Corazones (que no quieren ser) solitarios, por Carmen Amoraga

Hago un viaje relámpago a una ciudad del norte. En el avión de vuelta, me toca al lado de una pareja. Cuando llegan, cargados de bultos, yo ya me he sentado. Me hacen un gesto amable. Me levanto, les ayudo, me vuelvo a sentar. 

Ella no para de hablar, con un acento raro que no sé ubicar. Él no tiene ni tiempo para responder. Ella no deja de palmotear ni de reír sus gracias, como una niña chica, aunque hace tiempo que dejó atrás el medio siglo de vida. Él, que pasa de los 60, lleva una camisa de cuadros que no le sienta bien. La mira con arrobo y con la cabeza le dice a todo que sí. Que sí a que desayunarán los sobaos que ha comprado en el aeropuerto. Que sí a que al aterrizar hará calor. Que sí a que ronca mientras duerme, suavemente, como una gatita. Que sí. A todo. 

Pienso que lleva toda la vida dándole la razón para complacerla. Yo, que ayer me levanté a las cinco de la mañana para volar aquí y que hoy me he levantado a las seis para volver a mi casa, solo quiero dormir, pero me paso el rato oyendo la vocecita de esta mujer que no puede pasar una semana sin comprar un bolso y por eso los tiene de todos los tamaños y colores, y que no tiene otro plan al llegar a su destino que ponerse morada de marisco, bogavante y langosta, a poder ser, porque nunca los ha probado. 

Le cuenta que tiene un hijo que trabaja duro, en una empresa de plásticos, todo el día a 60 ºC, pobre. Le dice que tiene que comprar un regalo para una amiga, un bolso, porque su amiga, que se llama Dori, siempre le trae algún detalle. Él apenas puede preguntar quién es la tal Dori. 

Como ella le ofrece tanta información me doy cuenta de que hace poco que están juntos. Por fin se calla: se ha quedado dormida. Les miro, con disimulo. Ella apoya la cabeza en él, y él mantiene cogida su mano y la mira con ternura, hasta que también le vence el sueño. Les miro, sin disimulo. Ella es morena, tiene los labios gruesos y la cara llena de arrugas. Él es corto de talla, le falta pelo y sus dedos son desproporcionadamente grandes respecto al resto de su cuerpo. Pero mientras duerme, la roza de vez en cuando con el índice, tiernamente, y yo me pregunto cuántas veces les habrán roto el corazón a estos dos que prolongan la caricia incluso dormidos. El avión toma tierra. Ella abre los ojos, me sonríe y aplaude como una niña. “Aterrisamos”, me dice. Le devuelvo la sonrisa. Él le dice: “Sí, vayamos a comer marisco”. Inesperadamente, me pongo contenta. Soy dueña de la prueba fehaciente de que la vida regala segundas oportunidades a los corazones que no quieren ser solitarios.