.

Recientemente, Vivienne ha donado un millón de euros a Cool Earth, una ONG que tiene como objetivo proteger la selva amazónica del peligro de la deforestación. Este viaje es su oportunidad para ver cómo se ha invertido su dinero. Tras sobrevolar los Andes en una avioneta, y subir y bajar montañas con el traqueteo de un taxi destartalado, viajamos en pequeñas barcas durante seis horas. Andreas reposa la cabeza, con sus rizos negros desparramados en el regazo de Vivienne, mientras ella avanza en su lectura vacacional: “Despachos del lado oscuro: sobre la tortura y la muerte de la justicia”, de Gareth Peirce, una prestigiosa abogada especialista en errores judiciales.

Vivienne, a primera vista, parece una persona callada y no es muy dada a la conversación banal o cortés. Si no está leyendo, suele mirar fijamente el horizonte. “¿Estás ideando mentalmente algún diseño?”, le pregunto. “No –replica–. Eso solo lo hago cuando estoy trabajando. Me gusta la moda, pero no tanto como a Andreas. Él siente mucha más pasión que yo. Cuando tenía nueve años, hojeaba las revistas de su tía; a los cuatro años jugaba con las Barbies y, con siete, montaba desfiles de moda con la ropa de su madre”.

Ella está tan orgullosa de él, como él de ella. “¿Cuál es el secreto de su éxito?”, pregunto. “No mirar lo que hay alrededor y jamás hacer concesiones”. Lo único que ella sigue a rajatabla, añadirá él, es su propia curiosidad intelectual. Los dos van en bicicleta al trabajo, pero a veces ella se vuelve a casa por un camino distinto. ¿Por qué tomar una ruta si puedes elegir otra? Por fin, llegamos a nuestro remoto destino, el poblado de Cutivireni, en el valle del río Ene, un afluente del Amazonas. La presencia de las barcas hace que todo el pueblo se acerque alterado a la orilla.

Andreas viste una camiseta Westwood con una leyenda contra una petrolera y unas botas militares vintage, pero luego se pone unos vaqueros de cuadros escoceses. Lleva el tipo de ropa que solo alguien como él podría ponerse y, aun así, le queda bien. Ella, por su parte, luce una camiseta con el lema “Leonard Peltier es inocente” (Peltier es un activista indígena norteamericano que cumple condena en Florida). Sigue estando guapa, con una piel pálida como un camafeo, en poderoso contraste con su pelo color naranja, que luego se aclara con tintes de henna.

Esa noche, mientras las linternas que llevamos ajustadas a nuestras cabezas atraen todos los insectos del mundo (zumbidos, silbidos, aleteos, revoloteos), miramos los mapas de la zona que ponen en evidencia la labor de Cool Earth, basada en un modelo simple pero inteligente: la ONG paga a la comunidad tanto como ganarían con la venta de árboles a las compañías madereras, obstaculizando así la especulación.

El tercer día tenemos una reunión en el poblado, durante la cual muchos hombres se levantan, hablan, reciben sonoros aplausos, se sientan, se levantan de nuevo y hablan otra vez. Vivienne también pronuncia un breve discurso en la asamblea: “Vuestro trabajo aquí salvará la selva y, si no salváis la selva, morirán millones de personas. Estáis salvando el mundo”. Sus palabras reciben una ovación atronadora.

Hormigas bala

A continuación, hacemos una excursión a la aún más remota aldea de Tinkareni, atravesando la selva, con una dura caminata de tres horas y un calor apabullante. Hay que subir y bajar a través de un follaje espeso, llevando cuidado con las hormigas bala (que no son mortales, pero cuya picadura es la más dolorosa) y con las serpientes de coral (a rayas naranjas, negras y blancas, muy venenosas), que los chicos que hacen de porteadores matan con el machete.

No escucho a Vivienne y a Andreas quejarse ni una sola vez. Se conocieron cuando ella pasó una temporada como profesora de Moda en la Academia de Bellas Artes de Viena y él era uno de sus alumnos. A los dos les atraen poderosamente los temas más sorprendentes –la civilización china, la Revolución Francesa, la caligrafía–, pero no muestran el menor interés por los baños, los dormitorios o las serpientes letales. Es como si pensaran en cosas que nadie más piensa y no se pararan ni un momento en las cosas que pensamos los demás.

