En las grandes tecnológicas, son una minoría. ¿Por la reducción a la mitad de las estudiantes de informática desde 1985? ¿Porque ganan menos de la mitad que los hombres?¿O por sexismo?

En la sede de YouTube, cerca del aeropuerto de San Francisco (EE.UU.), me recibe un joven recepcionista que parece un modelo de Ralph Lauren. Su 'mountain-bike' está aparcada detrás de él y jóvenes entre 20 y 30 años van de un lado a otro, vestidos con chanclas y forros polares, con un ordenador MacBook Air en la mano. En el piso de arriba, he quedado con la consejera delegada de YouTube, Susan Wojcicki, que lleva en el puesto solo unas semanas y aún tiene el despacho lleno de cajas.

Wojcicki tiene 45 años y pertenece a la dinastía Google. En 1998, su garaje se convirtió en la primera sede; fue la empleada número 16 del macro-buscador y la primera mujer contratada en la compañía. De hecho, el multimillonario que fundó la compañía, Sergey Brin, es su cuñado y ella fue quien gestionó la compra de YouTube en 2006, por 165.000 millones de dólares. Labró su reputación supervisando el negocio de publicidad, que supone prácticamente todos los beneficios de Google. Está en el número 12 de la lista Forbes de las mujeres más poderosas del planeta. Y además tiene una granja de cuatro hectáreas en Los Altos (California), donde ella y su marido cultivan una huerta y elaboran su propia miel.

Susan Wojcicki creció acostumbrada a la idea de ser “la única mujer de la reunión”. Hoy, sin embargo, acepta cada vez peor esa situación de “club solo para hombres” de Silicon Valley, el centro neurológico de las grandes empresas tecnológicas. Y dice que la innovación se está estancando porque los visionarios tecnológicos solo se están preocupando de problemas que conciernen a hombres blancos y ricos. “Nuestros productos están obviando otros puntos de vista. Si esta tendencia sigue, perderemos la oportunidad de que las mujeres den forma almundo que las rodea”, añade.

Algunas poderosas ejecutivas como Sheryl Sandberg, directora de operaciones de Facebook, o Marissa Mayer, consejera delegada de Yahoo, aparecen en los titulares, pero son una excepción. Silicon Valley es una meritocracia, pero los datos dicen que este exuberante rincón de California sigue siendo, en realidad, un mundo de hombres. 

En San Francisco, los profesionales solteros superan de tal manera a las mujeres que una web de citas puso en marcha un plan para “importar” chicas desde Nueva York. De hecho, el sexismo ha arruinado algunos productos: los primeros sistemas de reconocimiento de voz no eran capaces de entender las voces femeninas. Los ingenieros eran casi todos hombres y se habían olvidado de incluir a mujeres en sus tests de control.

Candidatas... o posibles aventuras

Otras historias son aún más inquietantes. El año pasado, Sandberg recordó una conversación con dos ejecutivos. Uno dijo que le encantaría contratar a más mujeres jóvenes, pero que no había suficientes candidatas cualificadas, una queja bastante común. El otro afirmó que él también contrataría a más mujeres, pero que su esposa temía que se acostara con ellas. Y luego confesó que probablemente lo haría.

En medio de este panorama, Ruchi Sanghvi es una “rara avis”: una estrella femenina de la tecnología. Tiene 32 años y es británica, pero creció en Pune, una ciudad industrial de La India, un país, según explica, donde las clases medias son mucho más proclives a que las chicas estudien ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas que en Occidente. Su padre era un empresario hecho a sí mismo en el negocio de la maquinaria pesada. Desde niña, Sanghvi quería seguir sus pasos.

Llegó a Estados Unidos para estudiar y se licenció en Informática. Pasó por Wall Street, pero solo había un lugar que casara con sus aspiraciones: Silicon Valley. En 2005, solicitó un puesto en una start-up que pedía programadores en un cartel colocado en el pasillo donde estaba su oficina, un humilde despacho encima de un restaurante chino. La compañía se llamaba Facebook. En aquella época solo tenía un equipo de 30 personas. Ella fue la primera mujer contratada como ingeniera.

Sanghvi habla con pasión de su paso por la empresa que luego se convertiría en la mayor red social del mundo. “Cuando te ofrecen un puesto a bordo de un misil, no preguntas qué sitio van a darte, simplementete sientas a bordo”. Pero aquel viaje, aunque fascinante, no siempre fue sencillo. Sanghvi estaba acostumbrada a ser “la chica”, pero la atmósfera dentro de Facebook –creada por un equipo de “hackers” en un dormitorio estudiantil de Harvard un año antes– es la historia de alguien que casi tuvo que cambiar de carácter para sobrevivir.

