Las fans quinceañearas de ayer, son hoy apenas púberes de 10 años que arrastran a sus madres a los estadios y obligan a los padres a hacer cola. Gracias a ellas, el grupo Rebelde es un fenómeno de masas. Nació en un culebrón mexicano, protagonizado por adolescentes eternizados, y de la televisión dio el salto a las listas de éxito como grupo pop. En España, han vendido cientos de miles de discos gracias a un público femenino y casi infantil, que también compra sus muñecas y el “merchandising” RBD. Natalia fue una de las 35.000 fans que llenaron el estadio Vicente Calderón en Madrid. Nerviosa y emocionada, maquillada por primera vez, vivimos con ella y su madre un rito de paso hacia la adolescencia precoz.

EL VIAJE
“Ojalá llevara una bandera”. En el coche, la banda sonora es (cómo no) el último disco de RBD. Se lo reglaron los Reyes Magos y, de tanto escucharlo, algunas canciones dan saltos, pero a Natalia le da igual y va cantando. Se las sabe todas. “Lo pongo todas las mañanas y mi madre ya está aburrida”, dice. De repente, se le ocurre que hubiera estado bien llevar una bandera para sacarla por la ventanilla. Le pregunto por qué Roberta es su favorita: “Pues porque es la que más lucha. A mí me gustaría ser como ella: un poco macarra”. ¿Macarra? “Sí, como esas que van todo el día de negro”. De los chicos, prefiere a Miguel. “Le voy a preguntar si tiene novia. Me va a dar algo cuando le vea”. También me informa de que Giovanni es homosexual. “No me sorprendió demasiado porque siempre se teñía el pelo de colores”. Se queda callada unos segundos: “Bueno, sí que me impactó un poco”. El ojo le empieza a llorar y su madre, Adela, le acerca un pañuelo: “No, no, que se me borra la raya”.

LA LLEGADA AL ESTADIO
“¡Cuánta gente!”. Natalia se queda impresionada de las riadas de gente que se dirigen hacia el estadio. Unas chicas que están sentadas en un banco se percatan de las manoletinas que lleva Nata, con el símbolo del grupo, y empiezan a gritar “¡Qué fuerte! Como te las vea la Jenny, te las roba. RBD, RBD”. Y ella les contesta levantando el puño y diciendo “RBD”, pero se nota que le da un poco de vergüenza hacerlo delante de los adultos. “Conozco a niñas que querían venir, pero no las han dejado”. Hay una kilométrica cola de género femenino (hijas y madres disfrazadas), donde abundan las Lolitas. También hay algún que otro padre despistado utilizando su testosterona para lo que suelen hacer los hombres en estos trances: comprar bebidas, sostener las chaquetas, hacer las fotos y llevar a su niña sobre los hombros.

EN LA COLA
“He perdido un pendiente”. Mientras esperamos, se acerca un furgón con protección policial y Natalia se escapa corriendo para ver si son “Ellos”. Consigue escurrirse entre la gente y ver de refilón a su amado Miguel, o cree que le ha visto y, cuando vuelve a la cola, se da cuenta de que ha perdido un pendiente. Nos pasamos un rato mirando al suelo para tratar de encontrarlo, pero no hay manera y se queda un poco triste hasta que se hace amiga de unas niñas que le escriben en los brazos el nombre de sus ídolos. Con RBD la cuestión de los nombres siempre es un poco esquizofrénica: Roberta es el personaje y Dulce, la actriz; Mía (la Barbie oficial) se llama realmente Anahí, pero los fans suelen hablar de ellos como si “realmente” fueran los personajes de la tele. “Y soy rebelde porque no sigo a los demás”, cantan las niñas bailando la misma coreografía y sintiéndose “rebeldes”.

EN EL “BACKSTAGE”
“¡He podido tocarles!”. Gracias a Mujer hoy, Natalia está entre los elegidos que pueden entrar al “backstage” para conocer a los cantantes de RBD. Primero pasa un grupo de niños enfermos que la organización llama con el eufemismo “niños especiales”. Cuando por fin nos toca, las chicas gritan histéricas. Natalia se les queda mirando, paralizada, con la boca abierta, y Adela la empuja: “Corre, pídele un autógrafo a Roberta”. Después, la niña se lanza hacia Miguel, su amor platónico. Le acerca una foto con timidez y su madre la azuza: “¿No le ibas a preguntar si tiene novia?”. Y ella, en un arranque de valor, le pregunta: “¿Tienes novia?”. Pero él, soso, soso, responde: “No sé”. Los gorilas de seguridad nos informan de que el tiempo se ha acabado y nos empujan a todos hacia fuera. Algunas niñas se ponen a llorar al borde de un ataque de histeria. Natalia se ha quedado sin palabras y, cuando le pregunto qué le han parecido sus ídolos, dice, como en trance: “Están mucho más delgados que en la tele”.

LA HORA DEL CONCIERTO
“¡Se han besado!”. Por fin se apagan todas las luces y suenan las campanadas. Natalia grita con fuerza y se levanta. Todas, incluidas las madres y esta periodista, gritamos: “RBD, RBD, RBD”. Y, por fin, RBD se materializa. Parecen más reales que cuando los hemos visto de cerca. La niña se olvida de nosotras y se dedica a bailar y cantar por su cuenta. Dulce/Roberta sale a escena sola y habla sobre la importancia de los sueños. El público la corea –“Qué bonito”– y encienden los móviles como sus padres hacían con los mecheros. Mía/Anahí aparece vestida de hada, con alas, y “sobrevuela” el estadio. Las niñas gritan que sí, que creen en las hadas, y Anahí les dice que las ama. Pero no hay momento más enfervorecido que cuando los miembros de RBD se acercan, tontean y se besan. “¡Se han besado!”, grita Natalia. ¿Puede haber algo más emocionante?

EL CANSANCIO
“¿Qué es eso de los bises?”. Una hora y media después, con las baladas, Natalia, y con ella una gran parte del público, languidece. En los asientos se ve a más de una niña durmiendo, cubierta por la chaqueta del padre, mientras la madre (que revive su adolescencia) sigue bailando. A Natalia le duelen los pies y las manoletinas le han hecho una ampolla que la está matando, así que sigue el concierto sentada y cada vez está más cansada. Sólo vuelve la adrenalina un rato, cuando su querido Miguel (que se llama Poncho) suelta un discurso y dice que algún día querría tener sus propios hijos. “!Guapo, guapo¡”, grita desaforada, pero son sus últimas fuerzas, y en los bises nos dice que quiere irse a casa y que ya está un poquito harta de tanta foto. El lunes, llevará los autógrafos al cole y cantará las canciones con sus amigas, pero a la una de la mañana del viernes lo que quiere es irse a casa a dormir.