Tras la caminata llegamos a Tinkareni, un paraje idílico rodeado de jardines en los que se cultiva el maíz y la mandioca. Las mujeres se levantan antes del amanecer para recolectar algodón mientras los hombres cazan tapires, monos y agutíes, una especie de enorme conejillo de indias. Los árboles frutales dan naranjas, limones, cocos, papayas, mangos... Nos acercamos al río para refrescarnos y Vivienne se sienta a la sombra, detrás de una roca, mirando con admiración las mariposas iridiscentes. “¡Qué maravilla! ¡Mira las mariposas, Andreas!”. Para, acto seguido, continuar con la lectura de su libro. En realidad, tengo la sensación de que prefiere las ideas –y las mariposas– a las personas. Andreas, mientras tanto, se recuesta al sol, sobre otra roca, con un bañador ajustado.

Le pregunto si Vivienne es verdaderamente tan frugal. Dice que sí. Comenta que, en casa, él se encarga de la limpieza (“¡Me pirra limpiar!”) y ella de cocinar (son vegetarianos, por lo que es experta en preparar grandes ensaladas), aunque en las raras ocasiones en que ella recoge, él no lo puede soportar: “Gasta tan poca agua que los platos se quedan sucios y tengo que fregarlos todos otra vez”.

Vivienne se queda en bañador negro y se mete lentamente en el río, donde no nada sino que pasea con calma, como solían hacer los victorianos. Pronto se le une una niña que se llama Cladys, que le salpica, y Vivienne le salpica a ella. Al momento, las dos están jugando sin parar de reír. Es entonces cuando empieza a relajarse, y cuando yo comienzo a llamarla “Viv”, diciéndole, por ejemplo: “Viv, ¿te has puesto crema solar?”. (A Andreas y a mí nos preocupa su piel tan blanca).

La resistencia

Día de descanso. O casi. Hoy, los dos poblados se han unido para una celebración. Se recitan poemas. Se bailan danzas. Andreas provoca la risa de todos haciendo trampas en el tiro con arco al acercarse a su objetivo. Viv se suma a la fiesta y parece contenta. Su deber, afirma, es comprender el mundo. “No tengo ninguna creencia religiosa, así que siento que este increíble don de estar viva es el precio que debo intentar pagar por entender el mundo en el que vivimos”. Es cierto que puede divagar un poco. “Cameron y Obama están engañados por completo. No saben nada en absoluto de política. Están completamente cegados por el mantenimiento del “statu quo” y nunca ven que las cosas se podrían hacer de otro modo. Yo no acepto ese “statu quo”. Si los seres humanos hubieran evolucionado de verdad, no tendríamos guerras. Pensamos con una mentalidad a la antigua, aunque odio esa expresión. Es algo inventado hace poco. Odio todo lo inventado hace poco. Acabo de perder el hilo de lo que decía...”.

Después de un viaje en canoa, para deleitarnos con los inmensos árboles que crecen en el otro margen del río, volvemos andando a Cutivireni bajo una lluvia torrencial. Viv, que lleva una camiseta con el lema “Yo soy Julian Assange”, se queda en bragas (a cuadros azules y blancos) para escurrir la falda. Hablamos de su receta de la vinagreta, pero también del mundo de la moda. “Estoy segura de que a Anna Wintour no le gusto. No vino a verme a tiempo para enterarse de lo que estaba pasando y luego se fue a promocionar a John Galliano, porque creía que había sido su descubrimiento”. Pero entonces, ¿cuál ha sido su secreto en este mundo? “La resistencia”.

De vuelta al poblado, Viv observa cómo las mujeres hilan algodón y se maquillan con una pasta roja hecha a base de aplastar semillas. ¿Podría vivir aquí, Viv? “Siempre y cuando tuviera mis libros”, contesta. Pero Andreas tiene ganas de regresar a Lima: “¡Habrá tiendas! Amo las tiendas”. “Pero si no necesitamos nada, Andreas”, contesta ella. “Lo sé –replica él–. Pero quiero echar un vistazo a lo que no necesito”.