Con 45 años, dos hijos, un Oscar y un buen número de películas a las órdenes de los mejores directores, podría ser una de esas actrices que no necesita demostrar nada. Pero esta parisina, hija de un director de teatro y escultor, y de una actriz, no se conforma con cualquier cosa. Tras grandes éxitos como “Herida”, “Azul” o “El paciente inglés”, Juliette prepara dos nuevos filmes, ha montado un espectáculo de danza, pinta, escribe poesía... y es embajadora de la línea de cuidado facial Rénergie de Lancôme.

MUJER HOY. ¿Cómo empezó su historia de amor con el oficio de actriz?

JULIETTE BINOCHE. Poder crear un mundo imaginario a través del juego me permitió evadirme desde los cuatro años. El recreo se convirtió en el universo de las posibilidades: crear una nueva realidad me liberó y le cogí gusto a la transformación. Actuar es una experiencia donde la soledad no existe. Por eso no siento que estoy haciendo un “trabajo”, sino un pacto de supervivencia.
 
M.H. ¿Por qué decidió dedicarse a la interpretación?

J.B. A los 17 años, en el Liceo, me permitieron montar “El rey se muere” de Ionesco. Tuve la certeza de que tenía que hacer teatro, como directora, decoradora o actriz. Tenía ganas de formar parte de una “troupe”. Me guiaba el entusiasmo de querer hacerlo todo, de explorar cada nivel de la creación. Después, algunos profesores de teatro me enseñaron a disfrutar de la búsqueda de lo íntimo a través del cuerpo.

M.H. ¿Y cómo llegó hasta el cine?
 
J.B.
El actor tiene que hacer elecciones que se le asemejen. Los inicios son difíciles porque nadie te conoce. Tuve la posibilidad de interpretar pequeños papeles en el cine tras hacer dos obras de teatro. Pero mi encuentro decisivo fue en “Rendez-vous”, de André Téchiné. Tenía 21 años. He deseado el teatro, pero el cine me ha elegido. Yo no estaba preparada, por eso nunca me he tomado el éxito en serio.

M.H. ¿Se sintió enseguida cómoda frente a la cámara?

J.B. La cámara era el ojo del director. No estaba cómoda, pero tenía la convicción de que tenía que encender fuego con mi piel, mis ojos y mi voz.
 
M.H. ¿Alguna vez vuelve a ver sus películas?

J.B. Casi nunca. No soy narcisista, pero me gusta el trabajo bien hecho: cuando el actor se olvida de sí mismo y da lo mejor que tiene, cuando está a un nivel que emociona al espectador. Yo busco esos momentos.

M.H. ¿Es fácil observarse en pantalla?

J.B. No soporto verlas por primera vez, veo lo que hubiera podido ser, soy muy crítica y exigente, aunque mi mirada se ha dulcificado últimamente.

M.H. ¿Cuáles han sido los mejores momentos de su carrera?

J.B. Me apasiona la relación de actor y director. Pienso en las que han cambiado el cine, como la de Liv Ullman e Ingmar Bergman. En una amistad artística te entiendes más allá de lo comprensible.

M.H. ¿Cuáles han sido sus parejas favoritas?

J.B. Mis preferencias me las guardo, pero es cierto que un actor se aproxima a otro cuando abre su alma en los momentos íntimos que interpreta. La fuerza del actor le viene de la necesidad de contar una historia que le sobrepasa.

M.H. ¿Le gustaría estar tras la cámara?

J.B. Tiene que llegar naturalmente. No lo fuerzo, pero creo que mi decisión está tomada.

M.H. ¿Se imagina dirigiendo a otros actores?

J.B. No se puede dirigir, sino invitar, sugerir, atraer… Es como dirigir a un niño: es imposible. En el artista, el niño nunca está lejos. Un cineasta puede invitar a un actor a recurrir a la espontaneidad. El aspecto humano en un plató es más importante que el oficio.

M.H. Ser actriz significa someter su imagen a las miradas de los demás...
 
J.B. No sé si es natural, es una elección, es mi compromiso hacia los demás. Tengo el deseo y la voluntad de superarme a través de las películas. Y si emociono a los espectadores, de cierta forma me siento realizada.

M.H. ¿Cuáles son sus mejores recuerdos como actriz?

J.B. Cuando me abandono y olvido quién soy. Cuando me hago inmensa o minúscula, como “Alicia en el país de las maravillas”, y todo se cuestiona.
 
M.H. ¿Y los mejores como mujer?
 
J.B. Soy sensible a los paisajes, a las luces, pero lo más hermoso es la mirada que atraviesa los ojos, ser testigo de la mirada del otro.

M.H. Cuando no está rodando, ¿cuáles son sus pasatiempos?

J.B.
Soñar, observar, imaginar. Soy madre, no necesito pasatiempos porque tengo la pasión de aprender. Por ejemplo, un fin de semana voy con mi hijo a escuchar a un físico y otro llevo a mi hija a un taller de pintura.
 
M.H. ¿Qué tipo de madre es? ¿Qué valores quiere inculcar a sus dos hijos?

