Mayte Carrasco: "En Siria, la gente se juega la vida para que contemos lo que pasa"

Mayte Carrasco, periodista y escritora Mayte Carrasco recibió el Premio Internacional de Periodismo. Fotos: Alessio Romenzi (Siria) / Pierre Terdjman (Georgia)

Dice que no quiere morir en medio de un conflicto, pero en los últimos años ha sido testigo de la masacre siria, de la guerra georgiana y del polvorín afgano. Lo suyo es contar la verdad, cueste lo que cueste.

A pesar de trabajar como “freelance”, sin adscribirse a ningún medio, sus coberturas de la guerra de Georgia, Libia y, sobre todo, el conflicto en Homs han hecho de Mayte Carrasco (37 años) una de las reporteras bélicas más reconocidas en España. Justo a la vuelta de Siria, en plena guerra civil, Mayte habla con Mujer hoy sobre su novela, “La Kamikaze” (Ed. La esfera), que transcurre en otro escenario con el que está muy familiarizada, Afganistán, y sobre los retos y desafíos de una mujer que no renuncia a contar historias desde el lugar de los hechos.

Mujer hoy. En los últimos dos años ha estado presente, prácticamente, en todas las primaveras árabes, ha recibido el Premio Internacional de Periodismo y ha sido finalista en el Cirilo Rodríguez. Además, ha publicado una novela. No está nada mal...

Mayte Carrasco. Sí, aunque no creo que me vaya a cambiar mucho la vida. Los “freelance” estamos bastante solos. Viajamos solos, estamos solos en el terreno y luego, a la vuelta, nos tenemos que pelear para vender el material. Por eso me acuerdo de todos los compañeros que trabajan intentando hacer que el periodismo exista y que sea una profesión digna, pese a todo.

P: ¿Cómo fue capaz de sobrevivir en Homs (Siria) durante el bombardeo?

R: Aquello fue muy impactante y peligroso. Conviví con familias, porque la resistencia nos escondía en casas. Se jugaban la vida para que entráramos y contáramos lo que pasa dentro del país. Entré en la ciudad por una cloaca de tres kilómetros, agachada y sin poder llevar ni una mochila. Una vez dentro, en un barrio de 6.000 metros cuadrados caían 500 bombas al día, así que era una ruleta rusa, donde cualquiera podía morir en el salón o en la cocina de su casa. No se podía salir a la calle porque había francotiradores por todas partes. Me fui de Homs con una sensación de culpabilidad enorme, piensas en los niños que podrías haber salvado llevándolos contigo. Pero dependíamos de la resistencia, que no quería usar el túnel secreto para sacar a mucha gente para que no se descubriera. Al poco de salir nosotros lo bombardearon, y la única vía de salida dejó de existir.

P: Qué distinta esa guerra al entusiasmo general con las revoluciones de Egipto o Libia en primavera...

R: Egipto fue una sensación de reconciliación con la humanidad. Fue muy emocionante cuando cayó Mubarak. Estaba allí y lloré. Me abrazó un hombre y me preguntó que de dónde era. Cuando le dije que de España, me respondió: “Ya somos como vosotros, ya tenemos democracia”. Luego he sentido decepción y tristeza, porque les han engañado. Los militares han secuestrado la revolución y sigue siendo como antes, solo que con una especie de espejismo de democracia. Aunque también deberíamos hacer mucha autocrítica. Les miramos por encima del hombro, cuando si han estado así durante décadas es porque nuestros gobiernos han apoyado a sus dictadores, porque había que contener a la inmigración y el terrorismo...

P: En su novela, 'La Kamikaze', habla de esos intereses que muchas veces están detrás de la presencia de Occidente en países como Afganistán. ¿Cuánto hay de Mayte Carrasco y su experiencia en esa historia?

