El misterio de Carey Mulligan

  • Tras una carrera jalonada por personajes secundarios, pero inolvidables, y una nominación al Oscar por “An education”, la actriz británica se enfrenta al papel más difícil de su vida: el de Daisy Buchanan en “El gran Gatsby”, una princesa de hiel en la era del jazz.

Nuestra cita es en una suite del Claridge’s, uno de los más emblemáticos hoteles de Londres. El decorado de la entrevista, en un recargado art decó, es perfecto para evocar la América de los dorados años 20 que antecedieron al crack económico. Es decir, a aquellos templos de superficialidad y exhibicionismo, donde el culto a la belleza y al dinero eran el sacrosanto motor de la vida. Sonriendo desde un sofá barroco, como elemento menos sofisticado y a la vez más luminoso del conjunto, se encuentra Carey Mulligan, la joven actriz británica cuya personalidad es diatralmente opuesta a la de su personaje.

Poco queda en su cara lavada de la endiosada máscara de Daisy Buchanan, el esquivo amor de “El gran Gatsby” (en cines, desde el 17 de mayo). Para hacerse con el papel, dicen que tuvo que desbancar a Blake Lively, Natalie Portman y Michelle Williams. ¿Con qué armas? Una frivolidad hiperfemenina e indolente, que no tiene nada que ver con los personajes masculinos que solía interpretar de adolescente en su internado de señoritas (donde los hombres, es obvio, escaseaban).

A sus 27 años, ya ha conseguido una nominación al Oscar a la mejor actriz por “An education” y tiene una trayectoria de éxito en teatro, televisión y cine, que incluye personajes inolvidables como la cantante de “Shame” y la triste Kathy de “Nunca me abandones”. Pero, para muchos de sus fans, Carey Mulligan pasará a la historia, sobre todo, como la protagonista del calificado por varios rankings como el mejor beso del cine moderno: es decir, el de la escena del ascensor de “Drive”, junto a Ryan Gosling.

La actriz lleva ocho años encadenando un trabajo con otro y solo se ha permitido pisar el freno últimamente para casarse con una estrella del rock [el cantante del grupo Mumford and Sons, los grandes triunfadores de los últimos Grammy]. Aunque para ella no es más que su amigo de la infancia, con el que se reencontró a través de Tobey Maguire, su compañero de reparto en “El gran Gatsby”.

Mujer hoy. En el retrato dibujado por Francis Scott Fitzgerald, Daisy, su personaje, es el paradigma del esplendor físico, pero también del vacío moral de un país, de una era... ¿y de una profesión?
Carey Mulligan. En cierto grado se asocia ser actriz automáticamente con ser bella, cuidar obsesivamente tus uñas, ir al gimnasio siete días por semana... Y sí, gran parte del oficio de actriz es muy visual. Paradójicamente, luego se premian interpretaciones en las que el aspecto no importa lo más mínimo, pero ese culto a la apariencia existe en Los Ángeles. No puedes trabajar allí y no ser consciente de él.

P. Para convertirse en la atormentada y vulnerable Sissy de “Shame”, uno de los grandes éxitos del pasado año, reconoció haber tenido que superar dos grandes miedos: mostrar su cuerpo desnudo y cantar en directo. ¿Cuál ha sido el mayor desafío al que se ha enfrentado para ser la Daisy de “El gran Gatsby”?
R. Supongo que, de nuevo, todo lo referente a su aspecto. Nunca había interpretado a un personaje que fuera admirado por su belleza. Sentirme cómoda con su forma de vestir, el maquillaje... Daisy es la hija del rey, la princesa, atrae todas las miradas y lo sabe. Hacer creíble en mí a una mujer así fue, sin duda, un gran reto.

P. Suena muy humilde pero, después de hacer adaptaciones literarias de prestigio, ciencia-ficción de culto, Chejov en Broadway, joyas del nuevo cine independiente y, ahora, una superproducción en 3D. ¿De verdad sigue considerándose una recién llegada?
R. Claro, pero es que solo llevo en esta profesión ocho años... Sí es cierto que he llegado a un punto en el que me siento cómoda al pisar un escenario, pero en el mundo del cine me queda muchísimo por aprender, mil cosas por mejorar. Y es así es como lo prefiero. Si hacer películas me resultase fácil, la motivación decaería. Lo que me cuesta y lo que deseo han ido siempre de la mano.

Prueba de este afán es la anécdota de cómo consiguió su primer papel cuando, encendida por la charla que dio en su colegio el guionista Julian Fellowes –creador de la conocida y premiada serie “Downton Abbey”, y todavía amigo personal de la actriz–, llegó a rozar el acoso telefónico hasta conseguir un casting. De esa primera oportunidad salió convertida en la Kitty Bennet de “Orgullo y prejuicio”.

P. ¿Todavía siente esa ansia? ¿Qué tipo de papeles se la despiertan?

R. Sí, sí, desde luego que la siento... No he rodado nada nuevo desde la película de los hermanos Coen [“Inside Llewyn Davis” que, como “El gran Gatsby”, podrá verse por primera vez este mes en el festival de Cannes], pero si llegase a mí un guión como los de Jacques Audiard o Pedro Almodóvar, o alguien así, estaría dispuesta a trabajar con ellos, a cualquier nivel. Solo tengo un par de escenas, pero la oportunidad de rodar con los Coen fue un incentivo más que suficiente para desear el papel. Esas son las películas que acaban pasando a la historia.

