La maduración psicológica de los hijos pasa por un periodo en el que expresan su miedo a la muerte. Eso significa que están creciendo por dentro.

Sandra tiene ocho años y, últimamente, tiene mucho miedo a la muerte. Además, se altera mucho cuando se acaba algo que le gusta, como por ejemplo su serie favorita de televisión. La palabra fin le molesta y alarga con cualquier excusa el momento de acostarse. Desde hace unos meses tiene pesadillas, lo que su madre relaciona con el miedo a la muerte, pues ni siquiera se puede nombrar esa palabra.

La primera pesadilla que tuvo fue después de que oyera que la abuela de una amiga suya había fallecido. Al día siguiente le preguntó a su madre: “Tú no te vas a morir nunca, ¿verdad?”. “Yo siempre voy a estar junto a ti”, respondió la madre. La niña dio un suspiro de alivio que hizo suponer a la madre que la respuesta había sido la adecuada.

La madre de Sandra tiene un buen sistema para relajar a la niña: le lee un cuento hasta que se queda dormida. Y siempre tiene que ser el mismo. Los cuentos le proporcionan a los niños respuestas para salir de las situaciones complicadas. Además, la mayoría acaban con un “y vivieron felices”, que transmite el mensaje de que, si uno ha encontrado el amor adulto, también ha conseguido la base de la seguridad emocional. De esta forma se disipa el miedo a la soledad y a la muerte, según afirma el psicoanalista Bruno Bettelheim, que ha estudiado los efectos beneficiosos de los cuentos infantiles.

La razón por la que los tranquiliza radica en que a través de ellos reconocen y elaboran sus sentimientos agresivos y aprenden a resolver sus conflictos. No es raro que, entre los ocho y los 12 años, el niño tema los acontecimientos que anuncian el fin de lo que le gusta y las situaciones que evocan la muerte. Esta toma de conciencia con la realidad pone de manifiesto una nueva etapa psicológica en su proceso de maduración. Tratan de imaginar cómo es la muerte, que para ellos representa la posibilidad de no volver a ver a sus padres. Por ello se niegan a aceptarla.

Los pequeños a menudo experimentan angustia porque carecen de los recursos psicológicos para expresar con palabras los sentimientos de soledad y aislamiento. Sólo pueden hacerlo indirectamente, a través de síntomas como el miedo a la oscuridad, a algún animal...

Una nueva etapa

Según crece, el niño comienza a aceptar algunas frustraciones y los límites que la educación le impone. Por primera vez reconoce sus propios sentimientos agresivos y aumenta el temor al ataque de los demás. También experimenta una ambivalencia emocional hasta entonces desconocida. Así, cuando los padres le riñen, se enfada con ellos y estos sentimientos agresivos traen consigo la idea de que, como castigo, puede pasarle algo malo y algunos representan la muerte como algo externo, que va a venir a castigarles.

El miedo de que muera alguno de los progenitores puede reflejarse en la resistencia a ir a la escuela, el temor a dejar la casa o a que los padres vayan algún lado sin él. El niño tiene que elaborar el miedo a la soledad y a la separación de sus padres para dejar de temer a la muerte. Y para ello necesita tiempo. Crecer no es fácil, pero tiene sus ventajas, entre otras, la de dominar las pulsiones internas que la inmadurez infantil no puede manejar.

CÓMO ACTUAR

• Puede resultar perjudicial que los niños vean solos ciertas películas o lean algunas historias donde los héroes se encuentren en situaciones de miseria, abandono o muerte. Si lo hacen, conviene que estén acompañados y se les explique cómo se resuelven las situaciones difíciles.

• Es importante tener en cuenta que la televisión, los videojuegos, etc. les enfrentan a muchas imágenes de muerte, que muchas veces no pueden verbalizar.

• Cuando los padres se dan cuenta de que su hijo sufre este tipo de emociones, no deben quitar importancia a los temores que el niño manifiesta, pues esa actitud no aliviará la situación. Es conveniente que le proporcionen un medio para que el pequeño pueda expresar y elaborar sus miedos.

• En los cuentos de hadas se toman muy en serio estos problemas y angustias existenciales, y hacen hincapié en ellas directamente. Ahí aparecen los grandes temas, como la necesidad de ser amado o el amor a la vida y el miedo a la muerte. Además, dichas historias ofrecen soluciones que están al alcance del nivel de comprensión del niño.

• No hay que explicarle a los niños, en el caso de que lo sepamos, por qué un cuento puede ser fascinante para él, pues de este modo se destruye el encanto de la historia. El cuento funciona de manera inconsciente y debemos dejar que actúe desde allí.

• Los niños sienten las interpretaciones de los adultos como una invasión. Si ellos no la han solicitado, pueden pensar que los padres les leen los pensamientos, lo que conduce a aumentar la omnipotencia de los adultos y a restarles a ellos independencia.