Sueños extraños, por Care Santos

Hoy he tenido un sueño extraño. Mi hija (11 años) me presentaba a su novio. No me preguntéis si era guapo, educado, rubio o alto, porque no me he fijado en nada. Salvo en un detalle: tenía piojos. Al escrutarle el cuero cabelludo como solo las madres (y los chimpancés) sabemos hacer, he descubierto —¡horror!— que ellos, los bichos abominables, estaban allí, en buena cantidad y excelente salud, creciendo y multiplicándose como tienen por costumbre. Inmediatamente he aborrecido al candidato, claro, pensando que contagiaría a mi hija de ese mal terrible que en los papeles del cole llaman pediculosis. 

Vale, vale, lo reconozco: esto mío es obsesión. Como tantas madres de familia, libro por lo menos una batalla anual contra estos parásitos ftirápteros también denominados piojos comunes, que me deja hecha polvo. Ellos pasan a mejor vida, pero mi obsesión les sobrevive. El resto del tiempo lo paso temiendo un nuevo contagio. Creo que preferiría enfrentarme a una manada de tigres. 

He pensado en recurrir a la escritura terapéutica para exorcizar mi angustia. Podría contar la historia de un grupo de pioneros llegados de otro cuero cabelludo que deciden instalarse en un territorio inexplorado (la cabeza de mi hija, por ejemplo) para empezar una nueva vida. Trabajan, se organizan, se reproducen. Los retoños son abundantes y les llenan de alegría. Como están bien alimentados, crecen mucho y rápido, tienen nuevos hijos, pronto son legión. La colonia vive en prosperidad hasta que un día llega una inundación tóxica de la que nadie escapa. Padres, hijos, nietos, bisnietos y tataranietos mueren abrazados. Cuando después cae del cielo un diluvio inesperado, arrastra centenares de cadáveres. 

Me inquieta el tono épico de la historia. Me recuerda a ciertos relatos bíblicos, o a ciertos cuentos fundacionales de culturas milenarias. Creo que no ha sido una buena idea. 

En voz baja 

La invención del sándwich de atún con queso y lechuga tiene lugar un sábado. Su autor es un niño de 12 años hambriento. Admira su obra antes de darle un bocado. Después, arruga la nariz y quita el queso. Ha aprendido que a veces la felicidad consiste en prescindir de algo. 

En diminutivo 

Colada a 60 ºC para exterminar la plaga. Pero algún peluche sufre daños irreparables. Son daños colaterales.