Exceso de peso, bajo deseo sexual, apatía... y, además, quieres llegar a todo. Si te reconoces en estos síntomas, te conviene seguir leyendo. Te revelamos las claves para desestresarte: alimentos + relajación + complementos. Verduras, pescado e infusiones son las bases de esta dieta. Síguela y te sentirás mucho mejor.

Madre de dos niños de cinco y dos años, y dueña de una papelería, Ana Belén Gómez no para durante todo el día. “Desde que los niños se despiertan hasta que me acuesto, mi vida es una carrera contrarreloj”, cuenta. “Sé que mi cuerpo no aguantará mucho tiempo este ritmo y, de hecho, hay momentos en que siento que estoy a punto de tirar la toalla. Ya no voy al gimnasio, no me apetece salir, duermo mal, evito las relaciones sexuales... En lo único que pienso es en que llegue el fin de semana para tumbarme en un sillón mientras alguien se lleva a los “peques” al parque. Lo peor de todo es que, con esta vida frenética, he engordado 10 kilos. ¿Hay alguien capaz de explicarme esto?”, se pregunta.

Belén y muchas mujeres que se reconocen en ella, quizá se sientan aliviadas al saber que lo que les pasa ya tiene nombre: síndrome de la mujer acelerada. Acuñado por el dr. Brent Bost, obstetra y ginecólogo norteamericano (autor del libro “The hurried woman syndrome”, gran éxito de ventas en Estados Unidos), afecta al 25% de las norteamericanas de entre 25 y 55 años, porcentaje que Bost considera aplicable a muchos países occidentales. Si bien se da sobre todo en madres jóvenes que intentan compaginar trabajo, casa y vida de pareja con la atención a los hijos, también puede afectar a mujeres solteras y madres de familia con múltiples obligaciones y escasa ayuda.

Como explica el autor en su libro, la causa del problema es “el estrés crónico y el estilo de vida acelerado que muchas mujeres aceptan como normal”. Una serie de síntomas lo definen:
• Aumento de peso.
• Bajo deseo sexual.
• Apatía y cansancio.
• Cambios de humor.
• Alteraciones del sueño.
• Problemas digestivos.

“Con el tiempo, esa serie de síntomas conducen a un estado pre-depresivo, no tan serio como la depresión declarada, pero que hay que vigilar”, explica el ginecólogo. ¿Y qué deben hacer mientras tanto las mujeres que observen dos o más de esos síntomas? El consejo de Bost es que consulten al médico de cabecera, porque estas señales pueden obedecer a otros problemas médicos, como la anemia, el hipotiroidismo o algún tipo de infección o anomalías metabólicas que cursan con cansancio y aumento de peso. Descartados dichos trastornos, hay que empezar a pensar en el estrés crónico como causa.

“La principal dificultad de este trastorno es que poca gente lo reconoce como tal”, señala Laura Berman, codirectora del Centro de Medicina Sexual de la Mujer de la Universidad de California (EE.UU.), una de las investigadoras más relevantes en el campo de la salud femenina. “Las mujeres no interiorizamos la idea de que estamos esforzándonos demasiado y algunos médicos ni siquiera consideran el problema porque piensan que el estrés forma parte de nuestra vida. Es cierto que es algo muy común, pero el estrés crónico, ése que nunca remite y al que los estudios asocian con problemas de salud –desde la diabetes y la depresión a la obesidad, pasando por la hipertensión y el riesgo cardiovascular–, no se debe considerar como normal”, asegura esta experta.

Para Ana Gorriti, directora de marketing de una empresa de moda con sede en Madrid, las razones que llevan a la mujer a esa situación son obvias: “Nosotras tenemos tanta habilidad para simultanear tareas y obligaciones, que seguimos intentando llegar a todo –intendencia de la casa, hijos, trabajo, salud familiar...–, sin darnos cuenta del precio que estamos pagando en concepto de bienestar y salud. Mientras tanto, todos esperan que el cuerpo de la mujer aguante lo que le echen”.

