En 2001, Rumanía interrumpió más de mil procedimientos de adopción. Un drama para esos huérfanos que pensaban encontrar la felicidad de una nueva familia. Una década después, reclaman justicia.

Laura se retuerce las manos en este bar de moda de la ciudad rumana de Brasov. No ha pedido nada. Tiene 19 años, es tímida y no le gusta recordar esta historia. "Pensar que casi me adoptan y me marcho a Inglaterra...", murmura. Su amiga Ionela, 18 años, es más extrovertida. "En este mismo momento, podría ser una estudiante italiana y vivir en Milán, en una auténtica familia. Menudo desperdicio". Alrededor de la mesa, Bogdan, Viorel, Magda, Zigmond, Katalina... asienten: todos dicen haber sido abandonados dos veces. Primero, al nacer, y en octubre de 2001, cuando su procedimiento de adopción internacional quedó brutalmente anulado. Tenían alrededor de 10 años y lo recuerdan muy bien. La herida sigue abierta. Cerca de 1.400 niños rumanos fueron víctimas de un embrollo jurídico que les impidió unirse a la familia adoptiva que les esperaba. "El interés superior del niño", proclamado por la Convención Internacional de Derechos del Niño (del que Rumanía es firmante), no jugó a su favor. ¿Por qué?

Bajo sospecha

La crisis de los niños rumanos abandonados hunde sus raíces en los años 60, cuando se instauró la dictadura de Nicolae y Elena Ceaucescu, y para aumentar la natalidad, se penalizó la contracepción. Como consecuencia: se disparó el número de abandono de bebés. A su muerte –el matrimonio fue ejecutado durante la revolución de diciembre de 1999–, 100.000 niños vivían en unos 600 orfanatos cuyas condiciones sanitarias eran catastróficas. Las imágenes de miseria y maltrato dieron la vuelta al mundo.

A principios de los 90, la adopción internacional respondió en parte a esta situación dramática. Sin tratarse de procedimientos ilegales, sufrían sin embargo de un vacío legal que favorecía la corrupción de los intermediarios. ¿En qué proporción? Imposible de saber, pero circulaban rumores. Una ley intentó poner orden en 1996: a partir de este momento, las ONG encargadas de establecer relaciones entre las familias y los niños estaban controladas y solo los niños designados por la Oficina Nacional de Adopción Rumana podían ser objeto de un procedimiento.

"Ese fue mi caso, continúa Ionela, y pronto supe que una familia italiana había iniciado los trámites para adoptarme. Nunca la vi pero, en aquella época solía soñar con que venía a buscarme...". Pero los rumores persistían, con su parte de verdad y de elucubraciones. Se hablaba de desaparición de niños, de tráfico de órganos...

Con mano dura

Al mismo tiempo, el país negociaba su entrada en la Unión Europea y Bruselas presionó a favor de la protección de la infancia. A principios de los años 2000, la diputada europea británica Emma Nicholson aconsejó a Rumanía la prohibición de la adopción internacional. ¿Sus argumentos? Afirmaba que cerca de 500 niños habían desaparecido, y suponía que habían alimentado los circuitos de tráfico de prostitución y de esclavitud modernos. Pero no aportó prueba alguna. "Y con razón–se indigna Azota Popescu, directora de Catharsis, ONG que lucha contra el maltrato infantil en Brasov–: no las hay. Incluso la Dirección rumana de lucha contra el tráfico organizado ha manifestado que nunca ha desaparecido niño alguno entre los adoptados. Emma Nicholson lo mezcló todo: corrupción y tráfico de seres humanos, niños de las calles y niños en instituciones... Para ella, había que tener mano dura, sin distinción. Y lo consiguió".

Octubre de 2001: Rumanía suspende la adopción internacional mediante una moratoria de un año renovable. Anteriormente, Emma Nicholson encontró importantes apoyos en Rumanía, en el multimillonario Ion Tiriac, antiguo entrenador de Boris Becker y hombre de negocios. Jefe de filas del lobby que clama que los niños rumanos deben permanecer en Rumanía, aunque para ello estén obligados a crecer en instituciones, Ion Tiriac abrió en 1994 el orfanato privado de Poiana Soarelui, en Brasov.

