Los Sardá, la familia que ama a las mujeres

  • Andrés sardá lleva medio siglo vistiendo los interiores más elegantes. Hoy, la firma pionera de la moda íntima sigue en vanguardia, combinando con maestría innovación y diseño. Su hija Nuria, directora creativa de la marca, nos desvela sus secretos.

El baño es un momento íntimo que se convierte en social. Expones a la mirada de los demás un cuerpo que permanece oculto o disimulado bajo la ropa el resto del año y, de golpe, te ves obligada a compartirlo. En ese momento es esencial un subidón de confianza. Y la única herramienta que tienes a mano para conseguirlo es un bañador o un biquini”. Lo dice una experta, Nuria Sardá, tercera generación de una firma familiar, Andrés Sardá, que crea con auténtica devoción moda de baño y lencería desde hace medio siglo.

Encaje, tecnología y un espíritu emprendedor irreductible. De esta sencilla combinación nació la firma rubricada con el nombre de su padre, el gran pionero de la moda íntima en España. En 1962 Andrés era el hijo pequeño de una familia catalana, de larga tradición textil, a quien se le planteó un curioso reto: la empresa se dedicaba a las mantillas con mucho éxito, pero en 1959 el Concilio Vaticano II decidió que no era obligatorio ir a misa con la cabeza cubierta. “Fue la supercrisis del negocio –explica Nuria Sardá, actual directora creativa de la marca–. Ya nadie necesitaba mantillas. Se preguntaron qué podían hacer con todos aquellos encajes y aquel 'know how', y mi padre, que amaba a las mujeres, les dio la respuesta: dedicarlo a hacer lencería”. Pero la idea de moda íntima que barajaba Andrés Sardá a principios de los 60 no tenía nada que ver con la realidad de la mujer española. “España estaba totalmente cerrada a la importación, tanto de materias primas como de producto acabado, y la ropa interior que se podía comprar aquí era casi de ortopedia”.

Sardá, ingeniero textil, quería vestir el interior de esos cuerpos con el mismo estilo, elegancia y detalle con los que se adornaba el exterior, y buscó el mejor encaje posible, el que se hacía en Calais para la alta costura de París. También quería vestirlo de modernidad y buenas sensaciones. “La ropa interior de hace 50 años se basaba en constreñir. Mi padre estaba obsesionado con hallar la forma de liberar los movimientos sin perder sujeción en las formas”, explica Nuria. Encontró lo que buscaba en Nueva York. “Había oído que Dupont estaba experimentando con nuevas fibras elásticas. Se presentó en la central y les convenció para que le dejaran probarlas en sus diseños.

Removió Roma con Santiago, viajó hasta Ginebra para convencer a la filial europea y, al final, el primer metro de tela de lycra que salió de las fábricas de Dupont fue para él. Y aunque cuando llegó ya había terminado la colección de ese año, lo tiró todo y empezó otra vez con el nuevo material”, relata Nuria. La moraleja de esa historia es agridulce: la colección fue un rotundo fracaso. “Como muchos pioneros, mi padre se había adelantado a su tiempo y a las necesidades del mercado. Las mujeres no estaban acostumbradas a sentirse libres y necesitaron unos cuantos años para entender el significado de la lycra en su vida”, concluye.

Nuria Sardá empezó a tomar el relevo hace 20 años. Su sabiduría sobre ropa interior y su relación con la evolución social de las mujeres no tiene límite. Recibe a Mujer hoy en el taller del barrio de Gracia barcelonés, un espacio inundado de luz donde un equipo de 55 personas crea cada año dos colecciones de lencería (divididas en seis series) y una de baño. Casi el 70% de su producción se exporta fuera de España. “Es así desde el principio. Mi padre se adelantó en muchas cosas, pero la más importante es que quiso ser internacional desde el primer momento. Incluso llamó a su empresa Eurocorset, cuando nadie se planteaba la importancia de Europa”.

En 2008 entró a formar parte del grupo belga Van de Velde, una empresa familiar de cuarta generación centrada, como los Sardá, en el universo de la ropa interior, pero que cotiza en la Bolsa de Bruselas. “Nos decidimos a “casarnos”, porque fue como un matrimonio, porque vimos que las familias eran muy similares, aunque su volumen es mucho mayor. Ellos han traído su forma de organizar empresarialmente las firmas, su conocimiento sobre tallaje, y nosotros aportamos diseño y experiencia en los mercados en los que llevamos tantos años”. Porque la lencería preciosista de Andrés Sardá cuelga desde mucho antes en las tiendas más lujosas del mundo, de Lane Bryan en Hong Kong a Bergdorf Goodman en Nueva York.

Mujer hoy. ¿Cómo fue crecer rodeada de bañadores y biquinis?
Nuria Sardá. No vivimos realmente la empresa cuando éramos niños. Mi padre separaba el trabajo de la familia. Sí sabíamos lo que hacía y algún día veníamos a que nos lo enseñara. Él siempre ha hecho muchas cosas. Le encanta la cocina, viajar, esquiar... Se apasiona con todo y te hace vivir con intensidad sus aficiones. Nunca ha sido un padre ausente, siempre ha estado ahí. Y de la empresa, recuerdo que, cuando llegaba el verano, mi padre aparecía con la maleta llena de bañadores y, como somos muchos, era el día de diversión que daba comienzo a las vacaciones.