Otra explicación que aclara por qué el problema afecta específicamente a las mujeres, es que cada sexo responde de forma diferente al estrés, esa reacción de “lucha o huida” desarrollada por nuestros antepasados prehistóricos frente a las amenazas del entorno. “Los hombres generan preferentemente una respuesta de lucha y producen testosterona”, explica Bost. “A menudo, esa reacción estimula en el hombre una mayor actividad sexual. En la misma situación, la mujer adopta a menudo la posición de “huida” y produce la hormona oxitocina. Cuando el estrés es crónico, el resultado es una cascada de respuestas orgánicas que se manifiestan como síndrome de la mujer acelerada”, advierte. Para algunas mujeres, la solución pasa por los antidepresivos y la terapia psicológica. Para la mayoría, puede ser suficiente con aprender a simplificar, organizar, priorizar y adoptar una serie de cambios en el estilo de vida y la dieta, que ayuden a restaurar el equilibrio perdido.

“Otro primer paso importante puede ser el de aprender a decir no, incluso a los hijos –señala Berman–. Hacerlo es pasar de una posición pasiva a una activa; es decidir lo que queremos realmente, en vez de actuar en respuesta a los deseos ajenos”, añade. Si una mujer tiene taquicardias, duerme mal, se siente deprimida, ha engordado y perdido el deseo sexual, debería empezar a hacerse las siguientes preguntas: “¿Cuáles son mis expectativas? ¿Cuáles, mis prioridades? ¿Qué quiero yo realmente?”. Las mujeres solemos situarnos en el último lugar de la lista. Prometemos que vamos a cuidarnos, pero esas promesas son siempre del tipo de “empezaré a pensar en mí cuando tenga tiempo, lo cual quiere decir nunca. Para los expertos, a estas alturas, a la mujer le ha llegado la hora de pensar en sí misma.

ASÍ TE ENGORDA EL ESTRÉS 

• En una situación de estrés crónico, el organismo estimula la producción de cortisol (la llamada hormona del estrés) y de insulina. Como consecuencia, el apetito aumenta y también las ganas de tomar dulces y féculas (lo que se conoce como “alimentación hedonista”). 

• Esa forma de comer favorece el almacenamiento de grasa, lo que, a su vez, genera altos niveles de sustancias inflamatorias en el hígado. El resultado es la resistencia a la insulina, estadio previo a la diabetes del tipo 2, que provoca un aumento adicional del apetito. 

• El problema afecta también al cerebro. Cuando intentamos aliviar el estrés con comida, activamos el centro de recompensa del cerebro. Pero, cuando la sensación de bienestar generada por el helado o las patatas fritas se disipa, volvemos a sentir deseos de tomar más del alimento que nos ha relajado. 

• Es errónea la idea de que el deseo de comer obedece a sensaciones de hambre. Y es un mito pensar que podemos resistir las tentaciones sólo con fuerza de voluntad. En realidad, lo que sucede en nuestro cerebro tiene mucho que ver con nuestra forma de alimentarnos. Si comprendemos cómo las emociones estimulan nuestro deseo de comer, podremos desarrollar estrategias para alimentarnos mejor.

• ¿Objetivo final? Mantener las hormonas del bienestar en niveles satisfactorios y evitar los altibajos hormonales que nos llevan a la obesidad.

AYUDA DE HERBOLARIO
Junto con el ejercicio físico, la dieta sana y equilibrada y otros cambios en el estilo de vida, las plantas pueden ser de gran ayuda para contrarrestar los efectos negativos del estrés y, así, frenar los procesos que conducen a la obesidad. Éstas pueden servirte:

• Si te sientes bajo presión, tienes taquicardias y sensación de que te falta el aire, puedes encontrar alivio en el espino albar y la tila.
• Cuando el estrés afecta a tu sistema digestivo, recurre a la manzanilla y la menta piperita.
• Si sientes tensión en los hombros, sufres de insomnio y tienes ataques de pánico, prueba con la valeriana.
• La matricaria y la corteza de sauce pueden ayudar cuando el estrés se asocia a cefaleas de tensión y migrañas.
• Si tienes despertares nocturnos, te conviene la pasiflora. Pero si lo que te cuesta es conciliar el sueño, puede venirte bien la pavolina.
• Cuando sientas agotamiento nervioso toma avena, tanto en infusión como en alimentos.
• Algunos naturópatas recomiendan para el estrés crónico un suplemento multivitamínico diario que tenga entre el 100% y el 300% de las dosis diarias recomendadas de vitaminas del grupo B y de los minerales calcio, cinc, cromo, cobre, hierro, manganeso, magnesio, molibdeno y selenio.