En la etapa más convulsa para sus hijos, los padres no deben asustarse ante la agresividad de éstos ya que estos actos suelen ocultar las palabras que no han podido decir. La agresividad es constitutiva del ser humano. Aparece con las primeras e inevitables frustaciones.

Preocupados frente a la violencia de algunos de nuestros adolescentes, nos preguntamos el porqué de esas actitudes. ¿Qué ocurre en su psiquismo para que haga de la violencia un modo de expresión? Cierto grado de agresividad, sobre todo en el tránsito del niño al adulto, resulta normal. El problema es cuando alcanza un grado excesivo y patólogico.

Donald Winnicot, psicoanalista especializado en este periodo, analiza la violencia cuando aparece en estos años, como un signo de esperanza que mueve al adolescente a actuar e intentar organizar su mundo de forma diferente al que le ha sido dado. Apoyándose en su experiencia clínica, afirma que el adolescente violento ha sufrido en su universo emocional una serie de privaciones que le llevan a tomar por la fuerza lo que cree que le ha sido arrebatado. Se trata, pues, de un síntoma que refleja un conflicto interno.

Un momento crucial

La adolescencia es un momento violento en el que, según Winnicot, se produce “un estallido corporal, hay un corte y una discontinuidad que hace que (el adolescente) se sienta otra persona”. A esta violencia física vienen a sumarse una cantidad considerable de ideas y fantasías asociadas a la sexualidad que no siempre se saben elaborar. Ese proceso que invade al adolescente en su interior y le presiona desde la demanda social y de sus padres, también es violencia, es un “traumatismo interno necesario” del que los adultos no nos damos mucha cuenta.

Para que esa “violencia necesaria” se encauce, es importante que pasen dos cosas: que el niño o la niña llegue a enfrentarse a su adolescencia con una organización psíquica que le permita hacer frente a esa situación, y que tenga un buen sostén familiar. Cuando fallan esas dos condiciones, esa violencia no va a buen puerto, no se elabora y estalla en actos a veces muy agresivos.

Un cierto grado de violencia o rebeldía, en la adolescencia, es normal. Se trata de esa cuota de rebeldía necesaria para desprenderse de los modelos parentales y poder construir los propios. La violencia es un síntoma importante a nivel de la estructuración del psiquismo adolescente, lo que sucede es que en esta sociedad ese carácter estructurante está desvirtuado por las propias construcciones sociales. La violencia ha existido siempre, no es algo nuevo, al igual que la conocida rebeldía adolescente.

Lo que sucede es que se va tiñendo, coloreando, de acuerdo a los momentos culturales, sociales, económicos y a la época que se vive. Cuando hablamos de adolescentes violentos, habría que pensar si realmente lo son o están siendo demasiado violentados por el propio sistema social. El joven es un espejo de la sociedad y vivimos en una sociedad que no ofrece un porvenir claro. Intrigas políticas, guerras, hambre, desempleo y falta de ideales forman parte del paisaje en el que ellos crecen.

Parte de nosotros

La agresividad es constitutiva del ser humano. Aparece con las primeras (e inevitables) frustraciones provocadas por los padres cuando marcan los límites inherentes a la educación. Cuando alguno de los progenitores no tolera las expresiones de agresividad de los niños, es porque tiene conflictos inconscientes que no le han dejado elaborar los sentimientos de ambivalencia que tuvo hacia sus progenitores ni las relaciones edípicas.

Entonces, la pulsión agresiva no puede ser controlada. Se reprime, pero más tarde, en la adolescencia, se puede actuar y aparece de forma explosiva. Con frecuencia, los hijos se hacen cargo, siempre de forma inconsciente, de conflictos que los padres no pudieron resolver.

Lugares confundidos

Enrique, de 17 años, estuvo a punto de pegar a su padre porque éste no le dejaba salir esa noche. Miguel no pasaba mucho tiempo en casa y cada día se llevaba peor con su hijo, del que estaba tan harto que llegó a pensar en dejarle hacer lo que le viniera en gana. Y así habría sido de no ser por la insistencia de Mercedes, su mujer, que le empujaba para que hablara con él. Miguel había tenido una relación mala con su padre, un tirano que humillaba a sus hijos y que les pegó.

Miguel se juró a sí mismo que nunca sería como él. Sin embargo, la rabia que jamás pudo nombrar sale ahora en la relación con su hijo, que inconscientemente se hace cargo de todo lo que su padre no puede decir. Los lugares están confundidos: Enrique, actúa como un tirano y su padre, Miguel, está asustado frente a la agresividad de su hijo. No quiere comportarse como lo hizo su padre, lo que le lleva, a falta de otra solución, a anular su autoridad. Ambos se quieren.

La violencia puede ser el disfraz de un pedido de amor solicitado por alguien que no sabe nombrar lo que siente. Uno de los factores que dificulta el tránsito del adolescente al mundo adulto proviene de la incapacidad de los padres para asumir el grado de confrontación inevitable que se produce a esa edad. Los jóvenes sufren una importante falta de límites y carecen de la función de sostén familiar que necesitan. El psicoanalista Mauricio Knobel afirma que el adulto proyecta en el joven su incapacidad de controlar lo que está ocurriendo.

¿Qué podemos hacer?

• No esconder nuestras carencias como padres, eludiendo nuestro papel, sino buscando la ayuda necesaria. No hay que culparse por tener confl ictos con los hijos. Hasta un determinado grado, son saludables.

Revisar el grado de “adolescentización” que tenemos. Si nos sentimos inseguros, no querremos escuchar las inseguridades adolescentes, disfrazadas de bravatas. No conviene confundir nuestras inseguridades con las suyas. Si aceptamos las nuestras, podremos ayudarles en las suyas.

La comunicación es imprescindible, que el adolescente perciba que queremos ayudarle sin anularle y que confi amos en él. Los actos violentos sustituyen palabras no dichas.

Las medidas que se tomen deben ser educativas, y siempre después de hablar con él o ella. Cuando son justas, no sólo las entienden, sino que a la larga las agradecen.

Desde el punto de vista social, no se debería permitir la existencia de centros de menores donde se práctica la tortura. Es un síntoma de una sociedad enferma.

EVITAR ERRORES
 
Los adolescentes no son adultos. Hay que evitar pedirles más de lo que pueden hacerse cargo. 

Es un error tomarse lo que hacen al pie de la letra. Sólo se podrá resolver algo si somos capaces de preguntarnos por qué actuan así. 

Los padres se confunden cuando prefieren ser amigos de sus hijos. Entonces éstos no tienen un modelo al que imitar y con el que puedan rivalizar. 

El enfrentamiento generacional es inevitable. Después, cuando la tormenta pasa, el joven encuentra su lugar en la sociedad. 

Algunos enfrentamientos en la adolescencia son más normales y saludables que el hecho de que nunca pase nada.