Brooke Shields, inocencia interrumpida

  • Fue la náufraga de “El lago azul” y carne de burdel en 'La pequeña'. Amiga fiel de Michael Jackson y musa de Valentino y de Calvin Klein. en los 80, Fue la novia de América y todos la amaron.

Brooke Shields fue el rostro de los 80. Era el momento de morir con las hombreras puestas, de subirse el talle hasta lo más alto y emborrachar las mejillas de blush y los labios de rouge. Nunca estuvieron el pelo más cardado ni las cejas más pobladas, ni hubo un destino mejor para el baño de oro y la tachuela. Todo fue prolífico. Como ella, que saludó estos 80 desde la portada del Vogue América, haciendo bandera de una década prodigiosa que no atendió a razones. Demasiado de todo. Un rostro bello, excesivo hasta el paroxismo, dos veces bis.

A nadie le extrañó cuando Brooke apareció del brazo de Michael Jackson, rendidos los dos al diseño y como recién salidos de la sastrería fantasiosa de Lewis Carroll.
La versión más pop del rey y su princesa. Futura reina de corazones, Brooke Shields contaba 13 años con sus dedos cuando le conoció. Acababa de ponerse a las órdenes de Louis Malle en la polémica película “Pretty baby” (“La pequeña”), de 1978, que la situaba en el corazón de un prostíbulo y la hacía saltar a la arena de los bajos fondos en el papel de Violet.

Pero Brooke aún no había hecho temblar la gran pantalla con aquella película descaradamente naïf que fue “El lago azul” (1980), donde enseñaba al mundo no solo su turbadora desnudez de robinsona en el umbral de la virginidad, sino la certeza de que la adolescencia es un paraíso que también se pierde. Ni había sido la insinuante embajadora de Calvin Klein en 1981 con aquel combativo: “Want to know what gets between me and my Calvins? Nothing” (“¿Quieres saber qué hay entre mis vaqueros Calvin y yo? Nada”).

Cuando se cruzó con Jackson, la Shields no era aún la chica del millón de dólares (que es la cantidad que se embolsaría más tarde por una campaña con Wella Balsam), ni la del caché que le asignaría la revista Time: 10.000 dólares al día
. No coleccionaba todavía las 300 portadas de revistas internacionales (10 en Vogue América, entre 1980 y 1987, y otras tantas en Cosmopolitan, haciendo las delicias del propio Valentino) que llegaría a protagonizar. Sin embargo, sí había sido el bebé del spot de los jabones Ivory, de la multinacional Procter & Gamble, al otro lado del objetivo de Francesco Scavullo, el fotógrafo de las estrellas.

También había sido la niña de la tv movie “After the fall” (1974) que ayudó a Arthur Miller a contar su vida junto a Marilyn Monroe; el rostro de Colgate según el recreador del american fashion Richard Avedon y el de “Helene”, la púber protagonista de la novela de John Bowers (1976). Lolita incandescente, posó a los 10 años para otro de los grandes, Garry Gross, desnuda en el baño y cubierta de aceite, en unas fotos que terminaron en los tribunales y que pagó con lágrimas y dolor. Y fue el fichaje irrenunciable de la agencia de modelos de Eileen Ford en 1976, el año que rodó la película de terror “Alice sweet Alice”. La mirabas y veías la candidez prerrafaelita del pintor londinense Dante Gabriel Rossetti, encarnando a la virgen de algún cielo mundano, con corona de flores y manzanas, entre vestidos que hoy habrían hecho las delicias del bohemian más chic. Iba ya camino de convertirse en la novia de América y parecer la mujer de un senador de los Estados Unidos sin serlo.

Todo en su vida apuntaba, desde el principio, a completar el rompecabezas de la perfecta “american girl” a la que cantaban Tom Petty & The Heartbreakers: fue animadora en sus años en la Dwight Englewood High School de Nueva Jersey y laureada en la Universidad de Princeton, donde estudió literatura francesa primero e italiana después. Eran esos tiempos en los que “tenía una gran melena, usaba Reebok blancas y vaqueros lavados”, recordó recientemente. Solo ella podía felicitar la Navidad a los americanos como lo hizo en la portada de Playboy en 1986, con una bola de árbol navideño colgando de su oreja.

