Nunca digas nunca jamás

  • No me puedo creer que me disponga a escribir un artículo sobre fútbol. Yo, que no he pisado un estadio, que no sé qué es “el área” o para qué sirve un juez de línea. Pero soy madre de dos hijos varones y de una niña a la que le gustan por igual las zapatillas de ballet que las botas de tacos.

Y ahora –quién me lo iba a decir– veo el fútbol, me sé el nombre de los jugadores y opino sobre las actitudes de los míster. Si me lo dicen hace nueve años, lo niego tres veces. Este interés es una de esas cosas inimaginables que la maternidad trajo consigo. Otra es estar a punto de escribir sobre Pep Guardiola. No me reconozco.

 El caso es que mis hijos son del Barça, aunque con ascendente en el Atlético de Madrid por parte de padre. Es magnífico ser del Barça en estos tiempos, dicen. Yo, que detesto el fútbol (por fin lo he dicho) voy un poco más allá, hacia ese “más allá” sufridor que tenemos las madres y me preocupo al son del siguiente interrogante: ¿No será pernicioso acostumbrarse a ganar siempre? ¿No será más decepcionante encajar una derrota para el que está familiarizado con el triunfo?

 Y llego al meollo de este artículo:
quiero dar las gracias a Pep Guardiola. Gracias por no practicar la retórica de la prepotencia, por respetar a los rivales, valorarlos y conocerlos. Gracias por ponderar el esfuerzo y los resultados del trabajo en tiempos tan propicios a los triunfos fáciles. Gracias por no insultar, por no perder los estribos, por no caer bajo, por no rebajar al vencido. Gracias por recordar que el triunfo está bien y por saber recuperarse de un fracaso. Gracias por no pavonearse, por relativizar, por huir del triunfalismo. Gracias por parecer un tipo sencillo. Gracias por mostrar a mis hijos valores que quiero para ellos. Por dar ejemplo.

 La coda a este texto raro
es un mensaje de optimismo para mí misma: cuando los niños crezcan, volveré al teatro las noches de fútbol.