Él, las sartenes y el minibar, por María Byk

No sé por qué se empeñan siempre en decirnos que las mujeres necesitamos palabras cariñosas y comunicación para el buen sexo. Que para ellos es más fácil, que les sobra tanta introducción y hasta el amor. Y a nosotras basta con que no nos destrocen el momento erótico con las chuches del minibar y las sartenes. Le pasó a mi amiga Marta. 

Su ropa interior también dejaba que desear, me contó Marta. Y lo de los zapatos y los polvos de talco con los que los espolvoreaba no fue lo peor del fin de semana en el hotel rural con encanto. La cosa prometía muchísimo, más que nada por lo guapo que era Fernando y lo encantador, educado e interesante que se había mostrado durante el primer mes de relación. También había comenzado a insinuar que Marta era la mujer de su vida, cosa siempre sospechosa cuando un hombre lo dice a la segunda semana de conocerte. Pero, cuando son tan guapos como Fernando, lo pasas por alto y te vas de fin de semana erótico, que llamamos romántico para que suene menos superficial. 

Y te salen dos días de echar a correr cuando ves a tu apuesto acompañante atiborrándose con todo lo que encuentra en el minibar porque es gratis. Marta pudo pasar por alto lo de los calzoncillos pasados de moda, lo de los polvos de talco, pero lo de Fernando engullendo coca-colas y chocolatinas como introducción romántica a la noche de sexo, no, eso no. En esas ocasiones no sales corriendo porque habéis ido en un solo coche y cómo le explicas a Fernando que se pida un taxi. Y no dices nada, y eso es peor, porque luego te cuenta lo maravilloso que es pensar en el futuro con una mujer a su lado en la cama que le sacará los granos de la espalda. 

¿Pudo empeorar? “Sí, pudo”, me contó Marta. Con las sartenes. Cuando, a la vuelta, Fernando quiso conducir el coche de Marta y se empeñó en dar unas cuantas vueltas hasta dar con la gasolinera en la que le daban los puntos que le faltaban en su tarjeta. “¡Es que me faltan muy poquitos para conseguir las sartenes!”, dijo muy emocionado. La gasolina la pagó Marta, y el hotel, y la cena, por si faltaba algún detalle. 

Me acordé de aquel hombre tan guapo con el que me tomé una copa y pidió ansioso que sirvieran otra de patatas, y luego otra, a ver si así nos ahorrábamos la cena. La cosa no pasó de ahí, estuve más perspicaz que Marta. Y no, las mujeres no necesitamos tantas introducciones para el sexo. Basta con que ellos no se atiborren con el minibar ni acumulen puntos ni quieran ahorrarse la cena a base de patatas fritas.