Cuando el deseo masculino falla

  • La inhibición sexual puede estar motivada por causas psicológicas, como complejos o conflictos infantiles sin resolver.

El deseo es, para muchos hombres, el termómetro que marca la temperatura de su estima y su virilidad. Muchos son los estímulos externos que lo ponen en marcha y que se alían con una idea interna cargada de excitación que provoca en el cuerpo masculino el deseo de tener relaciones sexuales.

La inhibición sexual en los hombres puede deberse a factores físicos, pero en la gran mayoría de los casos el psicológico es el que domina. Puede tratarse de una inhibición total, aunque lo más frecuente es que sea parcial. La primera se origina por un rechazo a la actividad sexual en general. En ocasiones, ni siquera son conscientes de padecer conflictos con el deseo sexual, sin embargo, tienen dificultades para mantener una relación y la cortan al poco tiempo.

De esta forma, nunca se dan cuenta de que el problema está en ellos. En el inconsciente masculino habitan muchos fantasmas en relación al sexo: uno de ellos es el miedo a hacer daño al cuerpo de la mujer. Tal temor puede conducirles a un estado de pasividad que las mujeres, en general, interpretan como una falta de deseo. Más frecuente es la inhibición parcial, que puede ser debida a una combinación patológica con la pareja o a circunstancias relacionadas con complejos inconscientes que producen angustia.

Esta sensación se desencadena por la escena sexual que despierta antiguos temores.
Si en la infancia se originó algún trauma relacionado con la sexualidad, el individuo tratará de protegerse para no volver a sentir el dolor que se produce cuando una excitación demasiado grande golpea a un psiquismo en formación, que carece de defensas.

Historia familiar.


La falta de experiencia sexual, por otra parte, bloquea más al hombre que a la mujer, al pesar sobre él la responsabilidad social de “quedar bien” y el imperativo de satisfacer a la pareja para no tacharse a sí mismo de “poco hombre”. Javier y Rosa habían pasado una temporada muy estresados. Con la excusa de la crisis, él no rechazaba ningún trabajo y se pasaba muchas horas fuera de casa. Por lo general, se acostaba cansado. Hoy se había acercado a ella de forma maquinal, por costumbre, sin deseo, con ganas de descargarse. Había tenido un sueño que le había excitado. Le pareció que Rosa apenas había disfrutado y él atribuyó a la falta de interés de ella su desgana sexual. Comenzó a sentirse poco valorado. Por mucho que trabajara, no conseguía sacudirse la tristeza que a veces le invadía, fantaseaba con que ella le iba a abandonar, porque ya no le atraía.

Javier cayó en una depresión que le condujo a una psicoterapia.
Allí comenzó a preguntarse cuándo comenzó su desgana sexual, el no saber cómo actuar con su mujer, su sentimiento de sentirse rechazado por ella. Y descubrió que también él evitaba el encuentro erótico, aunque de una forma menos explícita. ¿Cuándo comenzó esto? Hacía tres años que su padre había muerto. Pocos meses después, Javier comenzó a retraerse. Su historia infantil con él le mantenía atado a una posición que no le dejaba sentirse valorado como hombre. Javier dependía demasiado de su madre.

Cuando era pequeño, ella le peinaba como a una niña. Un día su padre lo llevó a escondidas a la peluquería para que le cortaran el pelo como a un chico. Fue el único acto del padre en el que intentó compartir algo con su hijo. placer adulto. Javier siempre echó de menos que su padre le acompañara un poco en su vida, y echaba la culpa de la lejanía de este a su madre.

Ahora, al morir, la dependencia excesiva de su madre volvía a aparecer. Poco antes de este suceso, a su mujer la habían ascendido en su trabajo y le había planteado el deseo de tener un hijo. De esta forma, ella se convertiría en madre. Y Javier rechazaba a la suya. Que su mujer, además de ser valorada en su trabajo, se convirtiera en madre, le turbaba porque le proporcionaba una imagen demasiado poderosa de ella. Había idealizado a un padre que, lejos de protegerle, le abandonó emocionalmente y se comportaba como un niño asustado, no como un hombre que educa a su hijo. Con su muerte, volvía a abandonarle.

La inhibición del deseo sexual hacia su mujer, por asociarla demasiado a su madre, le sustraía de enfrentarse al conflicto de resolver cuentas con su padre. Los movimientos emocionales que circulan por las oscuras avenidas de nuestra vida afectiva son los responsables de nuestros deseos.

A nosotros nos queda reconocerlos y someternos al imperio de su empuje. ¿Busca el hombre sentirse necesario para una mujer y así dominar la indefensión infantil? ¿Hasta qué punto la imposibilidad de resolver ataduras infantiles impide hacerse cargo del placer adulto? En el anhelo de sentirnos deseados no hay diferencia entre hombres y mujeres, aunque sí en la forma de expresarlo.

¿Qué podemos hacer?

Tener un buen conocimiento personal y aceptar como normal que puede haber inhibiciones del deseo durante un tiempo, aunque siempre hay que buscar las causas internas que se pueden investigar.

Muchos de los miedos masculinos hacia la mujer
provienen de no haber elaborado las fantasías y los deseos infantiles en relación a las figuras parentales.

El sexo necesita amor, comunicación y tiempo
. Las tensiones provocadas por las prisas, el estrés y la exigencia de ser eficaz tienen que rebajarse para llegar al encuentro con la calma que necesita la realización de una relación erótica.

Si el hombre ha aceptado sus limitaciones y carencias,
también aceptará las de su pareja. No le tendrá temor porque no aparecerá ante él como omnipotente ni se sentirá demasiado dependiente de ella.