Cuando conocí a Loli, vivía desde hacía un mes detrás de unos zarzales, no recuerdo muy bien mi vida anterior, puede que me pegaran y que no me quisieran mucho. Sólo recuerdo que aparecí en un pequeño pueblo, que estuve muy sola y que pasé mucho miedo. Alguien me daba de comer de vez en cuando, y, un día llegaron acompañados de una joven de larga melena rojiza que me tendió la mano y sonrió.
 
Loli me bautizó con el hermoso nombre de Bella, me subió a su coche y comenzamos en aquel agosto lo que iba a ser una nueva vida juntas. El veterinario dijo que era de raza mestiza de pastor alemán, que por mi dentadura tendría entre seis y ocho meses, y que necesitaba una urgente ducha y una desparasitación.

Aquella peliroja estaba de mudanza, y aunque estuvimos una semana viviendo en su antigua casa, mi primera visita fue a lo que después sería nuestro hogar, un pequeño ático, realmente acogedor y calentito.

En un pequeño plato de ducha tuve mi primer baño, y allí por primera vez vi las lágrimas rodar por sus mejillas cuando debajo del agua me acerqué a su rostro y le ofrecí mi agradecimiento con una lametada. Fue entonces cuando supe lo que era la felicidad. Los principios fueron duros, ella estaba triste por que comenzaba una nueva vida y yo tenía mucho miedo, no andaba, me escondía constantemente, y huía de los hombres, (quizás por alguna temeridad de mi pasado).

A menudo me arrinconaba y me dejaba asustar por otros perros, ¡incluso más pequeños que yo!, pero el amor y la serenidad de aquella vida en común comenzó a ser el mejor tratamiento para mi autoestima y mi seguridad. Así, aunque tardé mucho en ladrar, cuando lo hice fue para defendernos de un canino que nos estaba asustando, ese día me sentí muy fuerte y útil.

Desde aquel encuentro han pasado siete largos años, y hemos vivido muchas cosas, Loli ya no está triste y nuestra vida en común ha sido realmente conjunta. La he acompañado a casi todos los sitios, hemos dormido juntas en hoteles, he viajado en coche cuatro veces a Suiza, la he esperado mientras ella daba clase de formación ocupacional en los pasillos de las aulas o mientras tenía reuniones, hemos paseado por nuestro río cientos de veces y he mordisqueado algunos cojines; hemos llorado ante nuestra primera y única larga separación, hemos dormido las siesta en el sofá o pasado las oscuras noches sobre su cama, hemos jugado con la pelota, salido a comer o tomar algo por las terrazas y ¡hasta incluso vamos juntas a clase de pintura desde hace seis años!.

En este tiempo me he ganado la fama de ser una perra muy buena y obediente, aunque como dice Loli, “soy buena, por que se que así me llevan a todos los sitios…” A medida que la familia ha ido creciendo, aunque sin salir del barrio, hemos cambiado de casa, y he tenido más espacio para mí.

De un viaje a las frías tierras suizas, Javi se vino a vivir con nosotras y aunque le ladré cuando quiso instalarse en nuestra casa, pronto me di cuenta que las raciones de mimos eran dobles y que en el sofá cabíamos perfectamente los tres, además me lleva a desayunar todas las manañas a su cafetería favorita y ¡hasta allí ya tengo mi sitio!

Siempre he sentido lo mucho que era querida, pero lo sentí aún más cuando mis patitas traseras comenzaron a flaquear, los dolores se hicieron insoportables y mi movilidad se vio seriamente afectada. Loli lloró mucho por mis dolencias, y Javi me portó en brazos muchas veces. Visité varios especialistas y finalmente en febrero de este pasado año la hernia discal fue extirpada. Mis miedos ante la operación se disiparon cuando tras el cristal contemplé el rostro de mi mami inquieta por mi salud y cuando al despertar de la anestesia sus besos cubrían mi morro. Y aunque siempre he sabido lo mucho que me quería, no fue hasta hace apenas seis meses al producir mis mamas leche para su cachorro recién nacido, cuando supe lo mucho que yo la quería a ella. Era tan fuerte nuestro lazo de unión que mi cuerpo quiso compartir con ella el acontecimiento más maravilloso de su vida, el nacimiento de su hijo Héctor.

Cuando el veterinario nos explicó lo que sucedía, una Loli emocionada me abrazó y me susurró en la oreja lo afortunada que era por tenerme a su lado. Ella siempre ha dicho que el destino nos cruzó en el camino para complementarnos y hacernos feliz mutuamente. Posiblemente nunca le estaremos lo suficientemente agradecidas, Guau, Guau.