La condición de sus padres, que son sordomudos, la dotó de unas aptitudes especiales para el desempeño de la gimnasia artística. Carolina Rodríguez, que en 2007 anunció su retirada, participará en Londres en sus segundos Juegos Olímpicos. Esta es su emocionante historia.

"Si me caigo 300 veces, ¿por qué no me voy a levantar 301?". Ese es el espíritu de Carolina Rodríguez Ballesteros (León, 24 de mayo de 1986), nuestra representante en el concurso individual de gimnasia rítmica en los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Y esta será su segunda participación en una cita olímpica tras la experiencia de Atenas 2004 y después de ser descartada para Pekín 2008 porque alguien con poco ojo decidió que era vieja para este mundillo.

Siempre sonríe. Y eso que su vida no ha sido precisamente fácil. Penurias en sus inicios en la práctica de la gimnasia, lesiones y dificultades personales que hacen saltar las lágrimas. Sin duda, la historia de 'Carolímpica', como la conocen en la ciudad leonesa que la vio nacer, es una de las más impresionantes de la 27ª edición de los Juegos de la era moderna.

Así comenzó todo

"¡Eso lo sé hacer yo!". Carolina era una mocosa que acompañaba a su hermana a un entrenamiento de animadoras y que, al ver a una chica realizar ejercicios con una cinta, ni corta ni perezosa, retó a todos los presentes.

Y vaya si lo sabía hacer... Las entrenadoras del Club Ritmo de León se quedaron boquiabiertas: nunca habían visto a una niña tan pequeña con tanta plasticidad y con tan buenas aptitudes para este deporte.

La gimnasta ha comentado muchas veces cómo, al principio, entrenaban en una iglesia abandonada, la de Puente Castro. Eran un grupo de 10 o 12 muchachas a las que no les importaba que en el suelo en vez de tener la forma del tapiz, fuese una cruz. A la que hacía algo mal se le imponía la penitencia de rezar dos Padrenuestros.

Ahora, aquella pequeña que entró en la gimnasia rítmica por casualidad, es nada menos que nueve veces Campeona de España, una más que Almudena Cid. Y todo se lo debe al apoyo de sus padres y de su entrenadora, Ruth Fernández.

En lenguaje de signos

La leonesa, que, además de dedicarse al deporte de manera intensiva estudia Psicología, tuvo que aprender desde su más tierna infancia lo que era expresarse con el cuerpo. Concretamente con las manos: sus padres son sordomudos.

Ella no lo considera un obstáculo en su vida, sino todo lo contrario. Todo lo que es capaz de transmitir sobre el tapiz se lo debe a ellos. La situación especial de Tomás Rodríguez y Pilar Ballesteros hizo que ella se esforzara cada vez más para que pudieran disfrutar con lo que ella hacía.

Y eso que su madre se enfadaba a menudo porque Carolina se pasaba el día tirada en el suelo del pasillo haciendo ejercicios y se manchaba la ropa. Llegó un momento en el que Rodríguez se dio cuenta de que, a pesar de no estar escuchando la música, su madre estaba sintiéndola. Desde aquel día, baila para sus padres, para que sean partícipes desde la grada de todos sus movimientos en competición.

Carolina cuenta cómo de complicado fue para ella trasladarse a Madrid para dedicarse a lo que es la pasión de su vida. "El resto de niñas podían hablar por teléfono con sus padres todos los días. Yo no". Tuvo que elegir y eligió seguir expresando con su cuerpo a pesar de tener que alejarse de su casa.

Y volvió a elegir Madrid en 2003 cuando, a pocas semanas de comenzar el Campeonato del Mundo, le comunicaron que su hermano se había matado en un accidente de tráfico. Carolina, fiel a su cabeza fría y bien amueblada, viajó a León al funeral y volvió a la Residencia Blume de la capital para proseguir con su preparación.

Su calvario

Su fisioterapeuta asegura que es casi imposible que pueda dedicarse a la gimnasia de elite tal y como tiene el ligamento externo de su tobillo. Pero la ilusión puede más que los tremendos dolores con los que tiene que afrontar cada movimiento de cada entrenamiento. Ella misma se venda cada día, cuidadosamente el pie derecho para "notar la tensión del vendaje".

Aunque quizás le doliera más que, con todo el trabajo ya hecho para los Juegos de Pekín, desde la Federación Española se le comunicara en 2007 que no iban a contar con ella porque era demasiado mayor. Tuvo que abandonar Madrid a mitad de curso, aturdida y hundida.

Poco después, Carolina anunciaba su retirada del mundo de la gimnasia artística. Pero a los dos meses su entrenadora de toda la vida, Ruth Fernández, la convencía para empezar de cero.

Los duros entrenamientos en un polideportivo abandonado al que llamaron 'La nevera' dieron sus frutos y, tras años de sufrimiento, volvió a alzarse con el Campeonato de España y, posteriormente, una plaza en los Juegos de Londres.

El ritual

¿Qué hace Carolina antes de salir a dejarse el alma compitiendo? Su entrenadora reza una oración dividida en frases que ella va repitiendo. Después, Ruth le da tres besos que son contestados con otros tres de la gimnasta a la cruz que su preparadora lleva colgada al cuello.

Se abrazan. Ruth le dice: "Eres mi niña boni". Y Carolina continúa: "Ta". La entrenadora prosigue: "Te quiero mu". La gimnasta acaba la frase: "Cho". Y es entonces cuando se rompe ese momento litúrgico-mágico con una sentencia explosiva: "Tienes que hacerlo que se cague la pe"... "Rra".

Es justamente lo que sucederá el próximo 9 de agosto antes de que empiece la primera rotación en el Wembley Arena. El objetivo de Carolina no es otro que colarse en la final para poner, a sus 26 años, un broche de oro a una carrera de fondo en la que en algunos momentos ha tenido que esprintar.

Lo único que pretende con esta última participación en unos Juegos no es otro que lo que lleva persiguiendo toda la vida, con los aficionados y con sus padres: "Disfruto con lo que hago y hago disfrutar a la gente".