Madre-hija, el conflicto (también) está en el plato

  • ¿Cuándo empieza, de verdad, la guerra con la báscula que mantienen muchas mujeres a lo largo de toda su vida? Para muchos expertos, la respuesta hay que buscarla en la relación conflictiva con la madre.

La peor de las pesadillas para la mitad de las mujeres, según una encuesta de la revista norteamericana Health, sería ir a comprar un traje de baño acompañadas por su madre. Más aún, un tercio de las encuestadas apunta que su aversión a la báscula deriva de que, todavía hoy, sus madres las hacen sentirse incómodas con su peso, y un 57% de quienes batallan con los kilos de más asegura que, en su niñez, su familia las presionó para hacer dieta.

Desde la infancia

De hecho, cada vez es más común que, cuando se habla de los trastornos de alimentación, se haga referencia a la infancia y a un problema de comunicación madre-hija. Pero, en opinión de Victoria Cadarso, psicoterapeuta y autora de “Las emociones, ¿engordan o adelgazan?” (Ed. Palmyra), “en realidad, se trata de un conflicto con la figura nutritiva, que es con quien se vincula el bebé, y que tradicionalmente ha estado representada por la madre”. 


Pero ¿por qué tienen peso mayor sobre las hijas que sobre los hijos? “La madre es la influencia más importante en la vida de una mujer. Mientras, al hacerse mayores, los varones tienden a identificarse con los padres, las chicas lo hacen con las madres, y es un cuerpo a cuerpo muy intenso”, explica Mariela Michelena, psicoanalista y autora de “Mujeres malqueridas”. Con ella coincide Cadarso, quien añade que, desde el nacimiento, a las niñas se las trata de forma diferente: “Se les pide mayor cuidado con la comida, es un condicionante social. Y las madres pueden transferirles, de manera consciente o inconsciente, su propia problemática”. 

Comentarios del tipo “ten cuidado con lo que comes”, dichos con la mejor intención, pueden tener un tremendo impacto. Uno de esos comentarios marcó la vida de la escritora Joanna Chakarian, quien hace unos años publicó en The Washington Post un controvertido artículo en el que responsabilizaba a su madre de su bulimia: “Cuando tenía 20 años y un peso normal, me dijo: Estarías genial y serías más feliz si perdieras siete kilos... Su consejo se me clavó: durante tres años, batallé con la comida, dándome atracones y vomitando”. El camino hacia su recuperación fue duro y, a día de hoy, asegura que aquel bienintencionado consejo todavía la acompaña. 

En el otro extremo del péndulo de los trastornos de alimentación tenemos el ejemplo de Isabelle Caro, la modelo anoréxica que protagonizó en 2007 una de las más polémicas campañas de Oliviero Toscani.
Su madre, trastornada cuando su pareja la abandonó, convirtió en un calvario la vida de la pequeña Isabelle: quería que nunca creciera y dejase de ser una niña. “Mi vida junto a mi madre ha sido un infierno. A los 12 años comencé a reducir las raciones. Temía que dejara de quererme”. La modelo falleció en 2010, a los 28 años, cuando pesaba apenas 30 kilos. Su madre se suicidó dos meses después. 

“Los desórdenes alimentarios son una manifestación de la guerra de deseos que existe en el vínculo madre-hija –explica la terapeuta Laura Gutman, autora de “La revolución de las madres”–. Si somos muy jóvenes y anhelamos diferenciarnos del deseo de nuestra madre, es posible hacerlo rechazando la comida. Ser capaces de decir “no”, no tener hambre, no necesitar del otro es el trofeo alcanzado. Eso se llama anorexia. Hemos ganado la batalla. En cambio, si nos derrumbamos ante el atracón, es decir, si gana el deseo del otro (la madre, el alimento), hemos perdido la batalla. Eso se llama bulimia. El problema no reside en el acto de comer o de no hacerlo, sino en la distancia afectiva que la madre ha establecido desde tiempos remotos respecto a su hija”.

