SOS: Machos alfa en el diván

  • La doctora Brandy Engler es la sexóloga de los tiburones de Wall Street. Conoce sus problemas de cama, sus conflictos de poder y por qué les cuesta tanto amar y desear a la vez.

Cuando Brandy Engler se estableció como psicoterapeuta en Manhattan, Nueva York, tuvo claras dos cosas: la primera es que la mayoría de sus pacientes serían mujeres (al fin y al cabo, su especialidad eran los altibajos que experimenta el deseo sexual femenino); la segunda, que hacerse con una cartera de pacientes sería algo que llevaría su tiempo. “¿Terapia sexual? ¿Me estás tomando el pelo? –se burló uno de sus maestros–. Todo el mundo toma Viagra. Nadie consigue ya pacientes para una terapia sexual”.

Ambas hipótesis se demostraron erróneas. “Las llamadas empezaron a llegar casi de inmediato. Y la mayoría eran de hombres. Ellos no buscarán ese tratamiento que necesitan para la depresión ni piden ayuda cuando se ven perdidos. Ahora bien, si tienen problemas sexuales, cogen el teléfono”, asegura.

Seis años (y unos 500 pacientes) después, la doctora Brandy Engler, de 37 años, puede considerarse una autoridad en el terreno de la libido del macho alfa. Un buen número de jóvenes y ricos banqueros, corredores de Bolsa y administradores de fondos de inversión abarrotaban su clínica de Times Square y le pusieron la etiqueta de “sexóloga de Wall Street”. Ella misma se ha referido a lo que hace como “varontropología [en inglés, “manthropology”, o antropología del varón], es decir, observar a los hombres, tomar notas, establecer categorías de comportamientos extraños y clasificar las subespecies”. En un momento en el que muchos profesionales de la terapia han tenido que cerrar sus consultas, ella es un raro ejemplo de psicoterapeuta que ha tenido acceso “al mundo interior, sexual y psicológico, de los ricos y poderosos”.

Con una imagen más cercana a la de Carrie Bradshaw (la protagonista de “Sexo en Nueva York”) que a la del psicólogo Carl Jung, desprende glamour de una forma un tanto excéntrica, como una bohemia de lujo. El nuevo despacho que ha abierto a las afueras de Hollywood es una sala amplia con una decoración espartana. La doctora clara que se acaba de mudar, que necesitaba más espacio para poderle hacer frente a la oleada de pacientes que esperan sus consejos.

El ambiente es vagamente ascético y oriental. Un Buda de porcelana reposa en lo alto de un aparador de madera oscura. También hay una especie de sofá-cama debajo de la ventana, un escritorio maltrecho y unos pocos libros. Lo que no hay, sin embargo, es diván; solo dos sillas blancas, tapizadas, separadas por una distancia de unos tres metros. Curiosa distancia, a medio camino entre lo íntimo y lo impersonal; la justa para que Engler tenga en su campo de visión la silueta completa del paciente, de forma que pueda observar esa rodilla nerviosa o aquella mandíbula apretada que delatan las neurosis ocultas.

Recovecos sórdidos

Dice que puedo ponerme cómodo (algo difícil de conseguir cuando uno está bajo la mirada de una mujer cuyo oficio es desentrañar los “secretillos” de los hombres). La razón de este encuentro es el nuevo libro de Engler, “Los hombres en mi diván” [“The men on my couch”, inédito en España], un volumen de memorias que, en gran medida, se puede leer como un breve resumen de los recovecos más sórdidos de la mente masculina. El retrato que hace de ellos no es favorecedor. Sus pacientes (en especial los triunfadores vanidosos) son, a menudo, gorilas en la cama. “Brutos, maquinales y abusones”, es como los describe. Resulta que el sexo es el único ámbito en el que pueden compensar las deficiencias que arrastran en el mundo exterior. A ratos puede parece que estuviera diseccionando el perfil de un Christian Grey en la vida real, si no fuera porque el protagonista de “Cincuenta sombras de Grey”, con todas sus tendencias sadomasoquistas, es un modélico caballero comparado con sus pacientes. “Esa novela es una fantasía femenina –aclara la doctora–. Refleja el interés de una mujer por ciertos aspectos de la masculinidad que no afloran en el espacio cotidiano”, concluye Engler.

La medida del éxito

Muy al contrario, su libro ofrece una galería de personajes reales, como Paul, “un iracundo macho alfa” de la banca que no puede tratar con mujeres de éxito, una debilidad que expresa a través de la infidelidad. “Con mi nueva esposa –le contó a Engler–, tengo problemas para conservar la erección. Así que mantengo relaciones sexuales con prostitutas. Te voy a conceder cinco sesiones para que arregles esto”. Luego está el desconsolado Charles, jefe de una firma de ingeniería, cuya novia le fue infiel la víspera de la boda. Él había “erotizado ese trauma” (o sea, que ahora solo puede acostarse con su novia si ambos encarnan la fantasía en la que ella le está siendo infiel con su mejor amigo, su jefe o un desconocido).