Niños engañados

Allí crecieron Ionela, Laura, Bogdan y los demás. "Oiga, ¿me promete que su artículo no se publicará en Rumanía?". Rodica –no es su auténtico nombre–, como todos los que viven aún en las instituciones de la región, teme las represalias si sus críticas llegan a oídos de los servicios de protección de la infancia. Tiene 18 años y pretende seguir con sus estudios, lo que la obliga a permanecer bajo la tutela del Estado. "No me meto en líos, de lo contrario pueden echarme de un día para otro. Pero, ¿cómo olvidar que nos han manipulado? En el orfanato, nos decían que las familias querían adoptarnos para vendernos o traficar con nuestros órganos... Cuando tienes 10 años y tus educadores son tus únicos tutores, ¿a quién crees? Sin duda, no al abogado de tu familia adoptiva, aunque te hable de tus hermanos y hermanas que te esperan en Turín. Así que, cuando el juez te pregunta si quieres abandonar el orfanato, le contestas que no".

Algunas familias adoptivas llevaron el caso hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que resolvió a su favor. Pero de nada sirvió. Para justificarse, Rumanía alegó favorecer la adopción nacional. ¿Cuál era entonces el problema? Que no más del 10% de los niños abandonados eran adoptados por esta vía. Los demás eran colocados en instituciones o familias de acogida. En 2005, la moratoria fue ratificada por una ley que prohibía definitivamente la adopción internacional en Rumanía.

Sin vuelta atrás

En el Parlamento Europeo, algunos diputados siguieron luchando, entre ellos Jean-Marie Cavada y Claire Gibault. En julio de 2006, consiguieron que se adoptara una declaración que exhortaba al gobierno rumano a tomar en consideración la situación de los niños cuya adopción quedó bruscamente interrumpida.

En Brasov, Bogdan acababa de ser expulsado del orfanato Poiana Soarelui cuando oyó hablar de esta declaración. Con la ayuda de Azota Popescu, ferviente militante a favor de la adopción internacional, reunió a 11 niños alrededor de una misma idea: aprovechar la oportunidad y escribir al Parlamento Europeo para seguir luchando. "Puede ser un caso inédito: éramos un grupo de adolescentes que se quejaban oficialmente de no haber sido adoptados", cuenta Bogdan. Claire Gibault, madre adoptiva de tres niños togoleses, viajó para conocer a algunos de esos niños, entre ellos Bogdan. Pero nada hizo retroceder a Rumanía. Hoy en día, Bogdan tiene 19 años. Ha abandonado el sistema de protección de la infancia y ya no teme hablar en voz alta. Para él, ya no se plantea la cuestión de la adopción. Pero ahora aparecen otros problemas, como la inserción social y el alojamiento. Vive con su hermano Alex, de 20 años, en un estudio de un miserable edificio de protección social. Juntos luchan por salir de esto. En lo que a trabajo se refiere, se buscan la vida.

Mientras extiende sobre su cama fotos del orfanato, donde aparece sonriente junto a otros niños, Bogdan no siente nostalgia alguna: "Me enteré bastante tarde, hacia los 16 años, de que una familia quiso adoptarnos, a Alex y a mí. Por primera vez, me dije a mí mismo que una familia se había interesado por nosotros...". Su hermano toma el relevo: "Eran estadounidenses. Pero ya es demasiado tarde. Sin duda, podríamos hacer trámites para ponernos en contacto con ellos. Pero, ¿para qué? Probablemente, ya habrán pasado página. Debemos hacer lo mismo y contar solo con nosotros mismos". A Bogdan le gustaría seguir la lucha, acudir a los tribunales para obtener reparación, pero el tiempo que pasa atenúa su actitud combativa. "Esperaré a que todos mis amigos hayan salido del sistema de protección de la infancia para que seamos más numerosos, más fuertes. Pero, dentro de tres o cuatro años, ¿seguiremos teniendo el ánimo para luchar contra una injusticia que todo el mundo ha olvidado?".

Especialmente cuando Bucarest estudia la posibilidad de autorizar de nuevo la adopción internacional. Actualmente se concede solo a familiares de los niños, al cónyuge de uno de los padres naturales o a rumanos residentes en el extranjero. La crisis económica tiene su parte de culpa: el número de abandonos (alrededor de 9.000 al año) aumenta, mientras que el de las adopciones nacionales (unas 1.000 al año) se estanca. Se estima que alrededor de 50.000 niños crecen aún en orfanatos, y casi 30.000, en familias de acogida. "El niño, para el desarrollo armonioso de su personalidad, debe crecer en un entorno familiar, en un clima de felicidad, amor y comprensión", afirma la Convención Internacional de los Derechos del Niño. En Rumanía, todo eso queda lejos. Rodica tiene su opinión sobre la cuestión: "Cuando se dice que cada niño debe crecer en una familia, es hablar del paraíso. Sin duda, el orfanato no es el infierno: soy consciente de que tuve alojamiento, comida y pude ir a la escuela. El infierno, es la calle. Pero tengo la impresión de haber pasado muy cerca de mi propio paraíso, y de que me lo robaron".