 
J.B. Soy una madre que aprende, que se equivoca, que vuelve a intentarlo. Mis hijos me enseñan más a mí que yo a ellos. Me admira que tengan su visión. Cuando un niño tiene una pasión está salvado, es una referencia que le dará fuerza en momentos difíciles. El niño está condenado a conocer la separación, la traición, la envidia... para crecer. Como padres, tenemos que fomentar la pasión y la independencia, pero con amor y paciencia.

M.H. ¿Está cómoda con su imagen de mujer comprometida?

J.B. Desde pequeña era así, siempre en alguna misión… quería conocerlo todo. Creo que nací con vocación, pero en la vida no sólo hay voluntad, también hay travesías. Los golpes nos enseñan.

M.H. ¿Qué causas defiende?

J.B. En la defensa del medio ambiente, por ejemplo, creo hay que actuar todos los días. Yo soy una adepta a los productos biológicos desde los 12 años. Además, soy madrina de cinco niños camboyanos.

M.H. ¿Es optimista?

J.B. Sí, bastante, pero eso no significa que me duerma en los laureles. La vida es una apuesta continua contigo mismo.

M.H. Hace 10 años era imagen del perfume Poême de Lancôme. ¿Qué recuerda de entonces?

J.B. Tengo un magnífico recuerdo. Isabella Rossellini acababa de dejar la marca y en Nueva York me hizo la mejor pasta de mi vida. Gracias a esta colaboración he trabajado con fotógrafos excepcionales como Richard Avedon, Brigitte Lacombe, Peter Lindbergh…

M.H. ¿Qué le ha hecho volver a colaborar con Lancôme, esta vez en tratamiento?

J.B. Es una muestra de confianza y fidelidad. Hace 10 años viví un cambio radical: nació mi primer hijo y dejé París. Ahora también vivo un cambio, pero interior. Tengo ganas de transmitirlo con la danza, la pintura... Lancôme simboliza la plenitud de la mujer en los colores, las palabras, las miradas. La feminidad tiene que conquistar este mundo rudo y agresivo.

M.H. ¿Una imagen que simbolice Lancôme?

J.B. El sombrerito sobre la “O” [risas]… Es el bienestar que hace que la mujer se sienta bien en su piel, que tenga ganas de ser amada y de amarse.

M.H. Laura Morante y Kate Winslet son también actrices y embajadoras de Lancôme. ¿Las conoce? ¿Qué le gusta de ellas?

J.B. Conocí a Kate en Inglaterra. Es ella misma, ha encontrado su vida, no tiene miedo de rechazar los papeles que no le gustan para vivir como madre. En cuanto a Laura, no la conozco, pero su voz grave me seduce. Es una persona abierta emocionalmente, increíblemente hermosa, sensual y vulnerable, es la quintaesencia de lo femenino.

M.H. ¿Cuál es su definición de la belleza?

J.B. Tendemos a separar lo feo de lo hermoso, pero la belleza es aceptar el todo. Aceptando, uno se transforma. Lo hermoso es lo auténtico.

UNA ARTISTA QUE ROMPE BARRERAS

Juliette Binoche es una mujer inquieta y eso se refleja en su actividad. Ninguna iniciativa cultural se le resiste por ahora. 

• El cine. Su último estreno es “París”, de Cédric Klapisch, un mosaico de dramas humanos, pasiones insatisfechas, penas y alegrías que transcurren en las calles de la capital francesa. Estuvo nominada a los César de este año, pero aún no tiene fecha de estreno en España. 

La danza. Es otra de sus pasiones. Comenzó a bailar a los 44 años, pero lo hizo por todo lo alto: junto al bailarín y coreógrafo británico Akram Khan. Con su espectáculo “In-I dance” recorrieron el año pasado cinco ciudades y éste van a visitar otras siete a lo largo de todo el mundo. 

La pintura. Prepara una exposición con sus obras. “Dibujo desde los nueve años. Ahora quiero explorar la pintura ligada al movimiento y la danza, porque emergen del mismo lugar”, afirma.

LOS SECRETOS DE JULIETTE

Envejecer es... “Estar bien con uno mismo. Una arruga no es fea. Lo que no es bonito es sentirse mal, llevar el peso de una vida que siente como fracasada. Eso es lo triste, lo que envejece”.

Su rutina de belleza... “Me masajeo la cara todas las mañanas con productos que me gustan por su olor y su textura”.

De un tratamiento espera... “Eficacia y que aporte bienestar. Me gusta Rénergie Morpholift R.A.R.E. de Lancôme porque es fácil de aplicar y su textura es agradable”.

A diario utiliza... “Desde que descubrí hace 10 años la leche limpiadora Galatée y Bifacil no uso otra cosa. La crema Bienfait me sigue gustando mucho y he descubierto la gama Rénergie, con cremas que reconfortan y tonifican”.

Sus trucos... “Masajear la piel a diario. Me maquillo poco, uso un fondo luminoso, polvos claros, colorete, máscara de pestañas y un gloss con color”.

Para estar guapa... “Lo mejor es reír”.

La elegancia es... “Una actitud, una forma de estar sin imponer su presencia”.

Sus diseñadores son... “Christian Lacroix por su sutileza, Lanvin por la evidencia, Balenciaga por la locura y Dior por su elegancia”.