Vía de escape

Pero no hace falta llegar hasta los cuadros extremos: hay un sinfín de conductas alimentarias que, sin llegar a tener la consideración clínica de “trastorno”, llenan de culpa e insatisfacción el día a día de muchas mujeres. Y, detrás de esas conductas, no es infrecuente que se esconda una relación conflictiva con la madre. “Si ella es muy pesada con este tema o si repite comentarios del tipo “no comas esto que vas a engordar y no te quedará bien la ropa”, se puede producir una reacción de la adolescente, tanto en el sentido de restringir los alimentos o de todo lo contrario –advierte Silvia Álava, directora del área infantil del Centro de Psicología Álava-Reyes–. Puede creérselo hasta el punto de que deje de comer o puede hacerlo sin control y no parar aun cuando ya esté saciada”.

Los expertos coinciden en la necesidad de que, más allá de poner una dieta, se indague en los conflictos que llevan a una mujer a tener problemas de peso, con su imagen y con la comida. “Lo importante no es qué comes, sino qué es lo que te hace comer –asegura Victoria Cadarso–. Se hace por ansiedad, y la ansiedad es la sensación de pérdida de control. Y casi siempre tiene que ver con las relaciones que tenemos con las figuras a las que nos apegamos”. De este modo, la comida se convierte en una vía de escape, del mismo modo que la bebida, el sexo, el juego... Pero mucho más fácil, porque está a nuestro alcance y no está penalizada socialmente.

Temas sin resolver

Esa forma de canalización de la ansiedad, continúa Cadarso, “viene dada por problemas en las relaciones, especialmente con nuestra madre, porque es a la que más le exigimos. De alguna manera, pensamos que debe ser perfecta, suplir todas nuestras necesidades, que nos entienda en todo. Es un arquetipo al que ninguna puede llegar. Y muchas veces desviamos hacia la comida ese malestar que sentimos con la madre”. Aunque Cadarso insiste en que “es una generalización: al final, estas conductas tienen que ver con cómo me siento yo en relación a las personas importantes de mi vida. La comida siempre es una manifestación de temas no resueltos”.

Y suele haber un patrón que se repite: la relación con la madre tiene que ver con cómo manejas la ansiedad; la ansiedad con cómo manejas tus relaciones y estas, a su vez, con cómo se iniciaron. Dado que hay que remontarse a la primerísima infancia, con el alimento al bebé, gran parte de todo ese mar de fondo queda grabado. “Siempre supe, de forma inconsciente, que en la comida tenía una arma muy poderosa –recuerda Silvia, de 43 años–. Si decidía no comer, yo sabía que tenía a mi madre desesperada y haciéndome caso, preocupándose todo el rato por mí, dedicándome tiempo. Y, más adelante, lo hice en sentido inverso: comía y comía para que se enfadara. He estado durante años metida en una rueda de autodestrucción con la comida y ahora, después de pasar por terapia, entiendo que ha sido para mí un medio para llamar la atención, una forma de pedir ayuda y de castigar”. 

Un testimonio diferente es el de Asun, de 36 años: “Mi madre viajaba mucho y, como yo me cogía una rabieta cuando me decía que se iba a ir, decidió no avisarme con antelación. Así que yo volvía a casa del colegio y me encontraba con que ella no estaba, pero sí una bolsa enorme de chuches y de mis dulces favoritos. Los devoraba inmediatamente. Cuando regresaba, ella me hacía mis platos favoritos. Así fui asociando ansiedad, felicidad, frustración, alegría, amor… a la comida. Y no es fácil romper ese vínculo”.


