Practica el 'yoísmo' para aumentar la autoestima: ¿Yo? Por supuesto

  • Existe un uso beneficioso y hasta terapéutico de la locura egocéntrica de este siglo. Aprende a utilizar esa corriente continua de 'yoísmo' para empujar tu autoestima y seguridad en ti misma.

Si te pidiera que te puntuaras a ti misma del uno al 10, ¿qué nota te darías? Seguramente entre el 3 y el 6. ¿No te parece raro? La paradoja de esta época en la que casi todo el mundo se exhibe a sí mismo en las redes sociales es que jamás nos hemos flagelado tanto en la intimidad.

Aunque nuestro Instagram nos muestre sonrientes y presumiendo de felicidad, en la vida sin filtros nos criticamos a nosotras mismas de forma creciente y doliente. ¿Por qué amamos tanto a nuestro avatar digital pero no logramos aceptar nuestro cuerpo real? Fíjate si no en el último y viral anuncio de Dove. La firma cosmética pidió a varias mujeres que llevaran un diario de sus pensamientos sobre su físico. Luegos las citaron en un café. En la mesa de al lado había dos amigas (actrices en realidad) y una le decía a la otra todos los defectos que veía en su cuerpo. La mayoría se horrorizó ante los comentarios (que habían escrito, en realidad, ellas mismas) y comprobaron lo crueles que podemos llegar a ser con nosotras mismas. Te proponemos traspasar un poco de la energía egocéntrica con la que nos carga este siglo narciso a impulsar tu autoestima.

Twitter, Instagram, Facebook, Vine...

Admítelo: subes al menos un autorretrato tuyo al día. O a la semana. El caso es que te gusta esa persona que aparece en tu muro haciendo posturitas o abrazándose a un árbol en pleno rapto de amor por la naturaleza. A esa mujer sonriente le salen likes y followers por doquier, todo le queda bien y no hacen más que invitarla a eventos y retuitear sus ocurrencias. ¿No es fántástica? Entonces, ¿por qué pierde tanto tiempo y energía centrándose en lo que no le gusta? Mientras solo sepamos ver lo que nos separa de la perfección no lograremos disfrutar de lo que nos acerca a ella. ¿Qué hace falta para meterte en la cabeza que esa mujer contenta que te mira al otro lado de la pantalla eres tú? Solo que te lo creas.

La obsesión por la cuantificación

De todos los nuevos procesos mentales que trae la tecnología, puede que la cuantificación del yo sea la más útil. Los dispositivos que nos permiten medir nuestras costumbres y actividades (brazaletes, podómetros, pulseras, aplicaciones para el smartphone...) nos ayudan a mejorar nuestra salud. Los que tenemos tendencia a olvidarnos de nosotros mismos tenemos aquí un aliado estupendo para la autoestima: no perdamos la oportunidad de aplaudirnos cuando hemos conseguido superar el reto de cada día.

La meditación

Entendámonos: no se trata de apuntarse inmediatamente a un retiro meditativo de un mes. No seamos extremistas. Sin embargo, el éxito de los podcasts, sitios web y libros sobre esta práctica ancestral y el creciente número de personas que la practican indica que los beneficios para el ego son mayores que el ensimismamiento que le acusan de producir. Bastan 20 minutos de soledad diaria para colocarse a una misma en el centro de nuestra existencia. Solo el posponer todo para dedicarnos esa media hora de atención radical ya mejora nuestra autoestima. Si además nos repetimos mentalmente mensajes positivos, le estaremos dando a nuestro cerebro órdenes que no podrá rechazar.

Olvida los viejos modales

Aunque muchas veces las frases hechas que heredamos como fórmulas de cortesía sean dichas con falsa modestia, a algunas personas se nos quedan pegadas en el cerebro. Así que, cada vez que nos hacen un piropo o una consulta y contestamos: no es mérito mío, sino del vestido, en realidad no lo he hecho yo, ha sido una labor de equipo o creo que tendrías que consultar a alguna otra persona que supiera más que yo, le estamos diciendo a nuestras neuronas exactamente eso: que ni valemos ni sabemos. Olvidemos un poco las restricciones de la etiqueta social y aprendamos a reafirmarnos ante los demás. Efectivamente, el vestido nos queda bien porque tenemos unas piernas impresionantes, la idea ha sido efectivamente nuestra y es buenísima, y sabemos exactamente qué es lo que nos preguntan y no necesitamos que nadie nos ofrezca refuerzo para contestar.