En pocas palabras, los pacientes de Engler son ganadores en salas de reuniones, pero en el dormitorio son perdedores. El problema para muchos, al parecer, es que tratan de recrear su manera de actuar de un ámbito a otro. Son adictos al sexo, mujeriegos y sádicos en secreto. Y sin embargo, percibo que la sexóloga tiene cariño a muchos de ellos. “Debería tener en cuenta –matiza– que no hay nada particularmente extraordinario en esa gente... Todos albergamos algo de sadismo en nuestro interior”. Admite que su trabajo puede ser aterrador, que observar a un paciente perturbado que descarga “su rabia cruda y desenfrenada es algo que francamente asusta. Lo que me hace especial a mí es que los admito”.

No obstante, cuando se trata de su propia vida sexual se muestra evasiva. En el libro, habla largo y tendido de una relación con un exnovio mayor que ella, un enigmático hombre de negocios de Oriente Próximo. Ella era una chica ingenua, que tenía el sueño de vivir un romance exótico hasta que comprendió que el amor es una dura tarea. Reconoce que se descubrió a sí misma midiendo la relación con este hombre en función de los cuatro factores que cree que potencian la libido femenina: “Peligro, novedad, distancia y misterio”, recuenta.

Si entramos en detalles, solo añade que el sexo era “superapasionado”. No va más lejos, porque sus padres son muy conservadores y “porque yo no soy una exhibicionista”. Brandy creció en Florida, en una estricta familia de tradición protestante formada por un vendedor de seguros y una ama de casa. “Y mi marido [con el que se casó el año pasado] se dedica a la política y no quiere que escriba nada sobre nosotros”. Lo conoció bailando salsa, añade. Por su descripción, se parece un poco a Christian Grey, pero sin látigo. “Es atractivo porque tiene mucha personalidad, es un líder... Con un alma compasiva, que es una encantadora forma de masculinidad”.

Agrandar el ego

La gran pregunta es hasta qué punto el libro de Engler, con todos sus retratos de disfunción sexual, es un reflejo de nuestros días. Entre los factores que pueden explicar el creciente número de hombres (y mujeres) que no pueden controlar sus impulsos sexuales, uno de los más frecuentemente citados es internet y la manera en que ciertas páginas web nos han hecho perder la vergüenza y el miedo. En la Red, la pornografía es libre y está al alcance de cualquiera. “Es como si pusiéramos cocaína en los botiquines médicos”, como asegura un sexoadicto.

Engler es testigo, a menudo, del efecto que tiene entre sus pacientes. “Hoy pueden irse a casa, ver un vídeo porno y obtener satisfacción. No tienen que aprender a vencer la ansiedad ni encontrar la manera de charlar con las mujeres. No se desarrollan, no crecen... Tuve un paciente que pasaba así todo el fin de semana. Nunca interactuaba con una mujer real”. Los amos del universo que trabajan en Wall Street no salen mucho. El sexo se vuelve para muchos de ellos un medio con el que poner en práctica las mismas ambiciones que caracterizan sus carreras profesionales. “Básicamente, trabajan como locos, unas 80 horas a la semana, así que no tienen mucho contacto con las mujeres. Viven en un ambiente masculino, hipercompetitivo... Sus relaciones con el otro sexo solo sirven para agrandar aún más sus egos”.

El discurso de la sexóloga parece caminar hacia atrás, hasta Sigmund Freud, cuando sostiene que el sexo es “un depósito de deseos, miedos, viejas heridas y partículas de uno mismo, que quieren ser expresados”. Freud creía que la sexualidad comienza en la infancia y que el sexo y la personalidad estaban intrínsecamente unidos. Los impulsos sexuales eran fuerzas instintivas que exigían expresión y desahogo, si bien estaban dominados por el ego. Quizá lo más importante sea que consideraba los síntomas sexuales como manifestaciones de conflictos más profundos. El sexo no era nunca solo sexo: el tratamiento requería descubrir las neurosis subyacentes. La gente empezó a hablar de transferencias de los sentimientos que una persona originó (una madre negligente, tal vez) a otra persona (una amante, por ejemplo).

¿Qué es normal?