A la consulta de la nutricionista Marta Aranzadi acuden con frecuencia madres acompañando a sus hijas.
“Cuando esto ocurre, intento ver a la niña sola, porque cuando está su madre delante, la conversación es mucho más difícil. Tienen la mejor intención del mundo, sin duda, pero a menudo las censuran, no las alaban, minan su autoestima, etcétera”. En esa autoestima incide Laura Gutman, quien recomienda que “si somos madres de hijas adolescentes, hagamos el ejercicio de preguntarles qué necesitan de nosotras hoy, aquí y ahora. Dejemos de controlar sus vidas, lo que no significa que las ignoremos. Emprendamos el camino hacia la comprensión y hacia la aceptación de los deseos ajenos”, concluye la experta. 

 

Una edad crítica

En torno a los 10 años, en los meses previos a la primera regla, es habitual que las niñas acumulen un poco más de grasa en su cuerpo. Ese momento es, en opinión de la nutricionista Marta Aranzadi, crucial: “Ellas empiezan a fijarse, a compararse entre sí, y la madre debe tener la cabeza muy bien puesta y no contribuir a agobiarlas. Si a esa edad ya se les empieza a reprimir, a decirles que se cuiden, es fácil que terminen teniendo una relación insana con la comida”.

Durante la prepubertad, en las niñas influye muchísimo el tipo de alimentación materna: “Hay madres muy delgadas que presionan a sus hijas para que coman, pero ellas las ven tan delgadas, tan ideales, que quieren imitarlas; otras, perciben a sus madres siempre insatisfechas con su peso y con su cuerpo, saltándose continuamente las dietas… A esa edad, esos modelos tienen una enorme fuerza, por eso hay que intentar reforzar en positivo. Si la madre tiene una relación saludable con la comida, aunque tenga unos kilos de más, no le transmitirá malestar a su hija”.

 

La mirada psicológica, por Isabel Menéndez

Los conflictos en torno a la comida son una forma de expresar el “hambre de amor” que una mujer tiene hacia sí misma. Una sensación que no fue resuelta en la infancia de forma adecuada en relación a su madre, que es el primer amor de todos los humanos. Cuando una mujer adulta tiene una relación conflictiva con la comida, está atada a una madre con la que se sigue peleando inconscientemente.

El alimento nunca es solo recetas e ingredientes, sino también el vehículo a través del cual recibimos la nutrición afectiva que proviene de la persona que nos cuida. Desde el principio de nuestra vida, el alimento material se trenza con el afectivo de tal modo que, si falta este último, se puede llegar a morir. Algo que se expresa en la anorexia y que le sucedió a Isabel Caro, la modelo que murió a los 28 años y que afirmaba que temía que su madre la dejara de querer. La figura materna, en este caso extremo, no había conseguido dirigir a la hija el amor necesario para que deseara vivir.

La madre filtra a su hija, junto con la comida, su angustia, su impaciencia, su exigencia o su placer. Le transmite inconscientemente su historia emocional y la relación que tuvo con su propia madre.

Toda madre imagina a su hija según sus deseos, pero tendrá que aceptar que será diferente. Toda niña fantasea con una madre poderosa que, sin embargo, la decepcionará porque es un ser humano, con defectos. La menor tendrá que resolver el conflicto entre estar apegada a su madre y querer ser como ella y rechazarla porque desea ser distinta. Algo que puede expresarse en darse atracones o rechazar el alimento porque este viene de la madre y desea separarse de ella. La hija tiene que resolver un dilema: ¿cómo convertirse en una mujer con deseos propios y desprenderse de la madre?

Comer demasiado o no comer nada puede ser un intento de buscar una solución somática a una tensión interna. Entonces aparecen síntomas (inapetencia, atracones, compulsiones, obesidad, anorexia o bulimia) que pueden ser un intento de restaurar un interior dañado. Síntomas que se resuelven cuando una elaboración psicológica desentraña los conflictos inconscientes que los promueven.

La vida entra por la boca, el orificio a través del cual encontramos placer al relacionarnos con los demás y también el mismo orificio por el que salen las palabras para nombrar todo aquello que sentimos.