R: Mi abuela, que era maestra, nos enseñó dos cosas en la vida: a barrer y a leer. Tenía un montón de libros y quería que eligiéramos. Yo siempre escogía los de misterio, los de aventuras de “Los cinco” o “Los Hollister”. Así que, cuando me propusieron escribir algo, me dije que tenía que ser novela negra. Y qué mejor que llevar lo que yo sé hacer, que es el reporterismo de guerra, a ese género. Elegí Afganistán, porque me daba todos esos elementos del mundo subterráneo de un país que lleva tres décadas de conflicto. Pero Yulia [la protagonista] es una periodista que no tiene nada que ver conmigo. Solo tenemos en común que las dos nos mordemos las uñas y que ella es, como yo, una periodista “freelance”. Pero es muy decimonónica, es romántica hasta querer morir de amor. Y yo amo la vida, soy más prudente y no quiero morir.  

P: No es Yulia, pero alguna vez le habrán dicho como a ella eso de que se cree Indiana Jones por hacer un trabajo tan peligroso.

R: [Risas] He escuchado de todo en esta vida. Me han hecho desprecios y he visto mucho machismo en esta profesión. En Libia, la mitad de las reporteras extranjeras eran mujeres, y fueron las primeras en entrar en las calles de Trípoli. Pero en España somos pocas y muchas se acaban masculinizando. Aunque no todas: tengo una amiga que se viste con tacones y escote para ir a la guerra. Y me parece muy bien. Te vistes como quieres, porque al final, si te quieren violar o matar lo van a hacer igual.

P: ¿Cree que la mayor presencia de mujeres en las líneas del periodismo bélico está cambiando también la manera en que se retrata la guerra en los medios?

R: Yo siempre bromeo con que mis compañeros, lo primero que hacen cuando llegan a un conflicto es coger una bala del suelo y preguntarse de qué calibre es. Me hace gracia, porque a mí nunca me ha interesado saber cúal es el calibre de una bala, pero sí pretendo, cuando veo morir a un niño, transmitir empatía.

P:  La cuestión es si eso interesa aquí. A veces da la sensación de que a la sociedad no le interesa informarse sobre lo que pasa más allá de sus fronteras.

R: Sí, sí que interesa. El problema es que me dicen: “Mayte, cuando sale tu directo baja la audiencia”. Y eso es porque no se pueden contar las revoluciones árabes en 30 segundos. Acabas dando titulares sin contexto, y parece que la gente ha empezado a matarse de repente, y dejan de hacerlo sin más. Hay que denunciar esa cultura del “boom”. Cuando por narices en una noticia de televisión tiene que haber una explosión. ¿Consigues capatar la atención? Sí. Pero es una atención efímera. El “click” de poner titulares del tipo: “Le cortó los testículos, se los metió en la boca y le cosió los labios”. Era una tortura de la dictadura argentina, pero el año pasado estaba entre los más leídos en la web de un periódico español. ¿Tú crees que cuando entren a la historia les va a interesar saber sobre la dictadura argentina? Entran por el titular, porque les ponen morbo, sexo... titulamos para los buscadores de internet. Pero, ¿dónde está el periodismo de verdad?

P:  'La Kamikaze' es una novela sobre el periodismo. Pero también habla mucho de los periodistas como personas, con ese tono de cine negro, de reporteros ahogados en alcohol, solitarios y duros. ¿Le da miedo verse así dentro de 20 años?

R: Lo que pasa es que no somos una especie distinta. Y hay mucho mito en torno al periodista de guerra, cuando somos reflejo de nuestra sociedad: inestabilidad laboral, inestabilidad emocional... En mi generación, los que vamos de los 35 a los 45, se da mucho de las dos cosas. Hemos crecido en un mundo que era muy seguro, con unos pilares que se han derrumbado. Nuestros padres tenían una casa para siempre, un marido o una esposa para siempre y un trabajo para siempre. Existe un gran dese-quilibrio entre lo que nos habían contado que iba a suceder a nuestra edad y los que nos está sucediendo. Una mujer de 80 años ha pasado toda su vida con su marido. No tuvo varias parejas; nosotros hemos sufrido varios fracasos sentimentales que nos han llevado a esos desequilibrios. Yo no tengo miedo de acabar en un bar sola, pero tengo miedo de que a mucha gente de nuestra generación le ocurra, no por ser corresponsales de guerra, sino porque no hayan sido capaces de encontrar ese equilibrio en la vida.