Las emociones que pesan en la báscula

  • La desilusión por no lograr un peso ideal muestra la dificultad de muchas mujeres para disfrutar de todo lo que han conseguido. ¿Vivir constantemente a dieta es el autosabotaje perfecto?

En primavera florece el deseo de hacer una dieta. Pero, ¿se controlan mejor las calorías que los sentimientos? ¿Podemos medir lo que comemos para dominar mejor lo que sentimos?

Lucía empezaba una dieta. Le sobraban unos kilos, pero le faltaba, sobre todo, quererse un poco más. Lo primero lo sabía; lo segundo, lo sospechaba. La báscula era su enemiga y la dieta su camisa de fuerza. Lucía intuía que prefería pelearse con sus kilos que con sus emociones. Su pareja se había ido por razones de trabajo a un largo viaje. Desde su partida se había tomado una tableta de chocolate todas las noches. Las cosas no andaban bien entre ellos y Lucía intuía que a él le gustaba marcharse. Se sentía sola. Cuando se encontraba bien consigo misma, podía mantener el régimen durante un tiempo, pero cuando su ansiedad subía, solo se calmaba con comida.

Historia familiar

Lucía temía estar sola, pertenecerse a sí misma, porque eso representaba separarse de una madre que resolvía su angustia cocinando. Quería ser diferente a ella, pero, ¿lo era? Lucía, al igual que su madre, traducía todo lo que le ocurría en la vida en problemas con la comida. Cuando era pequeña, lo único que su madre le preguntaba al volver del colegio era si había comido bien. Hasta sus estados de ánimo los relacionaba con la comida, de modo que si la veía triste pensaba que era porque tenía hambre y, si se ponía enferma, lo atribuía a que algo le había sentado mal. Sin embargo, jamás le había preguntado por sus deseos, sus amores... ni por nada, en general, que pudiera pertenecerle a ella sola y no a la relación que mantenían. En otras palabras, jamás se había interesado por todo aquello que podía hacerla independiente. Ahora Lucía sentía que su pareja, al igual que había hecho su madre, solo valoraba lo que tenía que ver con él o lo que hacían en común. Estaba dolida y se refugiaba en la comida como una niña hambrienta de amor.

¿Estar tan pendiente del alimento material es una forma de desplazar nuestros conflictos con el alimento afectivo? Se comienza una dieta para sentirse mejor como mujer, para gustarse más y gustar más. La sensibilidad de las mujeres para detectar los kilos de más pone al descubierto la obsesión de que siempre les falta algo para alcanzar una imagen perfecta. De hecho, no es raro que una vez conseguido el peso adecuado, un impulso incontrolado incite a comer más, como si fueran empujadas desde su interior a volver a tener una imagen que no les gusta. La exigencia de conseguir una imagen 'perfecta' las encorseta permanentemente dentro de un régimen que no se vive como algo bueno, sino como una tortura que elimina el placer de ser mujer. Una imposición que solo se puede soportar desde la idea de que por no lograr una imagen 'perfecta' no van a ser amadas y antes de eso prefieren sufrir.

Pero, ¿por qué la sociedad transmite un modelo de mujer cada vez más delgado y menos femenino? Dominar al sexo femenino con una imagen cada vez más escuálida es una manera de someter sus ansias de libertad, y la libertad solo es posible si se puede disfrutar de la vida y no si se está pensando todo el rato qué se puede y qué no se puede comer. Quizá a la sociedad del siglo XXI le parecen excesivos los cambios que propone el universo femenino.

¿Qué conduce a una mujer sensata a emprender regímenes, con mucha frecuencia disparatados, que pueden dañar su salud? Los regímenes solo son saludables cuando se hacen bajo recomendación médica. Sin embargo, los hay que parecen estar diseñados para demostrar que no somos capaces de alcanzar lo que pretendemos. Un círculo infernal en el que se intenta hacer algo imposible para después sentirse culpables por no haberlo mantenido. Nuestro cuerpo protesta porque no respetamos su ritmo, pero nosotras, crueles y exigentes, le imponemos restricciones más allá de lo conveniente.


Las palabras, fase oral

Se denomina así a la primera fase de la evolución humana, en la que el placer máximo esta ligado a la cavidad bucal y todo gira en torno a la alimentación.

  • Freud describe un tipo de sexualidad oral que se pone de manifiesto en los adultos. La boca fue la primera zona del cuerpo susceptible de producir placer al ser la vía por la que penetraba la leche de la madre. En los adultos podemos ver las huellas de este erotismo oral en el beso.
  • Aquellos que se han quedado fijados en esta etapa pueden tener conflictos con la comida. Al no saber enfrentarse a la frustración, regresan a un placer seguro, conocido y ancestral: a la oralidad.