Amor natural, por Carmen Amoraga

A mí nunca me han dejado, porque, desde que sé lo que busco, me doy cuenta de lo que no quiero. Para aprenderlo, bastó con que me dejaran una vez. Fue en la adolescencia tardía, que es cuando las cosas del amor imprimen carácter. La ruptura embalsamó mi corazón y mi amor me dejó un hermoso cadáver. Ningún otro sentimiento podía compararse a aquél que ya había sentido y que, pobre de mí, no sería capaz de volver a sentir. Poco importaba que mi amado hubiera sido un adolescente descerebrado y guiado por la testosterona, al que lo mismo le daba por estar tres días sin hablar que por comerme a besos. Lo normal. 

Pero su abandono tuvo el efecto de convertir en anormal lo que no había sido más que un amor común y corriente. ¡Ay! Le recordaba más alto, más guapo, más fuerte, más rebelde, más auténtico. Imaginaba que mi vida con él habría sido un derroche. 

La tontería se me pasó una tarde en un hipermercado. Yo bajaba por las escaleras mecánicas y, de repente, le vi. Se me paró el corazón. Estaba de pie, frente al estante de los productos de limpieza. En concreto, sostenía en cada mano una botella de lejía de las de dos litros y comparaba, indeciso. Al verle de esa guisa comprendí la realidad: yo no le hubiera querido eternamente. 

Yo me habría cansado de ese sentimiento, también. Le habría cogido manía, como a ese vestido que te queda grande, o, peor, que te traiciona y de repente te viene pequeño. No es que dejara de amarle en ese instante. Es que empecé a recordarle tal como era. Mi memoria dejó de ser selectiva y revivió también, por ejemplo, aquella noche de mi cumpleaños que me fue infi el, o las veces que me dijo que su anterior novia era más guapa que yo. Desde entonces, cambié de poeta. Ya no me reconozco en los poemas que dan tormento. Ya no busco olvidar el provecho ni amar el daño. Lo único que quiero es que alguien me vea hacer las cosas sencillas que hago y no sepa a quién darle las gracias. (*

(*) “Te veía hacer esas cosas sencillas que tú haces para que el mundo entre en razón; y no sabía a quién darle las gracias”, dice Karmelo C. Iribarren.