La lotería, por Carmen Amoraga

Cuento los días que faltan para las vacaciones. Alto. Que nadie piense que cuento los días porque arda en deseos de pasarme la jornada en biquini tomando el sol, sin mayor preocupación que untarme de crema. Qué va.También se puede pensar que necesito que lleguen las vacaciones para descansar. O para arreglarme cuando cae la tarde y ¡hala!, a cenar en una terraza y a hacerme carantoñas con mi pareja, a beber un par de copas, a volver al hotel o al apartamento o a la tienda de campaña, para rematar la faena y, luego,a dormir a pierna suelta hasta que haga demasiado calor para aguantar dentro de la habitación y así sucesivamente hasta que se acaben las vacaciones. Les digo ya que no. Esas vacaciones no existen, a no ser que tengas menos de 20 años y te quepa una talla 36. Si vives en pareja y has pasado la 40, en edad y en talla, las vacaciones no son más que una fuente inequívoca de conflicto.

Continuo, además. Elegir el lugar: mosqueo. Ponerse de acuerdo con la fecha: bronca. Hacer las maletas: drama. Si playa, porque playa. Si agosto, porque agosto. Si llevas muchas maletas, porque llevas muchas maletas. Y lo contrario, también. Con niños pequeños se masca la tragedia, pero sin niños la cosa no mejora. ¿Por qué? Porque en invierno apenas si te ves. Desayuno, cena y poco más. Fácil de gestionar. Fácil  de esconder lo que no te gusta, ni de él, ni de ti, ni de la vida, ni de la gente. Fácil escurrir el bulto de un enfado cerrado en falso, de una decepción, de esa congoja que te entra por la boca del estómago los domingos por la noche. ¡Ay! De ese miedo de vivir, de no estar a la altura, de que alguien descubra que no eres más que un fraude, de eso que no le pasa a nadie nada más que a ti. La mayoría de las demandas de divorcio se producen después de las vacaciones. Dos de cada tres. Y no es por el calor. Es porque a veces estar de vacaciones es mucho más fatigoso que trabajar, y porque con 24 horas por delante es más sencillo darte cuenta de que la vida que tienes no es la que quieres.

Y no es que yo tenga dudas, que conste .Que a mí lo que tengo me gusta. Es esa incertidumbre, como si el desamor fuera uno de los números de la lotería de Navidad, algo que te puede tocar a ti como le puede tocar al de enfrente. Hago la maleta y repaso lo que hay que hacer para volver tal como nos fuimos: reservar tiempo para mí, respetar el espacio de él, gastar dinero en la canguro, imaginar planes divertidos, ser tolerante con la frustración, acordarme de decirle también las cosas buenas y no solo las malas,y cosas por el estilo. Y, por supuesto, comprar lotería allá adonde vaya. No sea que esa sí que me toque.