Isabel II y Lady Di, un té con hielo

  • En el jubileo hemos visto la idílica foto de Isabel II junto a Camilla Parker y Kate Middleton (todo sonrisas). Pero las relaciones entre Lady Di y su suegra fueron muy distintas. Andrew Morton, biógrafo y amigo de la princesa, nos lo cuenta en exclusiva.

Si la conversación en el saloncito de la reina en el Palacio de Buckingham hubiese sido distinta, la historia le habría podido dar a Diana, princesa de Gales, un final alternativo. Aquella tarde Lady Di pidió una cita a la hora del té para tratar el affaire de su marido con Camilla Parker Bowles. La princesa mostró su desagrado por los sándwiches de pepino y la variedad de té Lapsang Souchong. Era obvio que, además del té, estaba buscando algo de comprensión. Pero el tema de la conversación era demasiado arriesgado emocionalmente para su real suegra, que optó por esconder la cabeza como un avestruz, que es la manera en que Isabel II suele enfrentarse a los asuntos delicados de su familia. La Reina se tocó las gafas con gesto de preocupación y sugirió que los problemas alimenticios de Diana eran la causa y no la consecuencia de su situación marital. Este "tête-à-tête" a la hora del té, en algún momento del verano de 1990, dejó claro a Diana que jamás conseguiría ningún apoyo dentro de la familia real.

En aquel momento, el príncipe Carlos se había roto el brazo derecho jugando al polo y estaba recibiendo los cuidados de Camilla –que ya se movía a sus anchas como señora de Highgrove, la residencia de campo favorita del príncipe de Gales–. De hecho, en un agrio enfrentamiento, Carlos le había confesado a Diana, petulante: "No esperarás que sea el primer príncipe de Gales que no tiene una amante"...

En realidad, ¿qué podría haber hecho la reina en el caso de que hubiera decidido a unirse a la causa de su nuera? La peligrosa conclusión a la que llegó Diana en aquella cita para tomar el té era que debía hacer pública su situación. Aquella jugada a la desesperada acabaría dando a luz a mi muy controvertida biografía oficial "no oficial", 'Diana: su verdadera historia'. El foco estaba puesto en el inviable triángulo formado por Carlos, Diana y Camilla. "En mi matrimonio éramos tres y eso es multitud", llegó a decir en la célebre entrevista concedida a la BBC, unas palabras que envenenaron su relación con la reina, así como con el resto de la familia real.

El affaire se convirtió en un elefante en el salón real (expresión británica que hace referencia a eso en lo que todos están pensando, pero de lo que nadie puede hablar). Y, tal vez, la reina reconoció sutilmente la presencia de dicho paquidermo cuando en su famoso discurso navideño de 1991 declaró que nunca abdicaría y que dedicaría el resto de su vida al servicio a su país. Con regocijo, Diana llegó a contar a sus amigos que el príncipe Carlos estaba tan alicaído, al ver que la corona que tanto ansiaba se le escapaba de manos, que había dejado de hablar con su madre durante varios días y se le veía vagar por los pasillos de palacio como alma en pena. Esta era la satisfactoria hipótesis en el bando de Diana.

Hablando en idiomas diferentes

Aunque había estado en el espectro social de la reina toda su vida, Diana tenía dificultades para interpretar sus códigos. Su padre, el conde Spencer, fue ayudante de campo del rey Jorge VI, y su familia siempre había vivido en Park House, lindando con la finca real de Sandringham. Pero Diana nunca llegó a captar las sutilezas de la familia real. Cuando era jovencita, le cogió manía a la visita anual por Navidad a la sala de cine de Sandringham y en una ocasión llegó a gritar y patalear para demostrarlo. Durante su matrimonio, encontraba las visitas al campo (inviernos a Sandringham y veranos a Balmoral) desalentadoras y deprimentes. Diana era la antítesis de una mujer del campo, muy al contrario que su suegra. Una caída a caballo en la infancia la hizo insegura, y aunque la reina la sacaba a montar, Diana mostraba muy poco entusiasmo. Al menos, hasta que James Hewitt se convirtió en su instructor de equitación –y mucho más–.

También hablaban idiomas diferentes sobre la crianza de los niños: en una visita a Balmoral, la reina se mostró sorprendida al ver que la propia princesa se ocupaba del pequeño Guillermo, mientras su nanny estaba de vacaciones. "No puedo entender que tenga que hacer esto –dijo– habiendo millones de criadas alrededor". Diana, cuyos padres se habían pasado por un duro divorcio, había sido arrastrada ingenuamente hacia una familia real retratada universalmente como paradigma de la dedicación, el amor y el afecto familiar. A causa de sus traumas, nunca superó el abismo entre la cálida imagen familiar proyectada públicamente y el frenético día a día en el que debía incluso pedir cita para hablar con su marido. Diana no quería que Guillermo y Enrique fuesen criados por "una gobernanta" igual que su padre, que incluso tenía que consultar con sus asistentes para poder ver a su madre. La reina la presionaba recordandole que era "la madre de la siguiente generación real", buscando que se esforzase en mostrar responsabilidad y firmeza.