Sanghvi cuenta que se ganó “la reputación de ser extremadamente agresiva. No me gustaba, pero lo aceptaba… ”. En resumen, adoptó la forma de actuar y de expresarse típicas de Facebook. De hecho, uno de los aforismos favoritos de su fundador, Mark Zuckerberg, es “muévete rápido y rompe las normas”. Un lema que expresa de qué manera el capitalismo tecnológico se ha convertido en una lucha por la vida, en un proceso de selección natural. La endogamia es la norma y la actitud en el día a día, agresiva. Una cultura que repele a muchas mujeres, según muestran numerosos estudios.

“Mi actitud era la misma que la de cualquiera a mi alrededor –dice Sanghvi–. Pero no estaban acostumbrados a que una mujer adoptara su misma actitud”. Es un pez que se muerde la cola: para tener éxito aquí, las mujeres deben ser asertivas, lo que pone incómodos a sus colegas masculinos. Agotador.

Saltar a bordo o largarse

Cuando Hillary Clinton visitó Silicon Valley, describió la paradójica situación a la que debían enfrentarse las mujeres en los mismos términos: “Saltas a bordo, porque la gente dice que saltes, pero si te implicas demasiado, te dicen: lárgate”. “YC” es un vivero de empresas fundado por Paul Graham, un emprendedor de origen británico que, tras ganar millones de dólares con la venta de su compañía a Yahoo, se convirtió en uno de los gurús más influyentes de Silicon Valley.

Dos veces al año, selecciona candidatos entre miles de solicitudes para formar una especie de ejército de jóvenes emprendedores. Les enseña a construir un negocio tecnológico y cada compañía que acepta en su programa obtiene 100.000 dólares y mentorización. Entre sus resultados, incluyen empresas como Dropbox, un servicio de almacenaje en la nube valorado en 10.000 millones de dólares.

Graham tiene 48 años lleva bermudas y sandalias. Irradia entusiasmo, pero hay una pregunta que le provoca una total apatía: ¿por qué hay tan pocas mujeres en YC? Cuando le visité, solo el 7% de los apadrinados por su empresa eran mujeres, pero él me dijo que la proporción está en línea con el número de las que solicitan una plaza. Además, los hombres son minoría en las escuelas de moda, murmuró de pasada. Otros miembros de YC sugieren que las mujeres tienen menos inclinación a correr riesgos que los hombres (la recompensa puede ser inmensa ,pero el destino más probable de una 'start-up' es el fracaso).

Una joven emprendedora apunta que a las mujeres les da pereza adoptar el caótico estilo de vida que conlleva la creación de una empresa de tecnología: trabajar y dormir en el mismo apartamento, comer siempre comida recalentada, ganar una miseria, ver poco la luz del sol. Ciertamente, se necesita una disciplina maniaca para querer ser un emprendedor tecnológico. Pero, en última instancia, la respuesta de Graham es: “Que haya o no mujeres no me interesa”.

Las mujeres presentan una tasa de abandono que duplica la de los hombres. La falta de promociones, las largas horas de trabajo y la cultura machista son las razones más esgrimidas.Por si fuera poco, las mujeres ganan, de media, casi la mitad que ellos: 49 céntimos por cada dólar.

Informática desde la escuela

Pero las poderosas siguen diciendo que el sector ofrece oportunidades incomparables. ¿Cómo convencerlas? Sanghvi quiere que haya más chicas a las que se les den juguetes con los que “montar y romper cosas” y dice que a las chicas se las debería estimular para aplicar la ciencia y las matemáticas al mundo real.

Leila Janah, CEO de Samasource, está entre las que abogan por reformas radicales. La meritocracia de Silicon Valley es un mito, dice. Serían útiles leyes que forzaran a las empresasa admitir a mujeres en sus consejos de administración, pero hay pocas posibilidadesde que los directivos estuvierande acuerdo. Wojcicki vislumbra una solución adicional: el desafío es que la informática sea obligatoria para las chicas en las escuelas. Esto eliminaría los prejuicios y crearía grupos de iguales que aumentarían la asertividad femenina en este campo. Los modelos y los mentores son cruciales también, afirma.

Me despido de Wojcicki. Fuera, un grupo de trabajadores de YouTube se dirige a un areunión. No todo el mundo ha llegado, pero todos los que lo han hecho son hombres.