P. Volviendo a “El gran Gatsby”, ¿cómo fue la experiencia de rodar durante tantos meses en Australia?
R. Sinceramente, con mi familia en Londres y tantos amigos en América, irme hasta el rincón opuesto del mundo me suscitaba más inquietud que ilusión. Pero Baz [Luhrmann, el director] hizo de nuestro tiempo allí una experiencia encantadora. Tanto él como Catherine [Martin, ganadora de un Oscar por el vestuario de “Moulin Rouge” y esposa del director] fueron los perfectos anfitriones.

P. ¿Y qué me dice de estos tours promocionales? Me sorprendió oírla describirlos como una “realidad paralela, extraña y excitante”. Muchos actores los odian y declaran abiertamente que son una imposición. ¿Le gusta viajar por el mundo dando entrevistas?

R. En cierta forma, son algo nuevo para mí. He presentado películas en festivales, pero hasta para promocionar algo tan grande como “Wall Street 2” solo di una “première” en Nueva York. Además, suelo poder viajar con mis mejores amigos, y eso es muy divertido. Llegamos al hotel, nos dan una habitación bonita y con una ducha gigante... ¿Cómo no me van a gustar hacer estas cosas? Es muchísimo mejor esto que pasarse el día ordenando cajas en un supermercado, te lo aseguro. Sobre todo en estos tiempos. [Y lo dice, a pesar de que fue criada en hoteles de lujo, ya que su padre era propietario de una cadena en Europa].

P. Volvamos a la ficción. Una de las últimas recreaciones de Scott y Zelda Fitzgerald en el cine ha venido de la mano de Woody Allen, en la deliciosa “Midnight in Paris”.

R. Sí, la vi... Zelda es un gran papel.

P. ¿Es capaz de imaginarse que ese mismo coche de caballos [que funciona como una máquina del tiempo] la citase esta noche aquí, en Bond Street, y pudiera elegir viajar con él a la década pasada que quisiera? ¿Qué momento de la historia elegiría?

R. Mmmm, es una pregunta interesante...

P. Por una noche, venga, no hace falta que se quede...
R. [Risas] Solo una noche, ¿no? ¿Dónde iría? Pues creo que no saldría de esta ciudad y conocería los “Swinging sixties” de Londres. Sé que no iría a los años 20, solo pensarlo me agota... Puedo salir “a tope” una noche pero el ritmo de esa gente, y con esas tremendas borracheras de dos semanas...

P. ¿De verdad? Pues físicamente sí es fácil situarla en esa época. Intuyo que no es de las actrices que se buscan en Google, pero si lo hace vería que no solo YouTube, sino también algunos periódicos, tiene tutoriales sobre cómo conseguir su look, ese habitual corte bob, muy años 20. ¿No es ese su estilo?

R. Mi estilo, ¿qué estilo? Honestamente, mi única conciencia de moda es no llevar nunca nada por encima de la rodilla ni ropa ceñida. No me importa enseñar los brazos en la alfombra roja, pero ya. Cualquier otro estilo es casual. Sí considero la moda un arte y respeto a los diseñadores, pero no puedo decirte nada sobre mi propio estilo porque es un mundo completemente ajeno a mí.

P. ¿Cómo se sintió en la ceremonia de los Oscars cuando la nominaron por “An Education” en 2009?
R. ¡Me lo pasé genial! Fui con mi padre, mi madre y mi hermano y, cuando llegamos, todo el mundo sabía ya quién iba a ganar [Sandra Bullock]. Fue un poco como este año con Daniel Day Lewis. La verdad es que ni siquiera preparé un discurso...

P. Jennifer Lawrence acaba de ganar un Oscar con la misma edad que usted tenía entonces. ¿Por qué no?
R. No, ese año era realmente imposible. Pero fue divertidísimo, no sentí ningún tipo de presión, y además pude beber mucho champán y sentarme al lado de Kate Winslet... ¿Qué más se puede perdir? Por cierto, ¿crees que podrías conseguirme una prueba con Almodóvar? Si le ves, dile que me encantaría trabajar con él. 

El estreno del año

En una perfecta simbiosis de lujo, glamour y decadencia, “El gran Gatsby” de Baz Luhrmann y Leonardo Di Caprio inaugurará el próximo 15 de mayo el festival de Cannes, ciudad de por sí absolutamente gatsbiana, pletórica de exhibicionismo, champán y belleza trascendental.

La considerada por muchos gran novela americana del siglo XX tiene, con esta, su quinta adaptación al cine. Aunque, según muchos de sus fans, hasta ahora ninguna haya conseguido trasladar el poso de melancolía y profundidad que han hecho del personaje de Scott Fitzgerald un auténtico mito.

Muchos recordarán, eso sí, la visualmente impecable adaptación con Robert Redford y Mia Farrow, producida por el también muy gatsbiano Robert Evans
(su nombre está detrás de las grandes películas de la década de los 70, ¡y de las mejores fiestas!). Luhrmann, director con debilidad por la reinvención fastuosa y megalómana de clásicos (de “Romeo y Julieta” a “Moulin Rouge”), es el encargado de trasladar esta historia de amor obsesivo, grandes sueños y mayores decepciones hasta las pantallas del siglo XXI.

Y esta vez con música rock, hip hop y en 3D. “La historia de Gatsby es también la del sueño americano –apunta, con admiración y un cultivado acento británico la nueva Daisy de Luhrmann, Carey Mulligan–, de la belleza trágica con la que esos logros se diluyen, de la resaca del exceso y el falso esplendor”. Es, sin duda, una historia icónica y atemporal y que, con el trasfondo de nuestro propio “crack del 29”, quizá recupere en esta nueva y ambiciosa interpretación parte del brillo artístico con que la pulió el misterioso genio del escritor Scott Fitzgerald, inspirado siempre por su atormentada esposa Zelda.