Admiración, respeto y lágrimas

A pesar de que la empatía mutua se evidenció como un bien escaso, el respeto de Diana por su soberana era instintivo, como demuestra su obsesión por conseguir una reverencia perfecta en el día de su boda. Su consideración hacia la reina se manifestaba también de las maneras más extrañas. Cuando me describió el episodio de su 'caída' en las escaleras de Sandringhram estando embarazada de Guillermo, me dijo que la reina fue la primera en aparecer en la escena. Pero posteriormente me pidió que cambiase el nombre de su suegra por el de la reina madre, tratando de proteger la imagen de la reina y no involucrarla en aquel episodio. "Nunca la decepcionaré" fue su motivación recurrente.

Al principio, la reina y su marido, el príncipe Felipe, hicieron un esfuerzo para ayudarla en su adaptación –igual que con otros plebeyos: Sarah Ferguson, Sophie Rhys-Jones y ahora con Kate Middleton–. (Habría que tomar nota de que la reina ha asistido a tantos actos oficiales con la duquesa de Cambridge en su primer año en la realeza como con Diana en su primera década).

Durante el trascendental verano del 91, en el que las cuñadas Diana y Sarah planeaban cómo abandonar el barco juntas, Lady Di se ausentó del retiro estival sin el consentimiento de su suegra para visitar a su amigo Adrian Ward-Jackson, enfermo terminal de sida. Este incidente, junto con la decisión de Diana de dar la mano a un paciente de sida en el hospital de Middlesex en 1987, puso de manifiesto la diferencia de estilos en público de la princesa de Gales y la reina. En el funeral de Diana esta diferencia se caracterizó por un regio labio inferior tembloroso frente a un labio superior rígido, prácticamente acartonado. Pero aunque las lágrimas en público de Diana, que se permitía abrazar y tocar a la gente, suponían un contrapunto al rígido lenguaje corporal de Su Majestad –parapetada tras su bolsito como escudo para su intimidad–, la princesa no era una revolucionaria. De hecho, cuando le pregunté cómo pensaba cambiar la monarquía, me respondió que se aseguraría de que mejorasen los accesos para discapacitados a las fiestas en los jardines del Palacio de Buckingham.

Tensión familiar creciente

Desde comienzos de los 90 la reina y Diana habían desarrollaron una relación más cordial y relajada. En una calurosa tarde de julio de 1991, durante una recepción en los jardines, un amigo le ofreció a la princesa un abanico que ella rechazó: "No puedo. Mi suegra va a aguantar de pie bajo el sol con bolso, guantes, medias y zapatos". Pero la cordialidad terminó cuando Diana y Carlos se separaron en diciembre de 1992. La prioridad de la soberana había sido siempre preservar la monarquía.

Diana todavía la visitaba de vez en cuando para tomar el té, a menudo llevando con ella a los niños para romper el hielo, pero la conversación discurría entre la desconfianza y la cautela. A Su Majestad le preocupaba que alguno de sus comentarios apareciera publicado en el Daily Mail del día siguiente. Mientras, a Diana lo que le angustiaba es que la proverbial frialdad de la reina se transformara en antipatía. Pero su mayor miedo era que le quitasen a sus hijos: bajo las leyes británicas el soberano tiene total potestad sobre el cuidado y la educación de sus sucesores en el trono. De hecho, cuando Diana amagó con trasladarse a Australia, se le señaló que tendría que dejar atrás a sus hijos, y no hizo falta que nadie le recordase que su propia madre, Frances Shand Kydd, había perdido la custodia de sus cuatro hijos al separarse del conde Spencer.

Guillermo y Enrique estaban en la mente de su abuela, que pensó que lo mejor era protegerlos de la cada vez más descarnada guerra que libraban los príncipes de Gales.
Isabel II creía que la biografía autorizada del príncipe Carlos de Jonathan Dimbleby, era muy preocupante, particularmente los pasajes en los que se sugería que su hijo había sido obligado a casarse con una mujer a la que nunca había amado. No obstante, fue la entrevista de Diana en televisión la que provocó la intervención real. Con su afirmación de que Carlos nunca sería rey había ido demasiado lejos y a nadie le sorprendió que la monarca escribiera a ambas partes exigiendo un divorcio más pronto que tarde. Lady Di fue desprovista del trato de "Alteza Real", una decisión que escoció, aunque como su hermano pronunció en el discurso de su funeral, "Diana no necesitaba ningún titulo real para continuar generando su magia".

Hizo muy poco para cultivar aliados dentro de la familia real –"los alemanes", como ella les llamaba con desprecio– y el poco cariño que le tuvieran se evaporó en aquella entrevista. Pero cuando el cortejo fúnebre pasó ante el Palacio de Buckingham, la reina inclinó su cabeza. Un apropiado reconocimiento de lo que Diana fue y llegó a conseguir de una mujer que no se inclina ante nadie.