Adolescentes: El precio de los complejos

  • Cada día hay más sobrepeso en España, y el aumento es espectacular en la juventud. Los mensajes para adelgazar no parecen ayudar, sino todo lo contrario. ¿La paradoja? Obsesionarse con el peso aumenta las probabilidades de desarrollar obesidad. 

Todos hemos oído hablar de chicas con anorexia que se ven gordas aunque tengan un peso muy inferior al normal. Es un síntoma de esa patología, conocido como trastorno dismórfico corporal. Pero lo que le sucede a Loreto Echeverría, de 17 años, no es exactamente lo mismo. Aunque no padece ningún trastorno de conducta alimentaria y tiene un peso normal, se ve “muy gorda”. “Últimamente solo me compro ropa tipo saco, porque estoy gorda en comparación con mis amigas. De hecho, salgo cada día menos y si lo hago, evito hablar con chicos porque pienso que es imposible que con mi cuerpo pueda gustar a alguien”, confiesa. Lo que Loreto no sospecha es que esa percepción errónea de su peso puede ser su mayor enemigo.

Años más tarde

“Hemos comprobado que adolescentes y jóvenes que se ven a sí mismos gruesos cuando no lo son tienen más probabilidades de desarrollar obesidad”, explican los autores del estudio Young HUNT, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Noruega, que han decidido estudiar la obesidad desde un ángulo nuevo: la relación entre el peso percibido y el real, y el impacto de esa visión en el riesgo de exceso de peso. Estudios parecidos llevados a cabo en mujeres y hombres adultos ya habían dado resultados similares, pero el problema resulta ser más común en adolescentes y jóvenes, el grupo más preocupado por su imagen y por ajustarse a los cánones de belleza dominantes.

“Los adolescentes que se ven gordos a pesar de tener un peso normal acababan teniendo un IMC (índice de masa corporal) mayor que los que no tenían esa percepción distorsionada de su peso”, explican los expertos noruegos. Realizado en dos tandas, la primera entre 1995 y 1997 y la segunda entre 2006 y 2008 –cuando los jóvenes tenían ya entre 24 y 30 años de edad–, en la observación posterior se vio que el 59% de las chicas que se veían gordas sin serlo habían desarrollado obesidad según su IMC. Si lo que se observaba era la circunferencia de la cintura (indicador de obesidad abdominal) el porcentaje de obesas aumentaba al 78%.

Como contraste, menos de la tercera parte de las chicas que no se veían gruesas en la adolescencia eran obesas de adultas. El porcentaje ascendía al 55% si se observaba la medida de la cintura.

“Hay diversas y complejas razones que pueden explicar por qué una chica que se ve gorda, aunque no lo esté, tiene más probabilidades de acabar siéndolo –explica el dr. Javier Salvador, presidente de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN)–. Una explicación posible está en el estrés psicosocial asociado a la obsesión por llegar a tener un cuerpo ideal, un tipo de estrés crónico que aumenta los niveles de las hormonas que favorecen el exceso de peso y, en especial, la obesidad abdominal, considerada la más peligrosa”, reconoce.

Mayor estrés

Otra posible explicación que ve el dr. Salvador está en que los jóvenes que se perciben como gruesos introducen constantes cambios en sus hábitos de alimentación, por ejemplo, saltándose comidas o el desayuno o siguiendo dietas deficitarias. “Numerosas investigaciones han comprobado, por ejemplo, que las personas que no desayunan tienen mayor riesgo de obesidad”, aclara el experto. “A la vez, las dietas imposibles de mantener a la larga son contraproducentes, porque con esos regímenes drásticos y de corto plazo, el organismo se esfuerza por recuperar el peso anterior al inicio de la dieta”, añade.

La investigación noruega también quiso comprobar el “peso” que tenía la actividad física en el riesgo de obesidad de los jóvenes estudiados. Sorprendentemente, se comprobó que el ejercicio no compensaba del todo el efecto negativo que producía el hecho de verse gordo y el estrés asociado al mismo. Aún así, los expertos noruegos dicen que conviene reflexionar sobre el efecto de la vida sedentaria. Al contrario que en épocas anteriores, este colectivo pasa cada vez más tiempo sentados.

Medidas sencillas

La consecuencia de ese “exceso de silla” es la característica “barriga de conductor” (que los americanos llaman “commuter belly”), asociada a todo tipo de problemas de salud, como la diabetes, la hipertensión y la enfermedad cardiovascular. Este estudio ha corroborado, además, algo que todos intuimos: las chicas tienen más tendencia que los chicos a verse gordas, un 22% frente a un 9%. “Una explicación de esa diferencia de género puede estar en la mayor presión que ejercen sobre ellas los medios de comunicación y la industria de la moda, la cosmética y los productos adelgazantes”, afirma el dr. Salvador.

“Esa constante y creciente presión se traduce en un mayor estrés psicosocial por conseguir el cuerpo 10, absolutamente irreal, que muestran las revistas y la publicidad. La sociedad necesita abandonar de una vez por todas el ideal de delgadez extrema y empezar a poner el acento en la salud como sinónimo de belleza, porque no hay belleza sin salud. En vez de hablar tanto del peso, hay que difundir hábitos de vida saludables, como desayunar bien, comer a horarios regulares, consumir alimentos frescos, moverse más y también evitar la falta de sueño, común en muchos jóvenes, que favorece claramente la obesidad”, concluye. 

Espejos deformados

  • Las personas que sufren un trastorno dismórfico corporal (TDC) o dismorfofobia viven obsesionadas con alguna parte o aspecto concreto de su físico, tanto sin tener ese defecto o deformación que ellos creen que tienen como porque ven como una gran deformidad un pequeño detalle existente. La piel (73%), el cabello (56%) y el peso (55%) son las áreas de preocupación más citadas por las personas con trastorno dismórfico corporal, seguidas de nariz (37%), dedos de los pies (36%), vientre (22%), senos (21%), y muslos, ojos y dientes (20%).  
  • Una misma persona puede estar obsesionada por el aspecto de una o varias partes o aspectos de su imagen, y no entiende que los demás no vean ese “terrible fallo” que ella misma percibe tan claramente. 
  • La conciencia del defecto percibido es casi constante, y por este hecho evitan completamente mirarse al espejo o invierten horas en contemplarse de forma obsesiva, y no hay escaparate por el que pasen en el que no encuentren más razones para reafirmar su opinión sobre su “defecto”. 
  • Un estudio reciente ha revelado que el 97% de las personas que padecen TDC a menudo evitan las actividades sociales normales. La obsesión por su imagen y el miedo al ridículo puede exacerbarse y agravarse con el paso del tiempo, generando una ansiedad extrema que impide a estos pacientes comportamientos tan comunes como mantener relaciones afectivas o sexuales, conservar su puesto de trabajo o presentarse a una oferta de empleo para la que están capacitadas. 
  • Ansiedad, depresión, ataques de pánico e ideas autodestructivas son frecuentes en estos casos extremos. 
  • Inseguridad, necesidad imperiosa de recibir la aprobación de los demás, excesiva autoconciencia, tendencia a la obsesión, déficit en habilidades sociales... son rasgos comunes en estas personas.