Adictos 3.0, de los 'cupcakes' al whatsapp

Kate Perry Kate Perry con un original vestido de 'cupcakes'.

Pastelitos de colores con efectos casi lisérgicos, teléfonos inteligentes con aplicaciones que nos impiden dormir... las nuevas adicciones se expanden, bajo la máscara del placer, en monodosis de felicidad. ¿Son tan inocuas?

El 9 de junio de 2013, a las 11 de la mañana para ser exactos, el perfil en Facebook del término anglosajón “Cupcakes” acumulaba 3.145.013 “me gusta”. En ese preciso instante, además, 6.273 usuarios estaban hablando del tema en la red social. Ajá. Pero, ¿de qué tema? Pues eso: de los “cupcakes”. Sin más. Antes de seguir, aclaremos conceptos, según Wikipedia: “Un “cupcake” (literamente, “pastel de o en taza”), también conocido como “fairy cake” o “patty cake”, es una pequeña tarta individual, frecuentemente cocinada en un molde similar al empleado para hacer magdalenas. Se trata de una receta de origen estadounidense a base de mantequilla, azúcar, huevos y harina, e incluye añadidos como glaseado o virutas”.
El dulce. La infancia. La nostalgia recién horneada. Proust, por supuesto. Y, por encima de todo, el individualismo, la monodosis de la felicidad.

Los “cupcakes” están llamados a ser el paradigma global de las nuevas adicciones, esas que, frente al rechazo que provocan otros “enganches”, entendidos como la consecuencia de cierta de debilidad moral y/o social (drogas, alcohol, tabaco...) reciben el aplauso de la tribu en la era de la austeridad.

Esta afirmación, que suena a chiste porque algo de ello tiene (riámonos de nosotros mismos, empecemos por ahí) nace del estudio realizado por el periodista británico Damian Thompson en el libro “The Fix: how addiction is taking over your world”, de Ed. Collins (“Cómo la adicción se está apoderando de tu mundo”), un libro que acaba de aterrizar en las estanterías inglesas y que ha levantado enorme polvareda mediática. En él, Thompson afirma que la cocaína, el café, los relajantes con prescripción médica, la pornografía, los teléfonos inteligentes, los pastelitos de colores... todo es susceptible de compulsión en un mundo que, para él, hoy más que nunca tiende a ser adicto por naturaleza.

Sí, más adelante hablaremos de “smartphones” y, por extensión, del seductor universo Apple, pero antes volvamos a los “cupcakes”.
Se cumplen ahora 15 años de aquel día en el que una tal Carrie Bradshaw clavó el tacón de sus “manolos” por primera vez en el asfalto neoyorquino, acompañada por sus tres inseparables y fieles amigas. En total, cuatro arquetipos tan facilones y manidos a priori como los de las “Mujercitas” de Louise May Alcott daban forma desde ese mismo instante a “Sexo en Nueva York”, la serie que, tras los destellos de carísimos diamantes y el “bling-bling” del capitalismo loco (corrían buenos tiempos entonces), nos inculcó un modus vivendi de trasfondo “peterpanesco” y perfil claramente adictivo. En el quinto episodio de la tercera temporada, Carrie conocía a Aidan, un momento clave en su devenir de alegre soltera. Y, mientras ella se enamoraba... –¡Atención!– el orbe entero descubría los “cupcakes”. Los “cupcakes” de Magnolia Bakery, mejor dicho. Una pastelería más de Manhattan (apenas llevaba cuatro años abierta), pequeña, algo cursi, de aire retro y atestada de colorantes.

Tres lustros después, Magnolia Bakery es una rentable cadena que vende dulces por doquier.
E, incluso, en casi todas las ciudades españolas existen hoy negocios similares en cada esquina, todos con nombre anglosajón y deudores de esa suerte de Macondo “posh” en el que Carrie se saltaba la dieta. Porque ojo, la dieta tiene mucho que ver en este asunto.

Hambre voraz


Tras los excesos alimentarios de las dos últimas décadas del siglo XX, cuando la locura “fast food” y los productos transgénicos campaban a sus anchas, el XXI comenzó obeso y dispuesto a cambiar sus hábitos: así, las enormes hamburguesas, con envoltorio de papel rojo, dejaron paso a ligeras ensaladas, “wraps” integrales, envases de cartón reciclado y culto al verde.

Pero el hombre occidental, ese hijo del consumismo voraz que ahora se ha puesto a plan, necesita recibir estímulos de vez en cuando entre dieta y dieta, “chutes” cargados de azúcar, grasa y colorantes artificiales que parecen menos peligrosos si vienen en la monodosis (todo lo pequeño se vende mejor) prevista por los “cupcakes”.

Sin embargo, el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas estadounidense ya ha alertado de que los dulces, por muy “bonitos” que sean, suponen un riesgo para la salud; y Nora Volkow, su directora, aseguraba recientemente que “el primer indicio de que los alimentos grasos y azucarados puede ser adictivos proviene de estudios realizados con roedores, ya que los alimentados con siropes desarrollan cambios de comportamiento cerebral similares a los que son adictos a la morfina”. Además, Volkow reconocía alteraciones “muy llamativas y cercanas a las producidas con la heroína y la cocaína” si los animales se daban atracones de dulce. Ni siquiera tras recibir descargas eléctricas cejaban en su empeño por devorar.