P. ¿Cómo era innovar en los años 60?
R. Innovar siempre ha sido una búsqueda, no conformarte con lo que tienes y salir a encontrarte con la colaboración que complete tu trabajo, con la perfección. En aquella época, el mundo iba más despacio. Andrés Sardá hacía una serie de lencería y una colección de baño cada 12 meses y tenían todo ese tiempo para prepararla. El nivel de dedicación era brutal. Se producía todo, se salía a vender con el almacén lleno con el stock y al día siguiente podías servir al cliente. Había unos básicos, una colección que se repetía. Pero mi padre era muy inquieto y siempre daba un paso más. Lo interesante es arriesgarte.

P. Ahora el trabajo es diferente.

R. Sí, es una locura. Trabajamos en las colecciones con dos años de antelación, sabemos si se van a llevar los bañadores de rayas o los biquinis de cortinilla. Pero también hay ayudas tecnológicas que facilitan el proceso, mejores equipos y personal más formado.

P. ¿Y en qué se notan las innovaciones?
R. Hay muchísimas cosas. La lycra sigue siendo uno de los componentes más importantes, pero ha avanzado muchísimo. Y también hay fibras nuevas que permiten que la delicadeza del encaje tenga la elasticidad y resistencia que se requiere hoy. Puedes hacer el mismo dibujo, pero más ligero, más elástico y más duradero.

P. Aunque no nos demos cuenta, ¿los materiales evolucionan?

R. Pero es que sí se nota, y mucho. Sobre todo en baño. Los bañadores son muchísimo más resistentes que hace 10 años. Han avanzado a nivel de fibra, de finura, de resistencia y de contorno. Por ejemplo, las nuevas fibras extralife alargan la vida del bañador, que aguanta mejor el cloro, la agresión del sol, las cremas y la visita semanal al spa. Y luego está la Línea Beauty, que coloca todo en su sitio. Tiene un forro superfino que esculpe la silueta sin que te des cuenta. Cuando te pones el bañador, simplemente encuentras que te sienta mejor.

P. ¿Bañadores que mejoran la silueta? Eso sí es un avance importante.

R. El baño es un momento en el que te sientes expuesto y en el que necesitas un empujón de confianza. A la gente no le importa invertir un poco más en un bañador si le da un extra de seguridad. Con la ropa interior sucede lo mismo.
¿Cómo ha cambiado la mujer y su relación con la lencería en 50 años?
La evolución ha sido brutal. Y lo importante no han sido los avances en tecnología, sino el cambio sociológico. La lencería se ha vuelto masiva y democrática. Hace 20 años, hacíamos lencería de lujo que se distribuía en las mejores tiendas del mundo, pero iba a un segmento de la población pequeño. Solo un 5% tenía esa sensibilidad por vestir igual de bien por dentro que por fuera, por combinar colores y escotes. La mayoría podía comprar un buen sujetador, pero tenían su talla, su modelo, y lo repetían durante años. Sin embargo, las grandes cadenas han sembrado ese gusto por la lencería, han generado las ganas de vestir a la moda también por dentro. Para las mujeres de ahora, la lencería es moda, esa ha sido la mayor transformación.

P. Pero la ropa interior la terminas enseñando, aunque sea en tu vida privada, y con las bragas de abuela de Bridget Jones se pasa un mal rato.
R. Sí, la muestras en momentos trascendentes, como decía mi padre. Pero ni siquiera estoy segura de que antes eso fuera importante. Se pensaba en la funcionalidad: que fuera cómoda, que no marcara, que no se transparentara. Luego, en los 80 y los 90, se empezó a plantear la ropa interior para enseñar: los bodies de encaje se popularizaron para llevar por la noche. Todo eso ha pasado en los últimos 20 años.

P. Y la firma Andrés Sardá, ¿cómo se adaptó a ese gran cambio?

R. Con alegría, porque nuestro público era ese el de las mujeres que valoran y cuidan su estilo. Que las nuevas generaciones crezcan con esta idea es buenísimo. Las jóvenes empiezan comprando en una cadena masiva, porque es lo que pueden permitirse, pero su gusto evoluciona, empiezan a apreciar el diseño y los detalles, y cuando suben de gama de ropa hacen lo mismo con la lencería.

P. ¿Se desarrolla el gusto, como cuando decides invertir en un buen bolso?
R. O como cuando aprendes a comer de todo y vas apreciando más las cosas. A lo mejor no todos los días puedes ir a un buen restaurante, pero cuando puedes, lo aprecias y ves las diferencias.

P. ¿Da la lencería la misma confianza a una mujer que unos tacones?
R. Por supuesto. O que ir a la peluquería, perfumarse o maquillarse. Muchas te dicen que se sienten bien con lo que visten por dentro, aunque solo lo sepan ellas. Sentirse mejor aumenta su autoestima y les da seguridad.

