Lencería y trabajo

No tengo buen gusto para la ropa íntima. Lo reconozco. Cuando veo un conjunto interior, no sé distinguir entre la fina línea que separa la elegancia y el modernismo de la chabacanería y la ordinariez.

Por eso, cada vez que paseo por un mercadillo de nuestras ciudades, tengo que hacer auténticos esfuerzos por no comprarme uno de esos conjuntos llamativos de 5€, porque a mí, me parecen todos preciosos.

En cierta ocasión sucumbí a una de estas llamadas y me compré aquel conjunto morado con puntilla alrededor... digno del mejor Todo a 100 chino de la ciudad. Aquello era una ganga: 5€ ¡y traía tanga incluido¡

Claro que en el tanga no se habían gastado mucho, porque era poco más que 3 hilos unidos entre sí. Y, teniendo en cuenta mi considerable trasero, la inversión no merecía mucho la pena porque nunca lo iba a usar.

Pero aquel “elegantísimo” sujetador era un chollo y así me lo repetí mientras la buena señora me lo metía en una bolsa de plástico blanca y yo me lo llevaba a casa.

El sujetador estuvo varias semanas guardado en un cajón (el tanga pasó a mejor vida pronto) hasta aquella aciaga mañana en que no sonó mi despertador y me levanté 20 minutos tarde. A todo correr me puse lo primero que encontré en el armario y sin pensarlo dos veces eché mano de aquel sujetador. Sin desayunar ni mirarme al espejo fui corriendo a la oficina. Tenía una reunión que, si se definen según el número de asistentes, podríamos decir que era importante.

En aquella sala de reuniones estábamos unos 10 asistentes y llegó el turno de mi presentación. Hacía calor, así que antes de salir a la pizarra me quité la chaqueta.

Comencé las explicaciones y llegaron las preguntas. La charla se volvió más tensa y yo empecé a señalar gráficos y tablas con la mano. Aquella presión fue demasiado para los 5€ de sujetador: el maldito sistema de cierre se declaró en huelga y estalló dejando mis generosos atributos salir en estampida hacia la libertad.

Ahora pienso que no debí haberme quitado la chaqueta para la exposición, que no debí haber elegido aquella camiseta de licra ajustada y escotada y... sobre todo, no debí jamás haber comprado un sujetador por 5€.

El sobresalto de los asistentes (todos hombres) fue mayúsculo cuando en el momento de levantar mi brazo derecho hacia una gráfica y mientras miraba de frente a los asistentes, mi pecho sufrió un tsunami y sucumbió a la gravedad dejando mis atributos 10 cm por debajo de donde estaban acostumbrados a estar y el malvado sujetador subía a su vez otros 10 cm asomando por el generoso escote.

Afortunadamente la memoria es selectiva y del resto de la reunión tengo un vago recuerdo. Sólo recuerdo correr a por la chaqueta y evitar mirar a aquellos ejecutivos de 50 años con ojos desorbitados.

Todo ello con el sentimiento de haber perdido todo crédito profesional por sucumbir a los cantos de sirena de aquella vendedora de mercadillo. Aún resuena en mis oídos su reclamo: “ ALE MARÍAS, SUJETADORES A 5€, SEÑORAS. BUSQUEN EN EL MONTÓN”.