Los “cupcakes” se comen, eso ya lo tenemos claro. Pero también se fotografían, se comparan, se rastrean... y representan así el lado plenamente “virtual” de tal adicción. El blog Search Insights, que analiza todo lo que se esconde tras las búsquedas de Google, lanzó un vídeo en 2012 para mostrar la increíble expansión internacional de la palabra “cupcake” desde 2004. De Estados Unidos al resto del planeta en solo ocho años, hasta estar en la lista mundial de los 10 términos relacionados con la comida más usados. Ahí están las pruebas: las fotos se comparten en Instagram, Pinterest, Facebook y Twitter, se exponen tal si fueran preciadas obras de arte y reinan en esa ultímisima tendencia llamada “foodporn”, referida a ciertas fotografías de platos de comida que son editadas y retocadas con el fin de aumentar su perfección y belleza “hasta rozar lo pornográfico”.

¿Viaje ligérsico?

Sí, el placer de tomar un dulce en la era 3.0 va más allá de lo meramente gustativo... porque estos pastelitos representan una manera diferente de ver la vida. Más edulcorada, sin duda. Y es aquí donde nos encontramos con el cariz más “peterpanesco” de esta adicción: un universo cromático similar al de una película de Tim Burton (pensemos en “Charlie y la fábrica de chocolate”), repleto de virutas de chocolate, “toppings” de fresa y remolinos de vainilla, conecta al individuo con un mundo de fantasía tangible, una vía de escape saturada de color como si fuera una montaña rusa de caramelos... Casi tan pop como aquellos viajes de los 60 a bordo del LSD pero, a priori, sin tantos ni tan nocivos efectos secundarios.

¿Caramelos? Vaya, eso me recuerda que no sé si seré capaz de concentrarme en la pantalla del ordenador y terminar este artículo. Lo reconozco, mi vista se escapa irremediablemente hacia otra pantalla más seductora: soy una de las 45 millones de personas enganchadas a Candy Crush Saga, el juego para Android y Facebook que en apenas seis meses nos ha llenado el cerebro de golosinas envueltas en gelatina, chocolates con onda expansiva y bombas de azúcar. No es broma: la red está repleta de chistes sobre el adictivo afán de explotar caramelitos sin freno.

En su libro, Johnson también se refiere al enganche a los dispositivos móviles y, por ende, a todo lo que ofrecen, desde un simple juego de caramelos a la geolocalización, las siempre activas redes sociales o absurdas aplicaciones como esa que calcula los pasos que das de casa al trabajo o una que te dice a qué famoso te pareces. Apps sin las que millones de usuarios reconocen que no podrían vivir. Ya no. Pero Johnson da un paso más y dispara sus dardos contra los productos estrella de Apple: el iPad y el iPhone. Un estudio realizado por la Universidad de Stanford le dio la razón al concluir que uno de cada 10 encuestados asumió su adicción al iPhone, muchos aseguraron que perderlo “sería una tragedia”, el 75% reconoció que dormía junto al teléfono todas las noches y un 30% lo definió como “una ventana abierta al mundo”. Sí, aunque a menudo acarree la creación de uno paralelo, onanista y de trazo asocial. En España, una recientísima encuesta realizada por Telefónica concluye que el 40% de los jóvenes de nuestro país “no puede vivir sin su “smartphone”.

Y no solo los jóvenes. Una clínica de Londres pionera en la creación de programas de “desintoxicación tecnológica”, recibió el pasado abril a su paciente más joven: una niña de cuatro años. Tras filtrarse la noticia, el doctor Richard Graham explicó a los medios británicos que la pequeña “llegaba a usar su tableta tres o cuatro horas al día y cada vez se mostraba más inconsolable y agitada cuando se lo quitaban”. Además, avisó de los peligros del dipositivo: “Sus potentes colores actúan como reclamo, por lo que los niños querrán usarlos a todas horas”.

Gratificación inmediata

Como en los “cupcakes”, los colores actúan como primer reclamo y símbolo de la gratificación espontánea, aunque tenga mucho que ver también una potente mercadotecnia para hacer que sintamos sus creaciones como productos de primerísima necesidad. Con todo, el caso de la niña no debería sorprendernos, pues los adultos no nos quedamos atrás: de media, chequeamos nuestro “smartphone” solo cada seis minutos, mientras que uno de cada cuatro usuarios llega a admitir que pasa más tiempo conectado a la Red que dormido. Paradójico, porque este tipo de adicción sigue sin quitarnos el sueño. De momento. 

Cuando la batería se agota


-“Es que dura muy poco” podría ser la letanía del mártir 3.0, que comprueba angustiado cada día lo rápido que se consume la batería de su “smartphone”. Tanto es así que miles de foros ofrecen en la web trucos de optimización de todo tipo, desde salir de las aplicaciones que no estés usando hasta bajar el nivel de brillo de la pantalla. Vanos intentos a menudo... porque, efectivamente, la batería “dura muy poco” en comparación con nuestra creciente necesidad de estar conectados sin tregua. Por eso, cada vez son más los bares y restaurantes que disponen de cargadores para los clientes, e incluso en las megalópolis asiáticas ya existen puestos callejeros en los que puedes dejarlo enchufado para recargarlo.

Esta dependencia puede parecer ridícula... pero no lo es.
Tenemos cargadores en casa y en el trabajo, los llevamos en el bolso, cuando vemos que el límite baja del 10% buscamos desesperados a quien nos lo preste... (“¿Me dejarías tu cargador?, por favor...”, dices compungido). Pero, ¿qué pasa si, de repente, se apaga? Pocos lo saben. Y pocos repetirían tan amargo trance.