Isabel Zapardiez es una de esas personas a las que la profesión les viene de cuna. Desde pequeña, los hilos y las agujas han estado en su vida y cuando aún no sabía casi ni andar ya veía cómo su abuela, modista, creaba vestidos de la nada. Por eso, no es de extrañar que con tan sólo 11 años esta vasca comenzara a estudiar corte y confección. A diferencia de otros muchos colegas de profesión, “yo sí que sé coser. Lo que pasa es que tengo oficialas en mi equipo que lo hacen mucho mejor que yo”.

El nombre de esta diseñadora de moda nupcial cada vez suena más tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. De hecho, en unos días presentará su colección de Novias 2010 en el World Bridal Show de Londres. Sin embargo, si algo apasiona a la donostiarra son sus dos hijos, con quienes “consigo comer casi todos los días” pues, admite, “en mi vida todo está a diez minutos: mi casa, el taller, el cole, el parque…

La moda es una profesión “full time” que, si la dejamos, puede ocupar 26 horas al día de una persona. Sin embargo, Isabel decidió “dar un giro a mi carrera y volver a los orígenes, al taller, al contacto directo con el producto y con la clienta” por un motivo muy claro: “tenía claro que quería ser madre antes de los 30. Si te paras a pensarlo, la maternidad nunca te viene bien del todo, pero los hijos te obligan a parar y a establecer prioridades en la vida”.

Cuando hablamos de los malabares que tiene que hacer para poder compaginar su faceta de madre con la de diseñadora de éxito, Isabel bromea: “la baja por maternidad para una trabajadora autónoma como yo simplemente no existe. La moda no es una jornada laboral, es una forma de vida. Y es cierto que tienes flexibilidad, pero la que de verdad es madre de mis hijos es mi madre, yo soy sólo una figurante”.

Sin embargo, asegura la diseñadora vasca, “solemos comer todos juntos la mayor parte de los días, pues eso les da a los niños una calidad de vida tremenda. Incluso cuando estoy en plena preparación de la colección, intento estar para comer, para leerles un cuento antes de dormir…” “Hay que organizarse para que haya sitio para todo y todos, prosigue, aunque eso me obligue a madrugar muchísimo durante temporadas, o volver al taller por las noches, cuando dejo a los niños en la cama”.

De la maternidad, dice, “he aprendido unos valores diferentes, aprecio cosas que antes me pasaban por alto y no puedo evitar pensar: ‘si mi madre me quiere a mí la mitad que yo a mis hijos, ¡jo, cómo me quiere!’”.

Igual que Isabel “mamó” la moda desde pequeña, sus hijos también “hacen ya sus pinitos, pues están conmigo en el taller desde que nacieron y cuando ven una novia por la calle o en un parque, corren a colocarle la cola”.

Y también le sirven de musas: “ellos siempre están presentes en mis colecciones, cada momento es una inspiración.” Pues Isabel participa en todas y cada una de las etapas de sus creaciones, desde la entrevista con la clienta hasta la última prueba y los retoques finales, porque, asegura, “cada vestido es una clienta, tiene una historia detrás, y mis colecciones, que no son más que propuestas, se basan en eso, en el poso que cada persona va dejándote en la vida”.

Por último, de su trato directo con sus clientas podría contar mil y una historias, pero se queda con una que le pasó hace no mucho: “vino una chica a mi taller y tras la entrevista le hice un primer boceto de lo que podría ser su traje, según la había visto y había podido conocerla, entrecomillas, en esos minutos. Cuando se lo presenté, se rió y, casi con vergüenza, me enseñó un dibujo suyo de cómo quería su vestido. Era igual que lo que yo le había propuesto. Por anécdotas como ésta, Isabel asegura que “es fundamental conocer a la novia, pues el triunfo final de mi trabajo es que el vestido que luzca en la boda sea “su” vestido.