Desde hace 11 años, la cita se repite cada 25 de noviembre, día contra la violencia de género hacia las mujeres. Miles de ellas realizan una gran marcha para exigir el final del conflicto armado en Colombia. Es la llamada Ruta Pacífica de las Mujeres, en la que participan 453 asociaciones.

Los ojos de Edylma Noguera se llenan de lágrimas al relatar su historia: “Éramos campesinos, vivíamos tranquilos, pero llegaron los paramilitares. Tuvimos que irnos, porque violaban a las niñas y a las mujeres, mataban a inocentes y amenazaban con reclutar a mis hijos de nueve y 11 años”. El suyo es el rostro del sufrimiento y el dolor que vive Colombia tras casi medio siglo de conflicto entre el Ejército, los paramilitares y la guerrilla. Sin embargo, en medio de esta guerra eterna, las mujeres representan también la cara más visible de la resistencia.

El pasado domingo miles de ellas tomaron las carreteras, los caminos y hasta los ríos de su país. Recorrieron hasta 1.500 kilómetros en caravana para llegar a donde nadie se atreve a ir. Formaban parte de la Ruta Pacífica de las Mujeres, un movimiento contra la guerra que cada año, en esta misma fecha, emprenden su gran viaje para protestar pacíficamente contra el conflicto armado y para intentar sacar a la luz los terribles efectos que tiene sobre la población femenina, pero también para decir a quienes sufren que no están solas.

“NO PARIMOS HIJOS PARA LA GUERRA”

“Hemos construido otras maneras de pronunciarnos en un país que tiene miles de formas para silenciarnos –explica Osana Medina, trabajadora social de la Casa de la Mujer de Bogotá, una de las 453 asociaciones que participan en la marcha–. Nos agrupamos para exigir el cese de la violencia, para decir al mundo que no queremos parir hijos e hijas para la guerra, para exigir el derecho a la paz, a soñar con un país en el que la vida y la muerte sean naturales, no como ahora, en el que nos matan por organizarnos, participar y oponernos a este régimen”.

La pasada semana, las mujeres de la Ruta Pacífica se dirigieron a la región de Nariño, al sur del país, en la frontera con Ecuador. Desde allí denunciaron que alrededorde 250.000 colombianos han tenido que desplazarse hacia el país vecino huyendo del conflicto. “Las mujeres paz haremos”, “Ni guerra que nos destruya ni paz que nos oprima” y “El cuerpo de las mujeres no es botín de guerra” fueron algunos de los lemas de las pancartas que adornaban una caravana de casi 100 autobuses.

UN VIAJE A LA RECONCILIACIÓN

Desde que se celebra la marcha, mujeres de todas las edades, colores y condiciones sociales han recorrido miles de kilómetros hacia las zonas que más sufren la guerra. “El camino recorrido nos reitera que podemos ser un soporte para construir la paz y buscar caminos hacia la reconciliación. Para las mujeres, recorrer las carreteras significa contarle a esta Colombia que el país nos pertenece, que lo vivimos, que lo sentimos en nuestra piel. Nuestra idea, además, es exigir la desmilitarización, recuperar el territorio para los civiles”, afirma Irma Ortiz, una de las participantes.

Preparar la marcha se convierte casi en una odisea. Antes de partir, la organización prepara un corredor humanitario y envía mensajes al Ejército, a la guerrilla, a los paramilitares y a las Naciones Unidas, para que respeten el trayecto previsto.

Sólo en una ocasión no pudieron llegar a su destino: los guerrilleros habían incendiado dos camiones en el camino y no pudieron pasar. Pero volvieron a intentarlo al año siguiente, en un trayecto lleno de penurias. Y lo lograron. La caravana se dirigió a la olvidada y selvática región del Chocó, por una carretera sin asfaltar, en medio de torrenciales lluvias. A su paso encontró camiones volcados en la cuneta y continuos retenes militares. Tuvieron que llenar de piedras los grandes baches de la carretera para pasarlos y empujar los au- tobuses que quedaron atrapados en el barro. Total, un viaje que en condiciones normales hubieran hecho en 12 horas duró dos días enteros.

LAS PRINCIPALES VÍCTIMAS

Aún con todas las dificultades, la Ruta tiene momentos muy especiales, sobre todo cuando la caravana entra en los pueblos y los autobuses hacen sonar sus bocinas a la vez. Las mujeres sacan entonces sus pañuelos blancos por las ventanillas mientras la gente sale a recibirlas, aplaudiendo su paso. Al llegar al destino, las integrantes de la caravana se unen a las mujeres del lugar, en un encuentro de afectos y emociones que no está exento de carga política.

¿Cómo afecta a las mujeres el conflicto que vive Colombia? Esta reflexión llevó a cuatro líderes feministas a crear en 1996 la Ruta Pacífica de las Mujeres. “Queríamos conocer su cotidianidad en medio de la guerra, solidarizarnos con ellas y convertirnos en actoras de paz. Nuestra propuesta es una salida negociada del conflicto y un proceso de paz donde se garantice el derecho a la verdad, la justicia, la reparación y la memoria”, cuenta Mª Eugenia Sánchez, una de las promotoras.

Tras más de cuatro décadas de conflicto armado, Colombia vive un drama humanitario: más de dos millones de personas desplazadas y 25 en condiciones de pobreza sobre una población de 45 millones. Muchísimas de esas víctimas son mujeres. Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), los actores del conflicto armado usan la violencia física, sexual y psicológica contra ellas, como una estrategia de guerra, con absoluta impunidad. Son las mujeres las que sufren de manera muy intensa una guerra que, además de destruir el tejido familiar, las convierte en víctimas directas de masacres, asesinatos, desapariciones, violaciones y abusos sexuales, desplazamiento forzado de sus territorios y reclutamiento también forzado para hacer labores domésticas, ser sometidas a explotación sexual e incluso obligadas a combatir.