P. Y, ¿cómo ha cambiado la silueta de la mujer en los últimos años?

R. Las de los 90 eran muy atléticas; la siguiente década, muy delgadas. Pero más que la silueta lo que se ha transformado en estos 20 años es el pecho. Para empezar, se ha hecho más grande.

P. ¿Lo dice por el aumento del busto con cirugía?

R. No, en absoluto. Me refiero a que las nuevas generaciones de mujeres tienen senos más abundantes que, además, se desarrollan antes. Espaldas pequeñitas, pero más pecho. Creo que los cirujanos van a tener menos trabajo en los próximos años [Risas].

P. Entonces, ¿en el pecho se ha producido la gran transformación?

R. En 20 años, se ha cambiado su visión absolutamente. A finales de los 80 y principios de los 90, se buscaba un pecho natural. Se recogía, pero sin juntarlo ni subirlo. Se prefería redondeado. Y, de repente, vino la locura Wonderbra. Fue una revolución: había que subirlo y alzarlo a lo grande. Lo quería así todo el mundo, en todas las tallas. Todo era “push up”. Algunos pensaron que sería una moda pasajera, pero se ha convertido en un nuevo básico. Y es que, cuando te haces mayor, el pecho cae, así que ese recoger, unir y subir es como el paraíso.

P. ¿Qué tecnología sorprendente hay tras un sujetador ahora mismo?

R. Todo el mundo tiene claro que cómo vas vestido por dentro influye en cómo te sienta la ropa. Es imprescindible que el sujetador recoloque, que ponga las cosas en su sitio, ni demasiado arriba ni demasiado abajo, ni demasiado en punta ni demasiado aplastado, que quede natural.

P. Supongo que, con un ojo tan entrenado, puede decir si una mujer no lleva puesto un sostén adecuado al mirarla.
R. Es una deformación profesional, vas por la calle y piensas: “Mira, esa lleva la espalda en la nuca, esa lo lleva caído”. La razón es siempre la misma: no llevan la talla correcta. Ahora que pertenecemos al grupo Van de Velde, contamos con su experiencia en tallaje. Han estudiado que más del 80% de las mujeres no lleva la talla correcta, y muchas no saben cuál usan. Hay chicas a las que les hace ilusión llevar una cosa y les da igual cómo les queda. O gente que no lleva la espalda o la copa adecuada.

P. ¿Y cómo ha evolucionado la creatividad en este tiempo?
R. Ahora es morfológica: intentas pensar en todos los tipos de cuerpos al empezar a diseñar, para dar opciones a la mayor cantidad posible de mujeres. Lo bueno es que la moda ya no es tan dictatorial como antes. Ahora todo vale. Cada uno interpreta las tendencias. La gracia está en que seas tú quien cree tu estilo. En ropa interior, vamos ampliando. Si antes había dos sujetadores básicos, ahora tenemos seis.

P. Pero habrá ciertas tendencias que seguir, sobre todo en baño.

R. En los últimos años tiene mucha fuerza el top, no tan estructurado. El biquini triangular sigue triunfando y el bandeau ha ganado fuerza. Si observas el histórico, las diferencias se ven en las braguitas. Cuando yo entré, llegaban casi a la cintura. Eso solo le sentaba bien a Cindy Crawford.

P. Supongo que es más divertido crear cuando tienes más opciones.
R. Lo que más nos satisface es poder vestir al máximo de mujeres.

P. ¿Cómo son esas mujeres?
R. Tienen sensibilidad por la ropa interior, les gusta y la aprecian; administran su dinero y les gusta el diseño, la calidad y la diferencia. Y son independiente mental y económicamente.

P. ¿Acabar de directora creativa fue un paso natural en su carrera?

R. Pues no, pensaba que no trabajaría nunca aquí. De pequeña quería ser veterinaria, pero hice Secretariado de Dirección y, por casualidades de la vida, mi primer trabajo fue con una empresa de encajes. Resultó que uno de nuestros clientes era Eurocorset, la firma de mi familia. Mi padre necesitaba a alguien para abrir mercado fuera y me dijo: “¿No te apetece trabajar para nosotros en París?”. Con 21 años nada me podía apetecer más. Pero el primer día hubo cambio de planes y acabé en Düsseldorf, Alemania. Fue durante la caída del muro de Berlín, una época increíble. Y creamos un mercado importante.

P. Fue como hacer un máster...

R. Totalmente. Despué fui a Francia y luego, como responsable de exportación, viajé a Asia, a Estados Unidos... Esa fue la mejor escuela para diseñar: sabía quiénes éramos nosotros, cómo era el cliente, qué esperaba y empecé a entender las diferencias de gustos entre un sitio y otro. Mi padre me pidió que me hiciera cargo del diseño, porque queremos que siempre quede en manos de la familia, es nuestra seña de identidad.

P. ¿Y dónde encuentra la inspiración?
R. Intentamos no seguir ningún cuaderno de tendencias. Nuestra única arma cuando llegamos a un sitio donde nadie nos conoce es llevar un producto en consonancia con lo que quieren, pero que sea especial y distinto.