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Foto: "Érase una vez...", así comienzan la mayoría de los cuentos que llevamos escuchando desde que éramos pequeñas. A través ...

Érase una vez...

  • ¿Qué pasaría si Blancanieves huyera al ver el desastre de la casa de los siete enanitos? ¿Y si la Bella Durmiente no despertara porque no le gusta el beso del príncipe? El final habría sido otro.

"Érase una vez...", así comienzan la mayoría de los cuentos que llevamos escuchando desde que éramos pequeñas. A través de estas historias, la niña percibe infinidad de mensajes acerca de su condición de mujer y sobre lo que puede esperar de otras mujeres. Todo ello, en un clima privado de amor incondicional, por el que se cuelan numerosos códigos de conducta sobre cómo debe ser una buena niña y cómo son las féminas que consiguen buenos pretendientes. Sin contar, además, que se pueden aprender muchas cosas sobre la maldad de las madrastras o sobre lo qué envidian de verdad las hermanastras. Todos estos argumentos no sólo dan una imagen errónea de qué es ser mujer, sino que enseñan a fomentar vínculos negativos en la formación de segundas o terceras familias, donde los padres divorciados aportan hijos al nuevo grupo. Sólo escuchando el relato de Blancanieves se les está diciendo a las pequeñas que una verdadera mujer debe atender a siete pequeños hombres que no hacen nada más que trabajar.

Esto no significa que los cuentos de hadas no resulten emocionantes. Tampoco hay que dejar de leerlos; simplemente hay que adaptarlos. Debemos explicarle a las niñas –y a los niños– la falsedad que se esconde en ciertos estereotipos. Y es que vistos de este modo, los cuentos de hadas pueden ser las armas perfectas para combatir falsedades, tales como la superioridad de los hombres frente a las mujeres, la rivalidad existente entre hijas legítimas o la supuesta maldad de las madrastras y hermanastras. Hay que explicar que estos estereotipos ya no operan como modelos y que tales descripciones se basan en la ignorancia. Placer narrativo, sí; racionalidad y sentido común, también.

El propósito de los cuentos de hadas es que la niña disfrute con la historia. Sin embargo, contienen la materia prima perfecta para que los padres enseñen a sus hijas valiosas lecciones sobre los efectos dañinos de la competitividad negativa. Ningún sapo se convierte en príncipe con un beso, como tampoco ninguna mujer con su rivalidad hacia otras mujeres logra lo que se propone. Lo consigue con su inteligencia, destreza y habilidad. Esto lo entendemos a los 30 o 40 años, cuando ya sabemos ponernos en el lugar de otra mujer. Entonces, ya no hay escapatoria para la solidaridad.

Sapos y princesas

Cuando se retira la fantasía del sapo; cuando la otra deja de ser una enemiga; cuando el único rescate pasa por nosotras mismas, cuando salimos a buscar nuestro zapatito de cristal y nos vamos a casa con él en la mano, entonces estamos preparadas. A partir de ese momento podemos inventar cuentos, donde los finales son abiertos y ofrecen alternativas a los modelos tradicionales. En ellos se enseña a superar las limitaciones de género y ya no pesan los prejuicios sobre la mujer.

En suma, cuando conquistamos una mirada del mundo femenina y transgresora, que puede ver que incluso Caperucita es capaz de reconocer su ferocidad interior por la hostilidad que hay entre su madre y su abuela. Una mirada que se niega a que en las películas infantiles se presente a las chicas de pueblo que buscan marido guapas, coquetas, tontas y poco inteligentes. O que se revela para que los personajes masculinos no sean denominados por su profesión o adictos al trabajo. Hay que narrar cuentos en los que las mujeres pueden expresar sus sentimientos y los hombres, llorar. Cuentos, donde los personajes masculinos barren la casa, mientras las mujeres leen un libro; donde una niña no se mira al espejo y ve una princesa que primero tuvo que ser Cenicienta; y donde dejamos de leer historias de lobos y adolescentes que desaparecen en los periódicos.

Independientes

Transmitir la voz femenina a través de los cuentos infantiles implica descartar valores estereotipados que impiden un lenguaje personal. Tienen que hablar a sus emociones, a su mundo y las protagonistas deben ser mujeres. No podemos pedir a las nuevas generaciones que sean autónomas, cuando lo que se les transmite es que sólo logran lo que quieren las mujeres bellas y desprotegidas. Al menos para que de ahora en adelante las princesas no se dejen engañar por falsos salvadores y que, cuando le pidan su mano, puedan responder: “Gracias por la oferta, pero no soy un objeto”.

Lecturas con contenido

Para ayudarnos en este proceso, hay una lista de cuentos infantiles en los que no se transmite que ser mujer implique tener que ser dependiente, insegura, pasiva, tranquila irresponsable, detallista, sensible, emotiva, defi nida por la belleza o por la reducción de la propia autonomía. Son cuentos que podemos empezar a contar ya:
• Juana Calamidad contra el hombre-lobo, de Paco Climent.
• Cada uno es especial, de Emma Damon.
Mercedes quiere ser bombera, de Beatriz Moncó.