Irresistible

Dormía plácidamente entre suave terciopelo y, aún recordaba mi nacimiento en aquella enorme casona, adornada con esmero, de paredes blancas, cortinones trasparentes y manos artesanas que acariciaban los hilos, bordados, lazos y delicadas vainicas.

Partí de aquel santuario al comercio más exquisito y lujoso de la Avenida de los Campos Eliseos de Paris. Me sentía único para seducir, excelente para enamorar, sólo para acariciar la más delicada piel y deslumbrante para los ojos de cualquier hombre enamorado viviendo el momento más íntimo de su primera noche de amor.

Ricardo había soñado con viajar a Paris con ella, aquel viaje tan deseado, confesarle su amor después de tantos años de visitas, de miradas… casi parecía un sueño poder pasar una noche inolvidable en aquella romántica ciudad al borde del Sena.

Varios días habían transcurrido agotadores, intensos por la romántica ciudad, conociendo cada rincón y conociéndose más estrechamente, ya los besos se repetían incesantes, sus manos se enlazaban sin remedio, y la pasión crecía a medida que los días culminaban finalizando el cometido del proyecto producto de su viaje de trabajo.

Y… aquella noche…. No tuvo dudas, Ricardo me vio a través de los cristales del escaparate de la Avenida y sin más dilación entró en la lujosa estancia mostró su Visa Oro y envuelto en papel de seda llegué al Ritz para cubrir y embellecer los pechos más hermosos nunca vistos y disfrutar del momento más deleitable que jamás había imaginado vivir.

- Gracias amor mío, lo voy a estrenar para ti, nunca había visto tan delicado encaje y trasparencias…
- Sólo digno de una reina, de la reina de mi corazón, de ti.

Abracé sus pechos sensuales, deseosos de caricias, las manos de él tocaban mis puntillas, pellizcaban mis insinuantes costuras, rozaban mis hilos de oro, mis brillantes alumbraban resplandeciendo y excitaban cada milímetro de mi escotado contorno.

Estaba creado para el amor y aquella noche de eterno deseo marcaba para siempre la misión que me habían encomendado. Mientras la luna me alumbraba de blanco inmaculado y jugaba con las estrellas de su ardiente entrega, el calor de sus cuerpos en continuo movimiento me hacía vibrar, temblando por las chispas que me salpicaban con sus voces, con sus susurros, con su contacto

Me dormí exhausto, satisfecho y tranquilo descansando sobre la cómoda, reflejado en la bandeja de plata, el espejo, las joyas y sabiendo, que el principal protagonista en aquella noche de cine y ensueño había desempeñado su mejor papel : resultar condenadamente irresistible, y lo había conseguido.