Todo lo orquestó su madre, Theresia Anna Schmonn, conocida como Teri,
actriz, modelo y productora de cine, que la exhibió sin escrúpulo (y con avaricia) en todos los escaparates y dejó al padre al margen. Así que empezó no pronto sino antes. Eso la unió más que nada a Michael Jackson: “Ambos comprendíamos lo que era estar en el ojo público desde muy jóvenes. Bromeaba con él diciendo que yo había comenzado cuando tenía 11 meses y él cuando ya era viejo. ¡Tenía cinco años! Ambos tuvimos que ser adultos desde muy temprana edad, pero cuando estábamos juntos éramos dos niños que se divertían”.

Lo contó en el memorial de despedida del cantante en 2009, para muchos su mejor papel, después de acumular premios Razzie a la peor actriz. Por la fallida “Amor sin fin” (1981), en la que Zefirelli sacó fugazmente a escena a un debutante Tom Cruise; por “Aventuras en el Sahara” (1983), en la que salía con bigote. Sí, Brooke Shields con bigote, pero vestida por Valentino Garavani. Él la institucionalizó su musa fugaz en la primera mitad de los 80, años en los que apareció vestida por el maestro italiano en la mayoría de sus portadas y apariciones. El rojo Valentino siempre le fue de maravilla a su melena castaña y a sus ojos azules, intensificados por unas tupidas pestañas oscuras y unas aún más sobresalientes cejas pobladas.

Su carrera cinematográfica es larga, pero estrecha, como algunos menús de la última y obcecada gastronomía: una sucesión de minucias sin plato que recordar: “Coraje para amar”, “Atracción imposible”... No, Brooke no pasará a la historia del cine. Y quién sabe si a la de la televisión, que le debe “De repente, Susan”, de la que fue flamante productora y algunas apariciones estelares en “Hannah Montana”.

Lo que no puede negarse es que ha sabido sumar y multiplicarse. Siempre está ahí. Se codeó con los teleñecos con 15 años, entregó el Oscar a la mejor actriz de reparto con 16, animó un especial de televisión junto a Bob Hope y la cantante de country Barbara Mandrell con 22, e hizo un cameo en “Friends” a los 31.
Un año después fue elegida la mujer más admirada por los lectores en los People’s Choice Awards y, con 37, se llevó el premio Golden Gate de la Asociación por la defensa de los Gays y Lesbianas (GLAAD), por su intervención en películas como “Corazón al descubierto”.

¿Quién podía dar más? Aún le quedó tiempo para preguntar “Got milk?” con la boca llena de leche porque lo quiso un anuncio publicitario; para frecuentar a Alberto de Mónaco, John Fitzgerald Kennedy Jr y Dodi Alfayed, con los consiguientes revuelos mediáticos; para dejarse ver con el actor irlandés Liam Neeson y el cantante de soft rock Michael Bolton; para desposarse y descasarse con el tenista Andre Agassi; para ser la Morticia de “La familia Addams” en las bendecidas tablas de Broadway en 2011, y para escribir varios libros: “On my own”, sus memorias de 16 años, “The Brooke book”, su diario-collage, y el más reciente “Down came the rain”, sus confesiones acerca de la depresión posparto que padeció. A estos hay que sumar los álbumes infantiles “Welcome to your world, baby” (2008) y “It’s the best day ever, dad” (2009), si se quiere que cuadren las cuentas de escritora con familia feliz.

En en año 2000, Brooke Shields se casó con el guionista Christopher Thomas Henchy y un año después nació su primera hija, Rowan Francis. En 2006, llegó la segunda, Grier Hammond.
Ella había venido al mundo el 31 de mayo de 1965 en Nueva York, al abrigo de una familia aristocrática emparentada con los primeros colonos de la Virginia del siglo XVI.

Es hija de Francis Alexander Shields, un alto ejecutivo de Revlon, hijo a su vez del tenista Francis Xavier Shields y de la princesa italiana Donna Marina Torlonia di Civitella-Cesi. Por tanto, Brooke es sobrina nieta del príncipe Alessandro Torlonia y de la infanta Beatriz de Borbón, su esposa. Y, claro, prima lejana de nuestro rey
. Esta aristócrata americana también fue portada del disco “Magic is a child”, del grupo de rock Nektar, a los 12 años, y protagonizó una inolvidable fotografía junto a Gene Simmons, líder de los Kiss, a los 14. Toda una pionera, como sus ilustres ancestros.