En el 50 aniversario de la muerte de Eulalia de Borbón, se publica “La infanta republicana”. El autor de la obra nos relata la historia de una mujer adelantada a su época.

De todos los personajes de la dinastía borbónica, la infanta Eulalia (1864-1958) –nieta, hija, hermana y tía de reyes– es, sin duda, uno de los más fascinante. Vivió en dos siglos: la segunda mitad del XIX y la primera del XX.

Contrajo matrimonio con su primo Antonio de Orleans, del cual se separó cuatro años después, armando un gran revuelo en la conservadora corte. Tuvo dos hijos de su matrimonio, muy distintos entre sí: Alfonso, valeroso y disciplinado; Luis Fernando, vicioso y débil de carácter.

Protagonizó numerosos escarceos sentimentales, el más importante con el rey Carlos I de Portugal. Romance que permaneció ocultó durante más de un siglo, ya que el monarca portugués estaba casado con la reina Amelia de Orleans. Enigmática como ninguna otra infanta de España, acabó convirtiéndose en la oveja negra de su familia.

Desafió a los suyos hasta la saciedad, incluso al mismísimo Alfonso XIII, su sobrino, a quien desobedeció ante el asombro de media Europa, suscitando un enorme alboroto que el monarca zanjó con el destierro durante 10 años.

A favor de las mujeres

Jamás tuvo pelos en la lengua para criticar y oponerse al rígido protocolo de la monarquía, pero lo que desató la ira del monarca español fue la publicación en París, en 1911, de su libro “Au fil de la vie” (“Al filo de la vida”) en el que la infanta abogaba por el divorcio y la emancipación de la mujer... ¡a comienzos del siglo XX!

Semejante afrenta jamás fue comprendida, ni mucho menos tolerada, por ningún miembro de su familia. Empezando por su propia hermana mayor, la infanta Isabel (“la Chata”) convertida en una especie de institutriz al cuidado de su educación desde la restauración en el trono de su hermano Alfonso XII.

Fue “la Chata”, precisamente, quien, en connivencia con su madre la reina Isabel II, la coaccionó para que contrajese matrimonio con su primo Antonio de Orleans, hijo de los duques de Montpensier, del cual jamás estuvo enamorada. Aquel desafortunado trance marcó el comportamiento de la infanta el resto de su vida.

Viajera incansable, Eulalia recorrió medio mundo, incluída Francia, donde transcurrió parte de su vida. En sus estancias en las diferentes cortes, tuvo oportunidad de tratar a personajes y monarcas de excepción, como el káiser Guillermo II de Alemania, Pedro II de Brasil, Francisco José de Austria, el zar de Rusia o el mismísimo papa Pío IX. Al mismo tiempo, disfrutaba rodeándose de escritores y artistas (Anatole France o Lotti, entre otros) y frecuentaba las tertulias literarias de los salones aristocráticos franceses.

Relaciones conflictivas

Sus viajes dieron pie a un sinfín de anécdotas, algunas de ellas muy polémicas, pues la infanta aprovechó siempre que pudo para desafiar a su familia. Como sucedió en 1893, durante su visita a Cuba, donde lejos de ser embajadora de los intereses de España, como esperaban el Gobierno y su presidente Cánovas, acabó convirtiéndose en defensora de las reivindicaciones de los revolucionarios cubanos. Algo parecido sucedió años después, en Checoslovaquia, donde la infanta entabló excelentes relaciones con las nuevas autoridades revolucionarias, enemigas acérrimas de su propia familia.

Así, no resulta extraño que, en cierta ocasión, Alfonso XIII emplease el término “republicana” para referirse a su tía, tras escuchar sus argumentos sobre la revolución portuguesa y sus predicciones poco alentadoras en torno al futuro de la monarquía. Años después, ella le replicaba así en sus memorias: “¡Republicana! Siempre que en la Corte española se decía algo que se separara del criterio predominante, o se opinara libremente, o se expusieran realidades, surgía la palabra. No cegarse, no tener en los ojos una venda ni en la boca una mordaza, era ser republicana... ¡Republicana! Para muchos de los nobles españoles, yo lo era. Lo éramos todos los que no estábamos empeñados en no ver. Y, en España, ser republicano era no sólo profesar un credo político, sino estar excluido del contacto con los servidores del Rey...”.

Murió en la ciudad de Irún, a los 92 años. Entre sus papeles se hallaron las cartas de amor de Carlos de Portugal. Una correspondencia que ella hubiera querido llevarse a la tumba.

HISTORIA REAL

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