Supermadres: una vida en multitud

  • Mesas llenas de platos, lavadoras con toneladas de ropa, alacenas con provisiones masivas... Así es la vida abarrotada de dos madres con 6 y 11 hijos

Una vez detuvieron a María por “transporte escolar encubierto”. Ella le dijo al policía que los 11 niños que viajaban en la furgoneta eran todos sus hijos. El agente se quedó helado: “Pensaba que le estaba tomando el pelo”. Ya hace varios años de ese episodio y, aunque sus hijos se han hecho mayores y algunos, dice, ya sólo la necesitan “para hacerse el nudo de la corbata o cortarse el pelo”, todavía el hogar de esta mujer sigue desconcertando a los que opinan que, en un mundo como el nuestro, criar a más de dos niños es un atentado contra el sentido común. Veamos las cifras de María: Darío (32, es hijo de una relación anterior de su marido), Juan (23), Jorge (22), José María (19), Pedro (18), María (17), Guillermo (13), Esteban (11) y Alejandro (8). Y no olvidemos a la perra Fiona y al loro Pipo. Ahora comparemos las cifras estadísticas: la media española es de 1,4 hijos y la tasa de nacimientos ha descendido un 3,2%. Hay cinco millones de parados. En un país donde la crisis se traduce en menos matrimonios y menos hijos, una familia súpernumerosa (y feliz) es una clara anomalía. O una extraña forma de locura y amor.

“Si hubiera empezado a ser madre durante la crisis, me hubiera plantado en tres”, reconoce Susana, madre de seis: Cristina (18), Jordi (14) Ignaci (11), Silvia (8), Pau (7) y Marcos (4). “Nos tocaron buenos tiempos. A Jordi, mi marido, le empezó a ir bien y fuimos aumentado la prole. Salvo el quinto, a todos los buscamos. Nunca pensamos “qué vengan los que quieran”. Fue una decisión meditada. Somos católicos, pero nuestra opción de vida no tiene que ver con la religión. Lo hemos hecho porque venimos de familias numerosas y nos encanta el vínculo entre hermanos”.

“¿Maruja yo?”
María tardó un año en quedarse embarazada por primera vez: “Pensé que quizá no podría tener hijos, fíjate qué visionaria… Así que nosotros, quizá con algo de locura, decidimos dar la bienvenida a cada uno de nuestros hijos sin planificar. Ya sé que hoy en día la gente calcula escrupulosamente la maternidad, pero en esta paleta de colores, que es la mujer del siglo XXI, yo pongo un matiz distinto”.

Para ser ambas madres de familias numerosas, Susana Platas y María Jesús Gil tienen vidas muy distintas. Susana terminó la carrera de Ciencias de la Información, pero nunca ejerció. Al tener su primer hijo, Jordi, su marido, empezó a ganar mucho dinero y decidieron que ella se ocuparía exclusivamente de la casa y los niños: “Me da igual no haber ejercido. Al principio, había gente que no entendía que me quedara en casa, haciendo de “maruja”. Ahora que esta misma gente ya tuvo sus propios hijos no dejan de decirme: “Qué bien estás, qué buena vida llevas...” .Y la verdad es que compaginar trabajo e hijos es muy difícil. Yo valoro mucho poder criarlos. De hecho, decidimos hacerlo solos y casi no hemos necesitado de abuelos. La gente piensa que soy millonaria, pero yo hago toda la faena de la casa y mi marido se gana bien la vida, pero nada más”.

María, en cambio, es directora de su propia empresa de software. Trabaja, como cualquiera con horario de oficina, hasta la seis de la tarde. Parece difícil de creer que haya podido criar a sus 11 hijos y además hacerse cargo de un negocio, pero ha sido capaz. Infatigable, no hubiera podido hacerlo sin cómplices: comparte a partes iguales la crianza con su marido, con sus padres, y con la señora que le echa una mano con la limpieza. “A veces me siento un poco sobrevalorada, porque no soy ninguna “superwoman”. Soy como todas, con buenos y malos días, aunque claro, a la gente le sorprende este familión”.

Evitar el caos.
Ahí está Susana, levantándose a las siete menos cuarto para preparar el desayuno. Su rutina empieza al amanecer y no termina hasta que anochece: los despierta y, mientras va haciendo las camas y ventilando, los viste, les da el desayuno y luego los lleva al colegio. Pone tres lavadoras al día –el marido les trae ropa barata de Estados Unidos y los niños, “qué alivio”, van en uniforme al cole– y plancha al menos 15 minutos al día. A la una del medio día va a buscarlos otra vez para darles de comer. Mientras ellos están en clase, ha aprovechado para hacer ya las compras que faltaban y para cocinar. A las tres los devuelve de nuevo al colegio y a las cinco los recoge. Después, todo va más rápido: ducha, cena, deberes, juegos, los pequeños a la cama a las ocho y media y los mayores, a sus habitaciones. “A las nueve ficho y se acaba la jornada laboral de mamá”, bromea. A nosotros, solo de contarlo ya nos cansamos. Su secreto: “Soy muy sargento, me llaman “la Rotenmeyer”. Como somos muchos, tiene que haber organización y colaboración: para comer, para la ropa, para los baños... Es como un pequeño cuartel. Tengo muy buen carácter, pero basta con una mirada o una frase seca para que sepan lo que tienen que hacer. No puedes improvisar con tantos, sería un caos terrible”.

