El miedo a depender del otro

  • Cuando no aceptamos nuestra vulnerabilidad ni nuestros deseos, la necesidad afectiva que provoca el amor se vive como algo amenazante.

¿Se puede vivir una relación amorosa, sin depender, más o menos, del otro? ¿Es posible amar sin tener miedo a perder al ser amado? Lejos de lo que pudiera parecer, amar a otro es aceptar que nuestro deseo nos conduce a él, porque nos aporta lo que no tenemos y queremos. Dependemos de la persona que amamos porque también dependemos de nuestros deseos, reconocerlos es tomar la vida en nuestras manos.

El psicoanalista J. D. Nasio dice: “El amado es aquel que me da alas y me las quiebra a la vez”, refiriéndose a que el amado por ser otro diferente, es el más maravilloso excitante del deseo pero también el que nos limita. Podemos aceptar que dependemos de alguien cuando primero hemos construido una identidad firme y hemos sido libres para aceptar lo que deseamos. Solo desde la salud mental nos podemos llegar a querer allí donde somos más vulnerables, allí donde somos más humanos.

El terreno en que nos sentimos más vulnerables es el amor. El miedo al compromiso amoroso proviene del temor a depender demasiado del otro, a no saber aceptar la independencia propia sin negar nuestra dependencia del otro. Y, sobre todo, a depender de deseos y miedos inconscientes que no conocemos pero que actúan en nosotros. En muchas ocasiones, la imposibilidad de amar y las dificultades para sostener en el tiempo una relación vienen determinadas por el miedo insuperable a volver a sentir un desamparo excesivo vivido durante la infancia, época en la que somos absolutamente dependientes de los adultos y, en primer lugar, de nuestra madre.

En la relación con ella comienza nuestro aprendizaje del amor. Muy cerca aparece el padre, y la constitución de nuestra subjetividad y nuestra autonomía se van construyendo poco a poco. Si en los cimientos de esa construcción quedaron heridas abiertas que no pudimos elaborar psicológicamente, nos defenderemos del encuentro amoroso por miedo a que el edificio de nuestra identidad se derrumbe.

Otra de las formas de defenderse de este peligro es separar las relaciones sexuales de los afectos, pues esta opción permite obtener placer, sin soportar los peligros que tiene la intimidad afectiva. Estos peligros se refieren al miedo a revivir experiencias donde la dependencia del otro era demasiado fuerte.

En el placer sexual se podría promover la indiscriminación subjetiva y, por tanto, el miedo al encuentro sexual, porque esto implica una pérdida de la identidad. Cuando en la construcción de la subjetividad no hubo problemas, el placer sexual y la intimidad afectiva con otro se pueden unir porque no se teme que la identidad quede anulada.

Miedo al desamparo

Alicia había tenido tres parejas en cinco años, al principio todo era romántico y encantador, pero cuando llevaban un año juntos comenzaba a estropearse. Sus parejas se convertían en agobiantes para ella, sentía que la controlaban: ellos eran celosos, querían saber donde estaba siempre y la opresión estropeaba el amor con el que la relación había comenzado. Entonces iniciaba otra nueva relación y creía que de este modo se salvaría de la opresión que vivía con su pareja, pero no fue así en ninguna de las otras ocasiones.

Alicia decidió entonces tener relaciones con amigos, de esas que tienen derecho a roce y después cada uno a su casa. Se encontraba en esta situación cuando la muerte repentina de su madre la sumió en una depresión que le impidió trabajar durante unos meses. Para resolver su dolor, acudió a una psicoterapia, en la que descubrió los motivos por los que tenía tan mala suerte con los hombres.

Siempre se sintió abandonada por ella. Cuando era muy pequeña vivió durante mucho tiempo con una tía soltera, con la excusa de que tenía mas dinero para educarla. Jamás había querido darse cuenta del desamparo tan enorme que ella había sentido. Elegía a sus parejas con el deseo de que, por un lado, la dejaran sentirse libre, pero otro deseo inconsciente actuaba en esa elección: eran hombres muy dependientes que acababan intentando controlarla, algo que su madre nunca había hecho. Entonces ese deseo suyo de ser controlada le parecía intolerable y se separaba de ellos porque temía volver a vivir el dolor por el abandono que sufrió en su infancia. Si no les quería, no sufriría cuando la abandonaran. Así que era ella quien cortaba antes. Además del sentimiento de abandono que vivió en relación a su madre, su padre siempre se mantuvo muy ausente y tampoco estuvo lo bastante cerca para evitar que sintiera un desamparo insoportable. El hombre que elige responde a su deseo inconsciente de que alguien la necesite tanto que se mantenga pegado a ella.

Tejer el amor

Alicia intenta evitar un dolor. Tiene miedo de reconocer su deseo de ser controlada y quiere evitar el dolor de ser abandonada. Después de comprender por qué sus relaciones fracasaban, comenzó a sentir que ya podría querer sin tanto miedo. Había pasado de echar la culpa de sus fracasos a los hombres a preguntarse por qué ella los ahuyentaba.
El amor que se mantiene en el tiempo es un amor que acepta la influencia del otro y tiene confianza en él. Para que se produzca hay que aceptar la distancia entre los propios deseos y la realidad vivida.

Las experiencias de amor compartido tejen una unión profunda que ayuda a relativizar las inevitables decepciones. El riesgo de dependencia parece menos peligroso y entonces hace posible momentos de plenitud. Ya no estamos en el todo o nada, hay un espacio entre la pasión y la ruptura. Ese espacio es el del amor, que se teje entre el respeto a la libertad de ambos y el reconocimiento de la dependencia afectiva.

Se teje entre dos eso que llamamos amor. Se teje entre el otro y yo, entre la ilusión y la realidad, entre la unión y la diferencia. Tolerar que el otro no se adapte a lo que pedimos y aceptar que no podemos responder a todo lo que nos demanda es haber aprendido a querernos como seres humanos con limitaciones y debilidades.

¿Qué podemos hacer?

Para que el amor subsista, tenemos que intentar mantenernos siendo dos allí donde lo que llamamos amor nos empujaría a ser uno. Tiene que tener unas buenas bases de autoestima, ya que se trata de un amor libre en el seno del cual uno acepta la libertad del otro y soporta incluso su partida, precisamente porque no depende totalmente de ese otro.

  • La extrema dependencia es tan perjudicial como la idea de que no debe existir ninguna. Cada uno debe mostrar su indulgencia hacia el otro cuando falla, intentar ponerse en su lugar y ser capaz de descentrarse, que consiste en no ver al otro siempre y solo en función de uno mismo.
  • Si nuestras relaciones amorosas fracasan, los conflictos inconscientes que lo provocan pueden elaborarse en una psicoterapia psicoanalítica.

¿Qué nos pasa?
  • La dependencia afectiva que provoca el amor se vive como algo temido cuando evoca dependencias infantiles no resueltas. La vulnerabilidad que se puede sentir es demasiado alta y se evita amar.
  • Si en el proceso de maduración psicológica existen demasiados conflictos, pueden aparecer dificultades que revelan un alto grado de incompetencia para movernos en el terreno del amor. El narcisismo y la excesiva dependencia son, entre otras, las mayores dificultades. 
  • Las luchas internas nos desgastan y careceremos de energía para ocuparnos amorosamente de otro. Además, intentaremos que no se acerque demasiado para que nuestros conflictos no salgan a la luz.