Después Alfred Kinsey realizó los primeros estudios a gran escala sobre conducta sexual en EE.UU. El resultado fue “El comportamiento sexual en el hombre”, publicado en 1948, que puso de relieve el abismo entre lo que la sociedad consideraba “normal” y lo que realmente sucedía. ¿Su conclusión? No hay nada que pueda ser definido como una vida sexual “normal”. Gracias a sus investigaciones, alcanzamos una comprensión más completa de nuestra sexualidad, con todas sus variedades. El problema hoy, según explica Engler, es que nos comportamos como si nada hubiera ocurrido: “Freud está pasado de moda” y la psicoterapia está perdiendo seguidores a pasos agigantados.

Quizá por esa razón, los psicólogos se esfuerzan por reinventarse a sí mismos como marcas de moda con una gran aceptación social. Una forma de ganar pacientes es convertirse en una celebridad de la psicología; una tendencia que Engler, con su libro sobre sexo en el que “voy a contártelo (casi) todo”, podría ejemplificar.

Otra consecuencia de la desaparición de los terapeutas parece ser la creencia de que los hombres son simplemente esclavos de su biología, programados para procrear sin darle más vueltas. La llegada del Viagra hace que esta forma de pensar cobre más fuerza. ¿Por qué buscar causas psicológicas de índole profunda si una píldora puede acabar con los problemas?

La disfunción eréctil era una de las cuestiones fundamentales (junto a la actitud compulsiva y la infidelidad) que planteaban a la sexóloga los tiburones de Wall Street. Pero casi todos ellos, según explica, utilizaban el sexo como sustituto de ocultas pulsiones psicológicas. Lo que a menudo emergía en el dormitorio eran profundos y frustrados deseos de alcanzar más poder, afirmaciones de autoestima y afecto. En un esfuerzo por completarse a sí mismos, algunos trataban el sexo como una conquista.

Otros se centraban en perfeccionar sus técnicas o usaban a las mujeres como trofeos. Y luego estaban los que buscaban la violencia como dominación. “¿Por qué un político de alto rango buscaba amas de casa? ¿Por qué no una prostituta que cobre 1.000 dólares por una hora? Porque eligen específicamente a una persona que consideran inferior, para humillarla. Es un poco sádico. Y muchos de nosotros tenemos ese instinto dentro”, explica. Por supuesto, alguno dirá que ese buscarle explicaciones psicológicas a todo corre el riesgo de disculpar a esos hombres inmorales y de débil voluntad. Ella niega la mayor. “Yo quiero cambiar los malos comportamientos. Quiero que mis pacientes se sientan responsables. Pero para lograrlo, deben conocerse mejor. Y para eso tenemos que hablar de los problemas subyacentes”.

Crisis de narcisismo

La idea de la elección puede que sea la más poderosa de todas con las que trabaja. Cree que cada época elige cómo tratar con el sexo. Y espera que su próximo libro trate sobre los minoicos, un pueblo de la Edad de Bronce que retrata como “una cultura femenina hipersexualizada; una sociedad de mujeres desnudas correteando por la isla de Creta”. “Suena divertido”, me atrevo a decir y me explica que muchas de las antiguas civilizaciones meditaron profundamente sobre el sexo. Hace 2.000 años en China, a los hombres se le instó a que subyugaran su propia gratificación a la de sus mujeres.

Fueron los griegos y los romanos, quienes lo echaron todo a perder convirtiendo el sexo en un juego de conquista y negando a las mujeres su condición de seres sexuales. En el siglo XIX británico, nos encontramos con los victorianos tirando por tierra todo placer femenino. El sexo era necesario para la procreación, los hombres tenían apetitos y la obligación de las mujeres era complacerlos. La doctora sugiere que una consecuencia es el poder que aún representa el dormitorio para muchos de sus pacientes. Pero, en su opinión, no hay nada innato en la “epidemia de narcisismo” que, según ella, está arruinando nuestra sociedad occidental.

La pregunta más importante tal vez es si el sexo puede volver a ser igualitario. Entre sus pacientes, Engler ve algunos rayos de esperanza. David, por ejemplo, era un mujeriego que maneja fondos de inversión de riesgo. No podía pasar una noche solo, trataba como un objeto a la novia con la que pensaba casarse y llevaba a sus espaldas una vida de fiestas sin fin. Tras pasar por las manos de Engler, llegó a la conclusión de que estaba preso de su narcisismo, como un modo de apuntalar sus inseguridades.

Al contar su historia, Engler parece argüir que hay un gen de bondad incluso en los pacientes más disfuncionales. “Cuando vienen a verme, todos dicen que las mujeres son unas zorras, o me advierten de que no trate de venderles la idea de un amor lleno de sentido, o comentan que son felices yendo con prostitutas”. Y concluye: “Creo que lo que quieren es que me enfrente a ellos, que les demuestre que están equivocados”.