Cómo gestionar el miedo a la oscuridad que tienen los niños

  • Un niño puede ser travieso, valiente, incluso arriesgado durante el día, para después transformarse durante la noche en una persona aterrorizada.

Su dependencia, sus terrores, el propio miedo a temer a la oscuridad, hacen que la inquietud se apodere de él desde el momento en que se ve metido en la trayectoria inexorable que lo conduce de la cena al baño, y del baño a la cama.

El pequeño está convencido de que hay animales que acechan desde el armario o brujas esperando tras las cortinas y, ¿por qué no ladrones que se meten en su habitación?

Quiere que sus padres lo acompañen y alejen a ese ejército de bandidos. Tiene miedo a ser atacado, se arriesga a hacerse pipí por no salir de entre las sábanas. O, muy al contrario, se levanta 30 veces para acudir a la habitación de los padres. La separación de los seres que quiere, le asusta. Se pregunta si van a volver. La ausencia de quienes ama organiza un vacío que se puebla de fantasmas y en el que deposita sus deseos y su mundo emocional.

"Mamá, mamá, quiero agua. Tengo miedo, no te vayas, no apagues la luz. Hay un ogro en el armario". Carolina, de cuatro años, no era capaz de quedarse dormida con la luz apagada. Decía que el ogro del su armario la iba a devorar. A la madre se le ocurrió una idea: coger una caja grande y decirle que iba a meter al ogro en esa caja para llevárselo a un armario que cerraría con llave. Después de estar con ella un rato, dejó la luz encendida y la puerta de la habitación abierta. La operación funcionó. Escuchar a sus padres cerca la fue tranquilizando.

El miedo a la oscuridad es distinto según la edad del niño. Hay que distinguir el temor que siente un bebé de 18 meses hasta los tres años de edad, del de un niño de tres a 10 años. Los más pequeños sufren un temor primario y visceral que refleja su vulnerabilidad hacia un ser aterrador. A esta edad, el niño atraviesa un estadio psicológico donde realmente tiene miedo a ser devorado. Por su parte, los padres lo comprenden e incluso bromean con él diciendo: "Si te atrapo, te comeré". Durante el día, al niño le gusta este juego en el que la amenaza se transforma en mimo. Pero todo cambia cuando cae la noche. En el niño de tres a 10 años este sentimiento es más complejo. En algunos casos se asocia con un miedo al vacío que siente cuando sus padres no están.

Deseos difíciles de expresar

Casi todos los escenarios de catástrofes imaginables revelan la incapacidad y el desamparo del niño ante el peligro. Su miedo cuando llega la hora de apagar la luz expresa un sentimiento de incapacidad y de fragilidad. Muestra su necesidad de ayuda y quiere alejar de su habitación aquello que tanto teme. Sus maniobras dan en el blanco y atraen la atención de sus padres, que acaban dándole la atención que requiere y, a veces, quedándose con él hasta que se duerme. En otras ocasiones, intenta meterse en la cama de sus padres.

Un denominador común de todos estos miedos, vinculados al momento de dormirse, es la vulnerabilidad que siente ante lo desconocido. ¿Qué reflejan estas angustias? A menudo enmascaran otros temores más inconscientes y difíciles de expresar.

Es frecuente que el niño sienta, de hecho, una angustia vinculada a la escolaridad si acaba de empezar el cole: la de no estar a la altura o no saber responder, miedo a ciertos compañeros de recreo mayores y más fuertes que él.

Estas inquietudes pueden afectar a la vida y a las fantasías inconscientes del niño, relacionadas con la autoridad paterna o con su ausencia. También suelen guardar relación con el sentimiento de culpa derivado de deseos que no puede cumplir, vinculados con sentimientos edípicos hacia los padres. En este caso, dormirse equivale a renunciar a su rol de preferido del progenitor elegido para dejar campo libre al padre contrincante, lo que es insoportable para el niño. Por ello, enmascara esta molestia con su miedo a la oscuridad, volviendo a la carga toda la noche, saboteando la paz que reina en el seno de la pareja o queriendo ir a su cama. Estos miedos también están conectados con cuestiones existenciales que le angustian: ¿qué ocurre más allá de los sueños? ¿Y si no me despierto?

Como el niño carece de recursos para entender lo que le pasa y no tiene respuestas a lo que siente, inventa una realidad en la que puede proyectar sus miedos. Los monstruos que aparecen en su habitación son desplazamientos de las figuras paternas sobre las que proyecta sus sentimientos.

Evitar errores

- No conviene preguntarles a qué hora se quieren ir a la cama. Un niño no puede decidir si debe o no irse a la cama. La pregunta incitará a que diga que no quiere acostarse.

- Si tiene miedo, nunca hay que ridiculizarlo.

- Evitar ser demasiado complacientes con el pretexto de haber vivido la misma experiencia de niños. Hay que darle apoyo, no agravar su sentimiento de impotencia.

Qué podemos hacer

- Invitarle a que exprese y cuente sus miedos. Si se ve incapaz, pedidle que dibuje lo que siente. Sobre el papel proyectará sus sentimientos.

- Si pide quedarse con la luz encendida y la puerta abierta, aceptar esas demandas. Si permanece conectado con su mundo familiar, el niño se sentirá seguro, lo que le acunará y le ayudara a conciliar el sueño.