Los pederastas son perversos morales con escasas probabilidades de rehabilitación. El riesgo de reincidencia de estos agresores es muy alto, de hasta el 70%. Además, la mayoría de las agresiones a menores se dan en casa o el entorno cercano.

Los pedófilos no son impulsivos ni enfermos mentales, y no hay que tratarlos como tales; son perversos morales y tienen escasas probabilidades de rehabilitación si no son tratados de manera integral”, señala Javier Urra, psicólogo de Justicia, primer Defensor del Menor (en Madrid, 1996- 2001) y autor de “S.O.S. víctima de abusos sexuales” (Ed. Pirámide) y de “Agresor sexual, casos reales” (Ed. EOS). “En general, premeditan lo que van a hacer y actúan con secretismo, amenazando al menor y haciéndole sentirse responsable e incluso incitador del abuso. Ese temor explica que sólo una de cada ocho agresiones se denuncien”. El dr. Fred Berlin, fundador de la Clínica de Trastornos Sexuales de la Universidad Johns Hopkins (EE.UU.) y uno de los mayores expertos en el tema, reconoce que “el riesgo de reincidencia de estos agresores es muy alto, de hasta el 70%”.

Otro factor impide calcular el número de agresiones a menores: que la mayoría se dan en casa o el entorno cercano. “En el 90% de los casos, el agresor es el padre, el abuelo, el tío, el amigo de la familia, el profesor...”, explica Javier Urra. “Que el abuso lo cometa alguien a quien el niño aprecia y de quien depende hace que sea devastador”. Aún más dramático es el silencio del resto de la familia, que a menudo sabe o intuye lo que pasa, pero prefiere mirar a otro lado. “En esa situación, el niño está solo y con todas las bazas para desarrollar problemas psicológicos graves”, dice el psicólogo. De hecho, los síntomas de un menor que sufre abusos se parecen mucho a los de la depresión: dolores de cabeza, molestias estomacales, trastornos de la alimentación (anorexia o bulimia) y del sueño, temores irracionales, baja autoestima, fracaso escolar, trastornos de la conducta, abuso de drogas... “En caso de sospecha, los padres pueden consultar a un médico de confianza”, dice Urra. “Por otro lado, cuanto antes se aborde el problema desde el punto de vista psicológico, menos impacto tendrá en el desarrollo del niño”.

Para muchos, lo primero es que el menor aprenda a levantar parapetos. “Enseñarle a decir no, a no confiar en extraños, a rechazar caricias no deseadas es la mejor forma de prevenir abusos”, señala Gloria D., de 43 años. Su padre abusó de ella desde los 10 hasta los 15 años. “Quería que dejara de hacerlo, pero me sentía prisionera. Luego seguí callada porque pensé que podían meterle en la cárcel y que eso destrozaría a mi familia. Pero a mí me ha destrozado: soy incapaz de mantener una relación de pareja y he renunciado a la maternidad”.

La amenaza está en todas partes, sobre todo en Internet. En nuestra memoria están los recientes casos de redes de pederastas españoles (entre ellos “Nanysex” o “doctor Javi”). Los detenidos son profesores, organizadores de campamentos, canguros... que tenían miles de imágenes de pornografía infantil, incluidas violaciones, “de una perversión y degradación que supera todos los límites”, según la Brigada de Investigación Tecnológica de la Policía. ¿Qué penas pide el fiscal en esos casos? En el de “Nanysex”, sólo por abusos sexuales, ya que para que exista violación, el Código Penal exige que haya “violencia o intimidación”, algo que el fiscal no ha visto. El Código de 1973 entendía como violación cualquier agresión sexual contra un menor de 12 años o en personas privadas de razón. Por eso, cada vez más voces demandan “medidas duras”, como la aplicación de la “doctrina Parot”, que supone la obligación de cumplir 30 años a los reincidentes con penas totales que superaran esta cifra.

Mientras los legisladores debaten, las amenazas se extienden. En los chats de niños, donde los pederastas “detectan” a menores dispuestos a acudir a una cita; en los “sites” que ofrecen turismo sexual... y en la posibilidad de que un pederasta adopte a un niño de un país pobre para abusar de él.

En la cárcel de Navalcarnero (Madrid), que concentra el mayor número de presos por estos delitos, un psicólogo vislumbra una esperanza. Lleva semanas intentando que un violador de niñas se ponga, por un segundo, en el lugar de sus víctimas; que intente imaginar su dolor. Hoy, se atreve a pensar que ha generado en él un átomo de empatía y hasta le parece ver humedad en sus ojos. ¿Está fingiendo o siente remordimiento? Nadie puede saberlo. En el universo de la pederastia, nada es lo que parece.