Cuando la séptima hija de María nació el mayor tenía seis años. “¿Te puedes imaginar lo que fue eso?”, me pregunta. Cualquiera que haya tenido un hijo, uno nada más, es incapaz de imaginar la escena sin sentir al instante un sudor frío. ¿Es la casa de una súpermadre como una guardería vitalicia en la que hay que cumplir 24 horas de jornada laboral a cero euros?

María enumera cinco hándicaps de su opción vital: “Primero, que nunca seremos ricos porque todo lo que entra se lo comen mis hijos, literalmente; segundo, que a veces echo de menos el silencio porque es un bien escaso en mi vida; tercero, que mis niños rompen todo, así que en casa ya no me queda nada entero –y envidio la casa de mis amigas, con sus adornos y cuadros intactos; cuarto, la compra pesa mucho...”. Pero si hay algo que le preocupa a María es el quinto punto en su lista, algo que comparte con otras madres con menos prole: “La sensación de no llegar a todo, de ser mala madre, mala profesional y mala esposa, porque el tiempo no es elástico y se requiere para educar, trabajar y amar. Los profesores de mis hijos me decían: tiene que hacer los deberes con el niño, solo le tomará media hora al día, pero si multiplicas esa media hora por 11…¡Es imposible! Al final, no sabes bien cómo, pero las cosas salen no del todo mal”. Susana es mucho más escueta, pero igual de lapidaria que María con respecto a los problemas. ¿Qué es lo peor de ser una súpermadre? “Lo peor es la incertidumbre, no saber lo que nos espera en el futuro: posibles enfermedades, desengaños personales y dificultades económicas”. Sus miedos son los de cualquier familia, pero multiplicados por cada una de las personas que la integran.

La soledad imposible.
Jorge Durá (22), el tercer hijo de María y estudiante de ingeniería naval, está orgulloso de sus padres: “En mi casa hay mucho cariño. Mis hermanos son mis amigos. Somos muy afectuosos y emotivos, pero si nos peleamos también lo hacemos a lo grande. Cuando hay una discusión es un auténtico escándalo, se mete uno y otro y otro... y la gente acaba con mal rollo. Pero también los buenos momentos son más exagerados porque hay más gente disfrutando”. Cristina, la hija mayor de Susana, cree que lo mejor es la alegría y la compañía que siempre hay en casa. “Es bonito tener hermanos para jugar. Lo malo es el ruido, y también que a veces los peques molestan y no tienes ni un rincón para estar solo”. Ninguno de los dos se plantea formar una megafamilia. “No me veo capaz –dice Jorge–, y eso que yo soy de los que cuido de mis hermanos pequeños, les llevo a la montaña y a la playa. Cojo a cuatro, y al rato ya estoy que me subo por las paredes. Hay que tener un don”. Según él, al ser tantos, la gente cree que están desatendidos, pero es todo lo contrario: “Mis padres nos dan un trato especial a cada uno. Yo tengo mis propios problemas y ellos saben cómo tratarme. Si me han regalado algo de 50 € y a mi hermano algo de 200 es porque mi hermano lo necesita. No tiene que ser todo equitativo, nuestros padres comprenden profundamente a sus hijos. Estamos acostumbrados a compartirlo todo porque es lo que hay”.

¿Y cómo hace un matrimonio para tener vida de pareja rodeada de niños y adolescentes? “Hay que buscar los momentos –afirma María–, salir los dos de vez en cuando, aunque solo sea a tomar una cerveza para poder desconectar y charlar a solas”. Susana coincide: “Es difícil tener vida íntima, pero nos las ingeniamos. Hace tres semanas, Jordi y yo nos fuimos a Alemania y dejamos a los niños con la mayor, Cristina”.

La paz, al parecer, llega tarde o temprano y, por supuesto, pese a lo que les está costando, ninguna se arrepiente de nada. Susana se confiesa: “¡Claro que hemos elegido el camino complicado! Con menos hijos, habría tenido una vida más tranquila y cómoda, quizá mas pija, con más libertad, pero compensa. No cambio a mis hijos por una casa o un coche mejor.” Para María, “la paternidad debe ser responsable, tengas uno u 11 hijos, no es fácil pero es gratificante ver como se van convirtiendo en hombres y mujeres de una pieza, cada uno con su carácter”.

Mañana es el cumpleaños de Ignaci, el tercer hijo de Susana. Pondrán el árbol de Navidad, pasarán la tarde patinando en una pista de hielo y acabarán el día compartiendo sofá para ver el partido del Barça. Quizá la mejor solución para la complicada vida de una familia numerosa se encuentre en los detalles más sencillos, que es, finalmente, donde todos encontramos la felicidad.