Saber elegir, por Carmen Amoraga

Charles Darwin tenía un primo. El primo de Charles se llamaba Francis y se apellidaba Galton y, como su pariente, también estaba interesado en la evolución de la especie. Quién sabe si para distinguirse de Charles, que como era mayor que él empezó a investigar antes, a Francis lo que más le interesó no era dar respuesta a de dónde veníamos. Lo que quería saber era hacia dónde íbamos, como especie y como individuos.

A Francis Galton se le ocurrió aplicar los principios de su primo sobre las diferencias de las personas y creó la psicología diferencial. También sentó las bases de la metereología al identifi car el efecto de la presión atmosférica, descubrió los anticiclones, fue el primero en trazar digitales. Digo esto para advertir que Francis era primo, pero no era un primo. Galton, maravillado por los mecanismos de la selección natural, empezó a preguntarse si la inteligencia era determinante en el desarrollo de la especie.

Lo estudió. Lo llamó la tasa de eminencia. Calculó que en Gran Bretaña, una de cada 4.000 personas era eminente y estableció relaciones entre los que no lo eran (eminentes) y sus parientes. Elaboró un método para alterar la selección natural a favor de la mejora de la raza. Lo llamó eugenesia. Consistía en que las uniones se planifi caran de modo que solo los eminentes pudieran tener muchos hijos. También experimentó con ratones y con guisantes, y hacia el final de sus días la reina de Inglaterra le nombró sir. El mundo entero aplaudió su ingenio, pero el tiempo acabó ligando esta teoría con la de la superioridad de la raza aria elaborada por el nazismo y las ideas de Galton cayeron en el descrédito.

Será por eso, porque nadie nos ha guiado en la búsqueda de nuestra media naranja para mejorar la especie, tal como proponía la eguenesia, por lo que estamos como estamos. Mal. Nos hemos dado con alegría a la mezcla de la eminencia y de la pequeñez como si no hubiera mañana y el mundo está desequilibrado.

Será porque los poetas saben más que los científi cos y son los pensamientos de los otros los que nos hacen inteligentes, sencillos, tiernos y bondadosos (*). Será por eso que el mundo está loco. Como el amor.

*Tu pensamiento me hace inteligente, y en tu sencilla ternura, yo soy también sencillo y bondadoso. Muerte en el olvido.

Ángel González