Luchadoras de la ciencia

Laura Valle, 34 años Laura analiza el cáncer de colon en el Instituto Catalán de Oncología (Instituto de Investigación Biomédica de ...

Jóvenes, capaces y en crisis. Mientras los recortes cercenan sus presupuestos, estas cinco investigadoras continúan su labor gracias a una beca L’Oréal-Unesco.

Tienen menos de 40 años, currículos de impresión, vocación de servicio y cinco proyectos por los que luchar con uñas y dientes. Los mismos que seleccionaron entre más de 200 propuestas un jurado compuesto por la bioquímica Margarita Salas, la inventora Celia Sánchez-Ramos y María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas. Ahora ellas, las más capaces de un mundo de cerebros brillantes, han logrado para sus investigaciones los 15.000 € con los que están dotadas las becas L’Oréal-Unesco. Una ayuda que, aunque no es una solución para su falta de recursos, sí supone un balón de oxígeno en una etapa llena de malas noticias para la investigación. Un respiro que va más allá de la cuenta bancaria y llega hasta el corazón: “Cuando te dan una beca como esta, te sube la autoestima, piensas: “Pues mal no lo estaré haciendo”, dice Irene Cózar.

Porque entre tanta charla sobre financiación estas mujeres se dejan en el tintero asuntos tan difíciles, o más, que rascar un euro a un presupuesto exiguo. Como la complicada conciliación o la difícil escalada, sin perder el ánimo ni ponerse zancadillas a una misma. Ellas hacen malabares con estos problemas sin pestañear. Y suerte que lo logran, porque como recordó durante la entrega de las becas el presidente de L’Oréal España, François-Xavier Fenart, “la ciencia necesita mujeres”. A ellas.

Laura Valle, 34 años: “Tener hijos y estar en primera línea no es incompatible” 

Llegó a la investigación por curiosidad, dispuesta a desentrañar misterios. Licenciada en Biología y Bioquímica, realizó su tesis en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas. De ahí, saltó a EE.UU. y, por fin, volvió a España, a Bellvitge. ¿La materia de sus desvelos? El cáncer de colon. “Aunque suene poco glamouroso, es un órgano especial, porque permite ver todas las etapas del tumor. Lo que yo intento es encontrar los genes que hacen que algunas familias sufran más casos de esta enfermedad que el resto de la población”. Para Laura, la ciencia y las mujeres aún no han hecho las paces, pero están cerca de lograrlo: “Nosotras mismas nos frenamos porque creemos que tener hijos y estar en primera línea es incompatible. Y no es así. Yo tengo dos niñas, una de un año y otra de dos y he luchado mucho por llegar. Pero hay que conservar el entusiasmo por seguir trabajando”.

Eva Poveda, 32 años: "No Me atrevo a predecir qué pasará en cinco años"

El caso de Eva Poveda es el ejemplo de que un currículo impresionante no es una vacuna contra el desánimo. Es licenciada en Biología, doctora en Microbiología, posee dos máster... pero justo antes de ganar esta beca estaba a punto de tirar la toalla. Y eso es que lo suyo es 100% vocacional: “Desde el instituto tenía muy claro que lo mío era la biología. Ahora investigo sobre la infección crónica por hepatitis C. Quiero revisar las resistencias del virus al tratamiento, optimizar el manejo terapéutico y, con esos resultados, ayudar a la creación de nuevas generaciones de fármacos”. Solo existe una zancadilla en su camino: el dinero. “Me gustaría continuar con mi carrera, pero para eso necesito financiación. Voy a intentar conseguir una subvención europea, que aseguraría mi trabajo y el del grupo durante al menos cinco años. No me atrevo a decir lo que pasará más allá”.

Gemma Vilahur, 37 años: "Con la crisis, se busca el beneficio a corto plazo"

Tuvo un bautismo científico de lujo, con una estancia posdoctoral en Nueva York, en el departamento de Valentín Fuster. Ahora es una de las investigadoras del Instituto Catalán de Ciencias Cardiovasculares y se ha puesto como meta mimar nuestro corazón: “Estoy investigando el uso del colesterol de alta densidad (HDL, el “bueno”) como vehículo de protección cardíaca. Quiero mejorarlo y crear nuevas formulaciones que protejan el corazón”. Un objetivo importante, aunque la sociedad no lo arrope como debiera: “La ciencia no está valorada, y más en un contexto de crisis como el actual, en el que se busca el beneficio a corto plazo, mientras que la investigación suele fructificar al cabo de años de estudio. La inversión que se requiere para obtener resultados aplicables es enorme y requiere paciencia y perseverancia, tanto por parte del investigador como del inversor”.

Inmaculada Ibáñez, 38 años: "El apoyo de mi familia me permite seguir trabajando"

Inmaculada habla en plural, porque con cada palabra quiere resaltar la labor del equipo que trabaja con ella en el Hospital Universitario de la Paz, en Madrid, algunos de sus miembros simplemente por la voluntad de aprender cómo defendernos de la enfermedad que más miedo da: el cáncer. “Buscamos fragmentos de ADN que nos informen de si un tumor va a responder o no a una terapia. De momento, estamos enfocados en el cáncer de pulmón y el de ovario, porque son los que muestran más resistencia a la quimioterapia”. Pero en su discurso también hay otros agradecimientos... y un tirón de orejas: “Tengo mellizos de dos años y el apoyo de mi marido y mis padres es lo que me permite seguir investigando. Por ejemplo, para que renueven mi contrato tengo que presentar una memoria anual. Yo di a luz el 1 de septiembre y tenía hasta el 15 para entregarla. Cuando llegué a casa con mis hijos, prematuros, que comían cada dos horas y tardaban media cada uno en comer y, en medio, tenía que escribir... Fue difícil. La conciliación debe mejorar muchísimo”.

Irene Cózar, 38 años: "Si te dedicas a la ciencia, no te debe importar el dinero"

“En la diabetes se produce una pérdida de las células del páncreas que fabrican la insulina. Nosotros buscamos dianas terapéuticas que, al activarlas, nos permitan regenerar esas células”, explica esta doctora en Bioquímica, que desarrolla su labor en el Insitituto de Biología y Genética Molecular de la Universidad de Valladolid. Una mujer apasionada de su profesión y de todo lo que sus compañeras pueden aportar a ella: “Nosotras tenemos una capacidad creativa, que yo no digo que los hombres no la tengan, pero que es diferente de la suya y que enriquece la ciencia”. Y para aquellos que estén tentados en “enriquecer” la investigación, ahí va un aviso: “Para ser investigador hace falta que no te importe el dinero. Si lo que estás buscando es llevar una vida cómoda, desde un punto de vista económico, no te metas en esto. Yo tengo 38 años, tres hijos y un marido de 43, y estamos un poco en la cuerda floja porque él también es científico”. Pero Irene es positiva y sabe cuál es el secreto para no perder la pasión: “Vocación, vocación y vocación”.