Las escritoras Care Santos, Espido Freire, Elena Medel y Clara Sánchez han invocado sus recuerdos navideños para Mujerhoy. Momentos llenos de magia, nostalgia y reencuentros.

Historias de Belén, por Care Santos

En nuestro belén, hay figuritas llegadas de los cinco continentes. Todas de arcilla, pintadas de colores, de unos ocho centímetros de altura. Tenemos una guagua colombiana, cargada de frutas exóticas, que conduce un mulato con sombrero. La ponemos sobre un puente que cruza un río de papel de aluminio por donde nadan unos patos asturianos. Los Reyes Magos son granadinos, como la Virgen, san José y el niño, pero en el acento apenas se les nota. Un poco más allá, vendiendo sus quesos, siempre está la doña Carmela de los belenes napolitanos, que trajimos de un viaje por el sur de Italia. No se lleva nada bien con Pulcinella, que encontramos una vez en la romana piazza Navona.

Hay un coro de monaguillos cantores que nacieron en la montaña de Montserrat, un diablo mexicano con cuernos y rabo, una serpiente azul que llegó de Cuzco y hasta unas casitas colgadas de una montaña que recuerdan a los paisajes islandeses, de los que algún día formaron parte. Tenemos también un grupo de esforzados castellers, una castañera de yeso, un cerdo cojo, tres erizos, una rana rumana, unos bailarines brasileños y hasta un diminuto maneki-neko —el gato japonés que agita un brazo para atraer la fortuna— compitiendo en protagonismo con el ángel de la anunciación que adoptamos en la Plaza Nueva de Sevilla. Los pastores, ellos sí, son todos autóctonos.

Cuando los adultos no estamos, los habitantes del belén cuentan sus historias a los niños. En voz baja y con muchos acentos distintos les dicen que nadie está de más en ningún sitio, si hay alguien que le espera.

Purpurina, por Espido Freire

Fue el 25 de diciembre de 1988, en esos años de las treguas entre la infancia inconsciente y la adolescencia más obstinada, uno de esos momentos en los que no importan los regalos sino la mirada al entregarlos, y en que una postal se considera bonita solo si tiene purpurina. Yo había regresado de Alemania los días anteriores con una bolsa secreta; había estado 20 días allí, de gira con mi coro.

Si algo me había sorprendido en Hamburgo habían sido los manteles de falsa tela roja, con poinsetias doradas, aquellos bufettes impresionantes que mezclaban velas, y ramas de abeto y pequeños regalitos, piñas y tules. Durante las compras entre una ciudad y otra había escogido, con la ilusión de la niña que era, servilletas y chocolates, dulces que no tenían nada que ver con los polvorones y figuras de mazapán.

Aquella mañana me levanté de puntillas, con la bolsa secreta muy apretada contra el pecho, para que no crujiera. Desdoblé el esquema que había dibujado, y coloqué primero el mutón, y luego el mantel nuevo, y sobre él, el resto de mis tesoros.

Ahora miro atrás, y se me escapa la sonrisa: posiblemente nunca se hayan despertado mis padres con una mesa tan recargada. Por Año Nuevo aún se barrían motitas brillantes de la moqueta. No ha habido tampoco otra mesa preparada con más ilusión. Luego llegarían otras Navidades hermosas, íntimas, románticas, alguna solitarias y otras multitudinarias, pero ninguna con aquella mirada todavía de niña, con la Navidad convertida en algo de cristal y purpurina, tan limpia, tan alegre.

El regalo soñado, por Elena Medel

Justo lo que deseas: una caja ancha abrigada en papel rojo, con motas del blanco de la nieve que apenas conoces por los libros, bajo los zapatos que ayer por la noche no dejaste al pie de la cama, sino en el salón. Las medidas te las aprendiste en la sección de juguetes de los grandes almacenes, mientras tus padres buscaban las ofertas y tu hermana se escondía en las tiendas de acampada.

En la primera visita calculaste el largo con la palma de las manos; ahora la izquierda, después la derecha, más tarde un dedo junto al otro dedo para continuar midiendo, y en las Navidades siguientes comprobaste que la memoria no fallaba, si acaso algún milímetro de menos por el tiempo crecido. Insistes, carta tras carta, en el mismo regalo.

Año tras año despiertas y corres junto al árbol, y calculas antes de quebrar el envoltorio: una mano, otra mano, vuelta a empezar, por si coincidieran el ancho de tus sueños con el de la realidad. Has recibido una muñeca, más tarde un juego de arqueología, antes otro sobre la naturaleza, algo de ropa conforme te entienden menos niña; pero el regalo que pediste nunca llega. Cumples siete, ocho y nueve años, cumples 10 y 11, y cierras tu lista de deseos, ya un simple papel en el que enumeras lo que necesitas, recordando la deuda, aquella deuda. Por fin, la mañana de un seis de enero, ocurre. Y 20 años más tarde, en el altillo del armario, el brillo del plástico que no quisiste deshacer.

Las joyas de Gina Lollobrigida, por Clara Sánchez

Siempre recordaré estas navidades como las primeras sin mis padres. Mi padre nos faltó un frío día de enero del año pasado y mi madre este caluroso agosto. Un antes y un después en mi vida. Ahora sí que me he quedado sin los principales testigos de aquel pequeño país llamado infancia. Desde que tengo uso de razón, salvo con algún esporádico paréntesis, estos largos días de hablar y comer sin parar los pasábamos juntos.

Era una costumbre que venía de antiguo cuando nos reuníamos con mi abuelos, mis tíos y los numerosos primos, generalmente en nuestra casa. Se trataba de una fiesta que duraba desde Nochebuena hasta Reyes, con las fuentes de turrón, nueces y polvorones ancladas a la mesa del comedor. Entonces del cielo de mi calle colgaban guirnaldas de bombillas que por la noche parecían las joyas gigantes de Gina Lollobrigida, y yo no paraba de mirar por la ventana a ver si bajo sus brillantes luces llegaba de una maldita vez la primera tanda de parientes. La casa se trasformaba y se multiplicaban las habitaciones y las camas como los panes y los peces. Se sacaban del aparador la vajilla y la cristalería buenas.

No importaba poner todo patas arriba en favor de todas esas comilonas llenas de risas y pasando de cualquier alarde innovador: langostinos, lombarda, cordero y el mítico y misterioso melocotón en almíbar, que nadie probaba. No nos había dado tampoco por el decorativo abeto, estábamos entregados en cuerpo y alma al belén que, reunido con paciencia figurita a figurita, oveja a oveja y palmera a palmera, presidía el gran invento de la Navidad, ahora reconvertido en spa y choux de salmón ahumado, con los que mis padres y toda su tribu disfrutarían exactamente igual.