El Parlamento británico se convirtió en un verdadero ring de boxeo a comienzos de este mes. Las contendientes eran dos miembros del Partido Laborista y la polémica no tenía nada que ver con la entrada de Gordon Brown en el número de 10 de Downing Street, sino con el precio de un bolso. En el rincón izquierdo estaba la ministra de Justicia, Harriet Harman; en el otro rincón izquierdo, Hazel Blears, presidenta del partido.

El Parlamento británico se convirtió en un verdadero ring de boxeo a comienzos de este mes. Las contendientes eran dos miembros del Partido Laborista y la polémica no tenía nada que ver con la entrada de Gordon Brown en el número de 10 de Downing Street, sino con el precio de un bolso. En el rincón izquierdo estaba la ministra de Justicia, Harriet Harman; en el otro rincón izquierdo, Hazel Blears, presidenta del partido.

Primer round: Harman discute sobre la desigualdad y la preocupación de los laboristas por reducir la distancia entre ricos y pobres, y declara: “Me parece injusto que algunos se gasten 10.000 libras (14.700 €) en un bolso mientras hay familias que llegan con dificultades a fin de mes”. Segundo round: la combativa Hazel Blears, dándose por aludida, responde: “No concierne en absoluto al Gobierno o a un partido el decirnos cómo podemos gastar el dinero que hemos ganado con el sudor de nuestra frente”. Todo el parlamento quedó K.O. Blears confirmó que su bolso de Orla Kiely le había costado 370 €. Es posible que hiciera la compra en periodo de rebajas, porque los bolsos de piel de ésta diseñadora son bastante más caros. Por otro lado, Harman declaró que no se había gastado nunca más de 70 € en un artículo de este tipo.

Hagamos examen de conciencia ante esta polémica, que ha ocupado las portadas de algunos de los más prestigiosos diarios británicos. Ellos la han bautizado como la “handbags war” (“guerra de los bolsos”). El planteamiento es el siguiente: si una celebrity lleva un bolso de chinchilla con remates de piel exótica y recubierto de diamantes, nadie dice nada a no ser que, como en el caso de Cameron Diaz, su elección sea realmente desafortunada (la actriz tuvo que pedir disculpas públicas en su reciente visita a Perú por llevar una bandolera con el eslogan maoísta “servir al pueblo”, lo cual molestó a los afectados por el grupo terrorista Sendero Luminoso, que profesa esta filosofía).

Sin embargo, parece que los bolsos en particular, y la indumentaria en general, de las políticas puede ser considerada una cuestión de Estado. Durante la pasada campaña electoral francesa se emplearon ríos de tinta para analizar al detalle el impecable y cuidado estilo de la candidata Ségolène Royal, pero no se escribió ni una sola línea sobre las corbatas de seda de Sarkozy, ni se especuló en los medios acerca de si sus maletines de piel eran de Loewe o sus zapatos estaban confeccionados con auténtico cocodrilo. Queda claro que las “celebrities” sólo tienen que responder de las compras de sus bolsos a sus tarjetas de crédito (y ante algún Gobierno) mientras que las políticas deben hacerlo también frente a su electorado.

La diputada socialista Carmen Alborch, que todavía recuerda los murmullos y silbidos que se escucharon el día que entró por primera vez en el Congreso de los Diputados, hace oídos sordos a ésta y otras muchas polémicas: “Los centímetros de mi falda no tienen nada que ver con mi capacidad de trabajo, eso lo defiendo desde los 18 años. ¿Por qué tenemos que renunciar a eso también?”. ¿Y a un buen bolso? ¿Es justo que el precio de un bolso se convierta en una auténtica cuestión de Estado?
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