Espejito, espejito...

No podemos esperar amor incondicional de los objetos inanimados: simplemente no están fabricados para hacernos sentir mejor. Por tanto, parece lógico dejar de depositar en ellos tanta expectativa de bienestar. Lo que sí podemos hacer es utilizarlos a nuestro favor. Por ejemplo: jamás mirarse en un espejo a menos de 50 centímetros de distancia. De verdad: nadie que nos encontremos por la calle nos va a escrutar tan de cerca.

Además, ¿para qué fijarse de una forma tan obsesiva en los pequeños defectos cuando lo que importa es la sensación de conjunto que podemos ofrecer? Seguro que un paso atrás y una sonrisa nos hace más justicia. El otro enemigo del cuarto de baño, la balanza, debe ser también mantenido a raya. Un primer paso es acallar el sonido, en el caso de que nos grite en voz alta lo que pesamos. El segundo, trucarla. ¡Ya estás estupenda!

Haz listas de tus logros

Seguro que te entran ganas de meter la cabeza bajo la tierra cada vez que le echas un vistazo a la lista de cosas que has de hacer esta semana o este mes. No hay tiempo para tanto ni, peor aún, ganas. Con las listas, solo cabe hacer una cosa: trampas. Una fácil e inocua: ponte cuatro o cinco tareas fáciles y rápidas de cumplir. Tacharlas te dará animo para cumplir el resto. Y verlas tachadas te motivará para tachar aún más.

¿No te funciona? Seamos más radicales: olvídate de la lista de las cosas que quisieras hacer y escribe la lista de las que ya has hecho. ¿No es impresionante? A la vista de tus logros no te queda más remedio que salir de la parálisis o de la tristeza. Lograr nuevos objetivos solo es cuestión de tiempo y de flexibilidad: ¿y si estás cumpliendo o has de cumplir otros que, en realidad, no figuran en tu lista?

Sé amable con tus defectos

Se trata de ser auténticamente amable, no de mentirte a ti misma. Ha llegado el momento de que te des cuenta de que nadie, absolutamente nadie, es perfecto. Solo entonces podrás admirar y comprender la forma en que personas muy inteligentes logran hacer de sus defectos su seña de identidad, su rasgo de distinción e, incluso, su ventaja ante otros. La maniobra empieza necesariamente por la imaginación lingüístico-cultural. ¿No has terminado el informe que habías de entregarle a tu jefa? No es que seas procastinadora, es que eres reflexiva. ¿Te apetece un vino blanco en cuanto dan las siete? No te sientas culpable: eres una mujer mediterránea capaz de disfrutar de los pequeños placeres. ¿Lo pillas? Juega a tu favor.

Enemigos íntimos

Recomendamos silenciarlos mientras dure el tratamiento de refuerzo de nuestro yo.

La madre sin filtros. Aunque quiere el bien para nosotras, tiene esa manía de darnos su opinión cuando no la necesitamos. Por ejemplo, ese qué bien que te lo quitas de encima, cuando estás a punto del divorcio.

El adolescente gruñón. Aunque los bebés refuerzan el yo, los que no cumplen los 10 hacen justamente lo contrario. ¿Estudiar más? ¿Para tener un trabajo como el tuyo? Ni muerta.

El cónyuge distraído. Pueden ser tóxicos comentarios aparentemente inocentes como: Es increíble lo mucho que te vas pareciendo a tu madre.

La amiga, hermana o prima depre. Siempre están mal y te hacen sentir peor. Todos los hombres son iguales: infieles. No creo que ese máster te ayude a encontrar trabajo.

La colega perfecta. Siempre tiene una fácil solución para todos tus problemas. "¿Por qué no hablas más alto en las reuniones? Solo es cuestión de que te organices un poco mejor". Sí, claro, ¿cómo no se me había ocurrido antes?